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ICE OUT

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La consigna ICE OUT que apareció en los Grammys 2026 no fue un gesto extravagante ni una ocurrencia de celebridades. Tampoco fue un mensaje cifrado para redes sociales. Fue algo más simple y, por eso mismo, más potente: una señal de hartazgo. Una forma breve de decir que, para muchas personas en Estados Unidos, el debate migratorio ya no se vive como una discusión política, sino como una experiencia diaria marcada por el miedo.

Durante años, la conversación pública sobre migración se centró en presidentes, campañas y discursos. Hoy el foco se ha movido. Ya no se trata tanto de quién gobierna, sino de cómo opera la institución encargada de hacer cumplir la política migratoria. No es un cambio menor. Las decisiones ya no se sienten como promesas o posturas ideológicas, sino como procedimientos que irrumpen en la vida cotidiana de comunidades enteras.

Ese desplazamiento explica por qué ICE —una agencia que durante mucho tiempo operó en segundo plano— se ha convertido en blanco directo de la crítica pública. Cuando el control deja de ser invisible y empieza a afectar rutinas básicas, la institución deja de ser una abstracción y se vuelve un problema concreto.

Lo que alimenta el rechazo no es una cifra ni una estadística. Es la repetición de escenas que se han vuelto demasiado comunes: separaciones familiares, detenciones en espacios civiles, operativos que generan miedo más allá de las personas directamente involucradas. El impacto no termina en quien es detenido. Se extiende a barrios enteros que cambian su forma de moverse, a personas que dejan de denunciar delitos, a familias que evitan espacios públicos por precaución.

En ese contexto, la discusión deja de ser ideológica. No se trata de estar a favor o en contra de la migración, ni de una pelea entre derecha e izquierda. Se trata de límites. De hasta dónde una institución puede avanzar sin romper acuerdos básicos sobre dignidad y trato humano. Cuando el control empieza a parecer castigo sistemático, el problema ya no es el discurso que lo justifica, sino el método con el que se aplica.

La reacción del poder frente a ICE OUT refuerza esta lectura. Tras los Grammys, Donald Trump amenazó con demandar al presentador por un chiste. No hubo una respuesta de fondo al señalamiento. Se intentó, más bien, controlar el espacio desde el que se hablaba. Algo parecido ocurrió en torno al Super Bowl, cuando circularon versiones sobre posibles operativos migratorios durante el evento. Aunque luego fueron desmentidas, el efecto ya estaba hecho: personas que evitaron asistir, organizaciones que exigieron garantías, miedo reinstalado en un espacio público masivo.

En estos contextos, la amenaza no necesita concretarse para funcionar. Basta con la posibilidad. La incertidumbre se vuelve una forma de control.

Desde México, este escenario no es ajeno ni abstracto. En 2025 se registraron 145 mil 537 repatriaciones de personas mexicanas desde Estados Unidos. La cifra es importante, pero no alcanza a mostrar todo el impacto. Antes de una deportación hay decisiones silenciosas: personas que reducen su movilidad, que cambian de trabajo, que regresan antes de tiempo para evitar procesos inciertos. El control migratorio no solo expulsa. Reordena la vida social a través del miedo.

Frente a esto, la respuesta institucional suele quedarse en ajustes técnicos: anuncios de cámaras corporales, cambios de protocolo, comunicados oficiales. Todo eso puede servir para documentar lo que ocurre, pero no cambia el fondo del problema. Si el sistema sigue midiendo su éxito por la cantidad de intervenciones y no por la protección de derechos, los abusos no son excepciones. Son consecuencias previsibles.

Antes del fin

La comunidad mexicana en Estados Unidos es una de las más grandes y, al mismo tiempo, una de las más expuestas a este tipo de prácticas. Sin embargo, nuestra reacción suele ser fragmentada y tardía. Se activan consulados cuando el daño ya está hecho. Se cuentan deportaciones cuando las vidas ya fueron interrumpidas. Falta una estrategia que asuma que esto no es una crisis momentánea, sino una realidad estructural.

ICE OUT no es solo una crítica a Estados Unidos. Es también un espejo. Nos obliga a preguntarnos si estamos dispuestos a aceptar que el miedo se convierta en la condición normal de millones de personas mexicanas fuera del país.

Cuando una comunidad afectada no articula una respuesta clara, el problema también es de responsabilidad compartida.




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