Esta semana explicaba Pérez Reverte que pospone hasta otoño sus jornadas literarias, dedicadas a la guerra civil, para evitar a su anfitrión el trago de los alborotadores. O sea, él ya tenía descontado que lo llamarían «fascista, hijo de puta», pero no quería socializar los insultos, o quién sabe si algo más que insultos. El asunto se ha visto, me temo, con demasiada normalidad. Y es un síntoma peligroso. A ver, admitamos que un escritor de moda, con probada capacidad para la propaganda gestual epatante en tiempos de TikTok, pueda optar por borrarse de un cartel alegando que no quiere coincidir con Aznar o Espinosa. El chaval puede escribir como los ángeles y ser un perfecto idiota infantiloide. El problema...
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