Despedida inesperada en Lavapiés: lo que nadie imaginaba que cerraría
El adiós de una tienda icónica en el centro de Madrid
Desde hace 52 años, la pescadería ubicada en la calle Esgrima ha sido más que un punto de venta de pescado fresco. Su fachada pintoresca, sus llamativas figuras marinas colgando del techo y su ambientación teatral atrajeron tanto a vecinos como a curiosos. Ahora, en febrero de 2026, sus propietarios han decidido cerrarla definitivamente.
El negocio, gestionado por la misma familia durante más de medio siglo, ha sido testigo de la evolución del barrio. Entre los mostradores y las baldosas marineras se han cruzado generaciones de clientes. Con los años, pasó de ser una pescadería tradicional a un emblema del barrio, conocido como “la de los pescados voladores”.
¿Por qué cierra la pescadería de la calle Esgrima?
Los motivos detrás del cierre no responden a una única causa. Según recoge El País, factores como el desgaste físico, la falta de relevo generacional y los nuevos ritmos del comercio en Madrid han pesado en la decisión final. Aunque el local siempre tuvo buena acogida, mantener una estructura tan personal y artesanal se volvió insostenible para sus responsables.
La transformación urbanística de la zona también ha influido. Lavapiés ha cambiado drásticamente en las últimas décadas: el encarecimiento del alquiler, la llegada de franquicias y el cambio del perfil de los residentes han presionado a los negocios familiares a desaparecer o reinventarse. En este caso, la familia optó por despedirse conservando la esencia hasta el final.
Un espacio que era más que una tienda
Además de vender pescado, la pescadería de la calle Esgrima era un escenario cotidiano. Su diseño llamativo, con peces colgantes, luces azules y objetos náuticos decorando cada rincón, le otorgaba una personalidad propia. Su estética no solo la distinguía en el barrio, sino que también captó la atención de medios, turistas y fotógrafos.
Muchos vecinos destacan que allí no solo se compraba pescado: también se conversaba, se compartían anécdotas y se fortalecía el tejido social del barrio. Por eso, su cierre ha sido recibido con tristeza, pero también con gratitud por los años de dedicación.
Vecinos, artistas y nostálgicos despiden el local
Durante sus últimos días abiertos, numerosos vecinos se acercaron para despedirse. Algunos dejaron mensajes escritos en el escaparate; otros, flores o fotografías. Las redes sociales también se llenaron de homenajes y recuerdos, con usuarios compartiendo imágenes del local y anécdotas personales.
La pescadería incluso había servido de inspiración para artistas y documentalistas que vieron en ella una forma de capturar la esencia castiza de Madrid. Su cierre no solo supone la pérdida de un comercio, sino también de un símbolo cultural y visual del barrio.
El futuro del local y la memoria del barrio
Aún se desconoce qué actividad ocupará el espacio que deja esta emblemática pescadería. Sin embargo, la memoria colectiva del barrio mantendrá vivo su recuerdo. Muchos vecinos ya piden que al menos se conserve su fachada o que se instale una placa conmemorativa en reconocimiento a su legado.
En un contexto de transformación acelerada, el cierre de este tipo de comercios abre la reflexión sobre el futuro del comercio de proximidad y el valor intangible de lo cotidiano. Lo que se va no es solo un negocio: es un pedazo de historia, de identidad y de vida barrial.
Y mientras se apagan las luces del local de la calle Esgrima, queda encendida la memoria de una pescadería que voló alto, incluso sin alas.
