Ahora viene lo que sigue
Mientras caminaba hacia las elecciones, crecían mis aprensiones acerca de lo que iba a suceder.
Voté por vez primera en 1966 y perdí. Años después, conocí personalmente al expresidente Trejos Fernández, adversario en la derrota, y le conté del trastorno que aquello me había producido y de todo lo malo que, en la bronca electoral, pensaba de él.
Oyéndome, don José Joaquín se reía; era, sin temor a equivocarme, un hombre amable, prudente, para nada impulsivo: seguro que tenía el genio firme y a lo mejor, en privado, vivo, porque era dueño de eso que llaman criterio propio. Era fácil sentir respeto por él; si lo hubiera sabido, pensé, hasta podría haberle votado. De por sí, al final las decisiones que se traducían en leyes y decretos eran en gran medida resultado del encuentro y el acuerdo, de manera que casi todas las partes en pugna metían mano en su configuración y la aritmética de mayoría y minoría era apenas premisa de la resolución política.
Con el tiempo, aprecié cada vez más el sentido lúdico que la generalidad de eso que llaman cuerpo electoral imprimía a las elecciones y les daba el tono previsible que adquirieron a partir de 1953, distanciándolas de a pocos de la agrura divisiva de la guerra civil. Aunque naturalmente se apelaba a las emociones, porque la justa era todo menos racional, revestida de bullicio y de colores, y la dirección del voto estaba orientada por la tradición y la fidelidad familiar, el acontecimiento se plantaba en un suelo firme de confianza y autoridad, que, entre otras cosas, las facilitaba al tribunal encargado de gestionarlas.
El domingo, temprano, fui a votar a la escuela de mis primeras letras. Se ha hecho grande y hermosa, todo cuanto puede serlo un centro público que se ha ampliado a partir de una sólida estructura de esas que ya no se hacen. Todo era tranquilo, escasamente concurrido, risueño. Dicen que luego el lugar se fue poblando, pero los aires festivos y disciplinados no cambiaron.
Respiré aliviado, mis aprensiones no tenían razón de ser. En asuntos importantes para afrontar nuestra diversidad y nuestra vida en común, este país es como es, y cuesta mucho cambiarlo. Ojalá lo que sigue eche mano también del encuentro y el acuerdo, porque si queremos salir ganando, se va a necesitar.
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
