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Homenaje de Ibermúsica a Zubin Mehta: La batuta de la amistad

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A sus 90 años Zubin Mehta no puede evitar que el podio sea su hábitat natural. Los días 14 y 15 de este mes volverá al Auditorio Nacional para recibir el merecido homenaje que le brindará Ibermúsica.

Mehta nació en Bombay en 1936 pero, bajo la influencia de su padre Mehli, cambió, ya en Viena, la medicina por la dirección. Empezó así una carrera meteórica que le llevó a las cimas del mundo musical. No es cuestión de rellenar palabras aquí con una biografía que puede leerse en Wikipedia, sino de hablar de otras cosas que allí no figuran.

Al hablar de Mehta en España, es imposible no pronunciar el nombre de Alfonso Aijón. Su relación trasciende lo profesional; es una de esas raras simbiosis entre el artista y el promotor que han definido la vida musical de Madrid durante medio siglo. Aijón, el fundador y alma de Ibermúsica, no solo trajo a Zubin, sino que forjó con él una amistad de acero. Las visitas de Mehta no son mucho más que compromiso contractual, son la llamada del amigo para hospedarse en casa.

Recuerdo verle en el Auditorio Nacional, caminando con la parsimonia que imponen los años y el bastón, para luego transformarse en un gigante al primer gesto. Sus actuaciones con la Filarmónica de Israel -su "familia" durante 50 años- o la Bayerischen Rundfunk han sido hitos de Ibermúsica. Estas celebraciones de su 90 aniversario con la West-Eastern Divan y solistas como María Dueñas, no son más que el broche de oro a una lealtad inquebrantable. Zubin y Alfonso, Alfonso y Zubin: dos caballeros de la música que nos enseñan el afecto en el arte.

En estos homenajes estará presente Daniel Barenboim. Si la relación con Aijón es la de la colaboración musical convertida en afecto, lo de Zubin Mehta y Daniel Barenboim es una hermandad de sangre musical. Se conocieron en la Viena de los años 50, siendo casi adolescentes, y desde entonces han compartido actuaciones desde Tel Aviv a Berlín, pasando por los veranos de Salzburgo. Juntos personifican la época dorada de los directores "titanes". Zubin, con una elegancia aristocrática y un control del sonido casi magnético en el podio y Daniel, el intelectual impetuoso, siempre con el piano o la batuta como herramientas de agitación cultural. Su amistad no solo ha llenado escenarios, sino que ha sostenido puentes políticos, especialmente en su compromiso compartido con la Orquesta West-Eastern Divan.G

Verlos juntos en un escenario era todo un espectáculo, donde un simple gesto de Zubin bastaba para que el piano de Barenboim respirase. Es una complicidad que solo otorga el haber compartido siete décadas de música, cenas y confidencias. En un mundo de egos desmedidos, su abrazo tras un concierto es un testimonio honesto que demuestra que la música, bien entendida, no conoce rivalidades sino armonía.

No me resisto a contar la primera y la última vez que he tratado a Zubin. La primera cuando vino (1971) a dirigir a la ONE de muy joven. Estuve en aquel ensayo en el que alguien de los atriles superiores hizo un comentario desagradable del maestro creyendo que no le oiría, pero sí lo hizo y su respuesta fue: “¡Baje usted aquí, si se atreve, a repetirlo!”. Temperamento. El mismo que en la última vez en Nápoles. Compartíamos el Hotel Vesubio y, cuando le comenté que a mí me habían ofrecido por cortesía una suite -ventajas de muchos viajes con American Express- se enfadó porque a él no le dieron una habitación mejor. Ente ambas, un encuentro en los pasillos de los camerinos en un concierto en Alemania, “¿Dónde está Alfonso Aijón?” reclamaba a plena voz.

El tiempo no perdona, ni siquiera a los dioses del Olimpo musical. Daniel Barenboim, tras años de lucha contra una "dolencia neurológica grave", confirmó finalmente padecer Parkinson. Aunque ha tenido que espaciar sus apariciones y ceder la titularidad en Berlín, su voluntad sigue siendo de hierro, dirigiendo sentado cuando el cuerpo flaquea.

Por su parte, Zubin Mehta, el eterno superviviente que ya venció a un cáncer hace años, economiza hoy sus energías. Aunque el bastón y la silla de director son ahora sus aliados inseparables, su lucidez interpretativa permanece intacta y mientras la mente sostenga la partitura, la música no dejará de sonar y para escucharla estaremos muchos, como quizá la reina Sofía, tan amiga de ambos, o Paloma O’Shea, con cuya Orquesta de Cámara Freixenet de la Escuela Reina Sofía, Zubin también ha dejado su huella como maestro invitado.




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