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Las novias

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La señorita Havisham y su amarillento vestido de novia simbolizan el abandono. La obstinación por detener el tiempo, el placer masoquista del quebranto, el insano regodeo en la corrupción que provoca el cautiverio físico y mental.​Esa mujer, que en Grandes esperanzas tuvo que superar la congoja del desamor renunciando a la vida en sociedad, a los hombres y a cuidar su propio cuerpo (aunque joven aún, el ajuar ya no ajusta bien en su figura seca, enflaquecida, la corona de flores luce marchita igual que su cabello), se impone como penitencia mantener los relojes estancados a las nueve menos veinte, el libro de oraciones, el velo en la mesa, el banquete y el pastel podridos como homenaje a su destino de prometida despreciada.Cuando la señorita Havisham conoce a Pip, lo primero que le pregunta es si no le asusta una mujer que no ha visto la luz desde que él nació. Luego, mientras el chico apenas sale del asombro por el único contraste que hay en esa imagen y escenario decadentes, el brillo de las joyas que ella lleva encima, se toca el costado izquierdo con ambas manos y expresa que lo que palpa ahí es su corazón destrozado.Pero la señorita Havisham no es simplemente un arquetipo del resentimiento. Lo que Charles Dickens proyecta en ella es algo más sublime: la voluntad de hacer eterno el instante de la felicidad probable. Ese momento en que la ilusión anidaba todavía en su pecho, cuando estaba pronta la unión con el hombre que había elegido, o mejor dicho, que él eligió para marcarla de por vida dejándola plantada. Por eso, dice ella, tiene caprichos de mujer enferma.En el cuento “La novia robada”, Juan Carlos Onetti relata la historia de un alma gemela de la señorita Havisham. Moncha Insurralde vuelve de Europa a Santa María para casarse con el difunto Marcos Bergner. Encerrada casi todo el tiempo en su mansión, Moncha vive el delirio de la boda imposible, su existencia gira en torno del vestido de novia que se pone las noches de luna. Pesadilla recurrente del doctor Díaz Grey, la señorita Insurralde, vasquita la llama la voz de Onetti, acude a su consulta para atenderse males ficticios, fantasear con la iglesia, el baile, la fiesta y las crónicas de la sección de sociedad que habrán de publicarse, hasta que el galeno la confirma loca. Sin embargo, Moncha se mantiene firme y, para su desgracia, también toda la gente de Santa María que atestigua la cena imaginaria que Moncha comparte con el marido irreal en el lujoso restaurante del hotel Plaza, ataviada con su vestido cerúleo, cada vez más andrajoso, ese harapo que la hará famosa, pintoresca en el plenilunio callejero, cuando acude a la botica de Barthé y su mancebo, Juntacadáveres, para sesiones de tarot, de brujería, e invocar episodios de alegría que solo existen en su mente alucinada. El desenlace es predecible pero no menos trágico: el parte policial informa que María Ramona Insurralde Zamora feneció a la edad de 29 porque, refiere el narrador de Onetti, “se había encerrado en el sótano de su casa, con algunos —pero no bastantes— seconales, con su traje de novia que podía servirle, en la placidez de la velada del sol del otoño sanmariano, como piel verdadera para envolver su cuerpo flaco, sus huesos armónicos. Y se echó a morir, se aburrió de respirar”.Las novias de Dickens y de Onetti son tributarias de la pasión inacabable, de la dicha engañosa, falsificada pero genuina bajo la piel, pues Voltaire decía que para entender el amor hay que recurrir a lo físico porque se trata de un tejido de la naturaleza bordado por la imaginación. Quizás un tejido semejante al de los trajes blancos con que se sube al altar.AQ / MCB



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