Para la inmensa mayoría de nosotros, la gravedad es una fuerza absoluta e incuestionable. Si soltamos una manzana, cae al suelo. Si nos subimos a una báscula, nos devuelve una cifra en la que solemos confiar (o de la que nos solemos lamentar). Nuestro cerebro ha evolucionado para percibir esta atracción como algo estable, uniforme y constante en cualquier rincón del mundo. Sin embargo, la realidad que nos desvela la geofísica es mucho más extraña y, sobre todo, más desigual. Porque la Tierra no es una esfera perfecta. Si pudiéramos eliminar sus océanos y medir exclusivamente la fuerza con la que su masa nos atrae, lo que veríamos se parecería mucho más a una patata abollada que a una canica...
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