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Sánchez, entre Franco y el 23F

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Comenta con sorna un veterano dirigente socialista que Pedro Sánchez se levanta todas las mañanas con una frase: «Franco, sin ti no soy nada». En efecto, la obsesión del presidente del Gobierno por desenterrar el pasado y agitar los mimbres de lo que José Luis Rodríguez Zapatero inició con su sectaria Ley de Memoria Histórica traspasa todos los límites. No contento con sacar al Caudillo de su tumba en el Valle de los Caídos, en un desafío a la paz de los muertos impensable en cualquier democracia, y erigirse como un Mesías salvador contra la ultraderecha, ha decidido ahora resucitar el 23-F y desclasificar los documentos de aquel intento fallido de golpe de Estado.

Cuarenta y cinco años después anuncia el presidente que con ello salda una deuda imprescindible con la ciudadanía, algo que resuena grotesco cuando muchos de estos «pijoprogres» de la izquierda caviar que integran el «sanchismo» eran unos bebés.

Su obstinación patológica por reavivar el pasado le induce a incrementar cada día más la polarización, esa triste definición de «las dos Españas», los restos de una guerra civil ya olvidada, cicatrizada en los años de la Transición y cuyas heridas este régimen social-comunista quiere resucitar a toda costa.

Aquel lunes 23 de febrero de 1981 yo me encontraba en la tribuna de prensa del Congreso de los Diputados junto a otros compañeros ilustres de la crónica parlamentaria durante la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. En el momento de emitir su voto el socialista soriano Manuel Núñez Encabo se produjo la irrupción en el hemiciclo de unos doscientos guardias civiles bajo el mando del teniente coronel Antonio Tejero. Aún recuerdo cómo el entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y su vicepresidente, el general Manuel Gutiérrez Mellado, le hicieron frente para defender la democracia y la soberanía nacional. Muchos de los protagonistas de aquellos hechos ya no están entre nosotros y los mediocres políticos actuales ni los vivieron. ¿Qué sentido tiene ahora resucitar un episodio que casi nadie recuerda? ¿A quién pretende contentar Pedro Sánchez con esa falacia de saldar una deuda histórica? Como bien ha dicho la portavoz del PP en la Cámara Baja, Esther Muñoz, pura «cortina de humo».

Otra excusa para disfrazar la corrupción que acecha a su familia, dirigentes del partido, denuncias de acoso sexual y colapso total de la legislatura.

Naturalmente la izquierda radical y sus terminales mediáticas han lanzado la consabida soflama, se muestran insatisfechos y exigen derogar las leyes franquistas. Toma del frasco. Resulta patético ver la intervención el pasado fin de semana de la ministra de Sanidad, Mónica García, invocando «el fascio mimetizado en el PP». De traca, cuando tiene en pie de guerra a todos los médicos del país y es la peor titular que se recuerda con una gestión impresentable. Pero Sánchez se siente cómodo con avivar el fuego de «las dos Españas» y seguro piensa que la página web de la Moncloa quedará bloqueada para consultar el sumario completo de casi noventa legajos, custodiado por el Tribunal Supremo, de aquel juicio que ya nadie recuerda. Obsesionado con la «fachosfera» debería reflexionar sobre el gran trasvase de voto joven hacia la derecha, prueba de un cambio de ciclo imparable. Y en un alarde como señor de la eternidad anuncia en Ponferrada que será candidato hasta más allá de 2027. Dios nos libre de tal presagio por el bien de la democracia.

Para el Mesías Sánchez las únicas Tablas de la Ley son las suyas. Ni una sola alusión a los escándalos judiciales que le atenazan, con su mujer Begoña Gómez, su hermano David, los hombres de su confianza Ábalos, Cerdán, Koldo y Paco Salazar camino del banquillo, además de las acusaciones sobre agresión sexual que afloran cada día más. El episodio del DAO al frente de la Policía Nacional repugna por las esquinas y nadie puede imaginar en una democracia de nuestro entorno que el ministro del ramo, Fernando Grande-Marlaska, no dimita o el presidente le cese de inmediato. Es esta una historia de impunidad rechazable, sórdida, con unos medios informativos adoctrinados. La propaganda «sanchista» no tiene límites y es de confiar que tras la conversación entre Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal Vox se comporte como le reclaman sus votantes, o sea pactar con el PP y echar a Sánchez. Y atención, se avecina una guerra sucia contra el presidente y candidato en Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, un político brillante, jurista de profesión forjado en la Universidad de Salamanca y excelente gestor, a quien ahora la ultraizquierda tiene en el punto de mira.

Su antecesor, el expresidente Juan José Lucas, artífice de las históricas mayorías absolutas en esa Comunidad y uno de los «Cuatro jinetes del Apocalipsis» que convencieron a Manuel Fraga para designar a José María Aznar como líder del PP frente a Isabel Tocino, solía decir: «Castilla hizo España y luego España se olvidó de Castilla». Muy cierto, así es la historia falseada por los nacionalistas de quinto pelo al servicio del «sanchismo». En esta España gobernada por mediocres, que jamás trabajaron más allá de sus siglas partidistas, la batalla de Castilla es decisiva. A Mañueco no le llega ni a los talones ese tal Carlos Martínez Mínguez, alcalde de Soria, gran desconocido en el resto de las provincias castellano-leonesas y sin más formación acreditada que su afiliación al PSOE. Por cierto, en las primarias socialistas fue contrario a Pedro Sánchez, pero el poder permite pronto cambiar de bando. En la recia tierra de Isabel la Católica y los Reyes que forjaron España se juega ahora el futuro de la Nación. Mal que le pese a esa izquierda empeñada en revolver y manipular el pasado.




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