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Февраль
2026

Pakistán bombardea Kabul y desata la ira de los talibanes

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«Guerra declarada». Bajo este imperativo categórico, la Fuerza Aérea paquistaní quebró la madrugada del viernes la soberanía de Afganistán para ejecutar la Operación Ghazab Lil Haq ('Ira de la Verdad'), una feroz ofensiva de castigo que ha reducido a cenizas la infraestructura de mando talibán en Kabul, Kandahar y Paktia. Con el rugido de sus cazas sobre los santuarios de la yihad, Islamabad ha cruzado su propio Rubicón estratégico, resultando en más de un centenar de insurgentes aniquilados con un mensaje a quemarropa enviado desde la cabina de sus vectores de combate que apuntó a que la paciencia se ha agotado, que están preparados para cualquier escalada, y que la Línea Durand ya no es un refugio, sino un campo de tiro.

Ese ataque culmina una escalada que lleva años gestándose en las sombras. Para Pakistán, el detonante inmediato tiene nombre y siglas: Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), la franquicia yihadista que sueña con replicar en Pakistán el Emirato islámico afgano. Desde la retirada de Estados Unidos y la OTAN en 2021, el TTP se ha beneficiado de un santuario de facto al otro lado de la frontera. Desde suelo afgano planifica atentados, entrena combatientes y lanza incursiones que han costado la vida a miles de soldados y civiles paquistaníes. Kabul lo niega formalmente, pero tolera su presencia, media a su favor y se resiste a romper con un aliado ideológico con el que compartió décadas de guerra contra ocupantes extranjeros.

Lo que en otros contextos sería un asunto de “seguridad interna” aquí supone una prueba decisiva del orden regional. El acuerdo de Doha de 2020, que abrió la puerta a la retirada occidental, se basó en la promesa de que Afganistán no volvería a ser plataforma para grupos terroristas que atacaran a terceros países. Esa cláusula se ha convertido en papel mojado en la práctica, a ojos de los generales pakistaníes. El Emirato talibán prioriza la cohesión de su propio movimiento y su narrativa de victoria frente a compromisos firmados con potencias que ya se han marchado. Islamabad, por su parte, lee cada nueva ofensiva del TTP como la evidencia de que la zona limítrofe occidental ya no es una línea defensiva, sino una brecha estructural.

El zarpazo de Islamabad

La respuesta de Pakistán combina fuego y discurso. Los bombardeos buscan destruir arsenales, puestos avanzados y centros de mando talibanes vinculados al TTP, pero también exponer la vulnerabilidad militar de un régimen que se presenta como invencible. La retórica de Asif va un paso más allá. Acusa a los talibanes de convertir Afganistán en “enclave indio” y plataforma para extremistas globales, recuerda que Pakistán acogió a millones de refugiados afganos durante medio siglo y declara agotada la paciencia nacional. Ese relato intenta legitimar la ofensiva ante la opinión pública paquistaní y a su vez lanza una advertencia a Nueva Delhi, Teherán, Pekín y las capitales del Golfo: Pakistán no tolerará que un Afganistán talibán se convierta simultáneamente en amenaza y en ficha de otros en su contra.

Kabul, fiel a su libreto, respondió con negación y desafío. El portavoz Zabihullah Mujahid tachó los ataques de “cobardes”, minimizó el daño y negó víctimas, mientras el Ministerio de Defensa se atribuye, casi en paralelo, una ofensiva propia de varias horas contra puestos paquistaníes en múltiples provincias fronterizas. Es un intercambio asimétrico: Pakistán busca mostrar capacidad de castigo a distancia y los talibanes tratan de demostrar que no son un blanco pasivo y que pueden infligir costes a un Estado mucho más poderoso. Pero bajo esa superficie, la pregunta clave no es quién ganó el último asalto, sino cuánto margen de maniobra real tiene cada actor.

Pakistán: superioridad militar, vulnerabilidad interna

En términos puramente militares, la balanza no ofrece dudas. Pakistán dispone de un ejército profesional, una fuerza aérea funcional, capacidades de artillería y, por encima de todo, un arsenal nuclear que sostiene su disuasión frente a la India. Afganistán, en cambio, arrastra un aparato de defensa desintegrado tras la caída de la república respaldada por Occidente. Su poder radica en redes insurgentes, experiencia en guerra de guerrillas, capacidad de absorber golpes y prolongar los conflictos hasta desgastar al adversario. Cualquier aventura terrestre paquistaní en profundidad dentro de Afganistán reproduciría el patrón de columnas mecanizadas atrapadas en un laberinto montañoso, población movilizada en clave de resistencia nacional y un enemigo que no tiene que ganar batallas convencionales para impedir su victoria política.

Esa es la paradoja que condiciona las decisiones de Islamabad. El Estado paquistaní necesita demostrar que puede castigar a quienes lo atacan, pero no puede permitirse una guerra larga en un momento de fragilidad interna. La economía atraviesa turbulencias, el sistema político acumula crisis de legitimidad, y regiones como Khyber Pakhtunkhwa cargan tanto con la inseguridad como con el coste del cierre de fronteras y la caída del comercio transfronterizo. Una escalada sin salida podría reactivar a grupos islamistas radicales en el propio Pakistán y erosionar aún más la autoridad de un Estado que ya lucha por mantener la cohesión interna.

Por eso la coerción no se limita al componente militar. Islamabad ha puesto en marcha una estrategia de presión económica y demográfica que golpea donde más duele a los talibanes: la supervivencia cotidiana de Afganistán. La expulsión masiva de refugiados —muchos de ellos de segunda y tercera generación— devuelve a un país empobrecido a más de dos millones de personas que necesitan techo, trabajo y servicios básicos. El cierre intermitente de pasos fronterizos clave estrangula el comercio de un país sin salida al mar, encarece bienes esenciales y bloquea rutas hacia Asia Central. Pero ese instrumento es de doble filo, también daña a comerciantes y transportistas paquistaníes, alimenta el resentimiento en las provincias fronterizas y empuja a Kabul a acelerar su giro hacia otras rutas, especialmente a través de Irán, y hacia nuevos socios, como India.

Repercusiones regionales y riesgos

Este conflicto es algo más que un problema de vecindad. La falta de entendimiento bloquea proyectos de integración que llevan años en los discursos: corredores energéticos norte-sur, carreteras que conecten el subcontinente con Asia Central, y ramales de la Iniciativa de la Franja y la Ruta china que dependen de un mínimo de estabilidad a ambos lados de la línea Durand. Cada bomba que cae sobre Kabul o cada cierre de frontera en Torkham o Chaman es también un mensaje a Pekín.

El deterioro también reconfigura posibles alineamientos. A medida que crece la tensión con Islamabad, los talibanes miran hacia Teherán y Nueva Delhi en busca de oxígeno político y económico. Irán ofrece corredores alternativos hacia el mar y cierta cobertura diplomática; India ve en Kabul una oportunidad para penetrar en el patio trasero de su rival paquistaní. Para Arabia Saudí, la crisis es un recordatorio incómodo de los límites de su asociación militar con Pakistán y no hay apetito en Riad por verse arrastrado a un conflicto que involucra a Afganistán o, peor aún, a India. En este tablero, cada movimiento en esta delicada frontera reverbera en tres direcciones a la vez: hacia el Golfo, hacia China y hacia el eje indo-iraní.

Lo más inquietante es que ninguno de los dos protagonistas parece tener una estrategia de salida creíble. El Emirato talibán, atrapado en su propia lógica ideológica, considera que renunciar al TTP sería una capitulación ante presiones externas y una traición a sus bases más duras. Pakistán, por su parte, ha elevado tanto el tono —“confrontación total”, “guerra declarada”— que le resultará difícil retroceder sin algún tipo de concesión visible en seguridad. En ese espacio estrecho, lleno de agravios históricos y de cálculos de prestigio, aumenta el riesgo.




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