Los secretos de un líder
Cangamba, Angola. Agosto de 1983. Luis Guillermo Pérez Rojas miraba en la noche. Carpintero de oficio, oriundo de Ciego de Ávila, es posible que ya ni se acordara de la fecha. Ya eran varios días bajo el bombardeo. Un bombardeo que los hacía enloquecer. Aunque lo peor era la sed. Y más al saber que estaban cercados y nadie podía venir en su ayuda.
Por las noches tampoco podían dormir. Junto con los morterazos y las hienas que rondaban el lugar, las luces de bengala mostraban a los comandos de la Unita. Entonces, no quedaba más remedio. Había que cazarlos al vuelo y con el sobresalto de que, si lograban infiltrarse, la pelea sería a cuchillo.
Su tranquilidad era que al menos había enterrado sus cosas en el fondo de un refugio. También que tenía guardada una bala. La suya. La bala con la que se iba a matar si llegaba el momento.
«Un día, bajo las bombas —cuenta Luis Guillermo—, uno de los jefes, el teniente Cruz, se dejó caer por nuestra trinchera. Traía un mensaje. En él decía que estaban al tanto de todo lo que nos sucedía. Que no nos desanimáramos, que resistiéramos, que se haría lo imposible por salvarnos y que ya varias agrupaciones marchaban en nuestra ayuda. Al final, el hombre dijo: “Y firma: Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz”. Miré hacia Héctor Padrón Álvarez, un guajiro de Majagua, también de Ciego de Ávila, y vi cómo observaba en silencio el papel, mientras dos lágrimas le corrían por el rostro flaco y sucio, manchado por la pólvora y la sangre».
Lealtad a sus compañeros
Días más tarde, el 10 de agosto de 1983, la batalla de Cangamba llegó a su fin. Desde ese instante, cuando los combatientes salieron de las trincheras, el episodio se convirtió en una de las páginas más altas de la guerra de Angola y de la ayuda cubana a África. No obstante, aunque el tiempo ha pasado, la carta de Fidel es un momento que los protagonistas guardan en la memoria.
«Aquello nos dio coraje, sentimos una fuerza que subió por dentro y le metimos pa’lante», cuenta Luis Guillermo. Visto en una perspectiva mayor, aquel hecho no fue único. Dentro de la vida del Comandante en Jefe hay una sucesión de anécdotas, en diferentes situaciones y épocas, algunas más públicas que otras, donde personas en situaciones críticas recibieron su respaldo; y ese apoyo despertó una confianza, capaz de superar los presagios peores.
Cabe preguntarse, entonces, ¿por qué Fidel despertaba esa seguridad tan grande?, ¿qué rasgos de su persona lo convertían en un líder capaz de alcanzar una relevancia internacional y convertirse en una de las figuras emblemáticas de la segunda mitad del siglo XX y parte del XXI? ¿Por qué Fidel llegó a ser lo que fue?
El investigador y ensayista Ernesto Limia Díaz
«En su personalidad confluían varias características que generaban esa confianza —expresa el investigador y ensayista Ernesto Limia Díaz—. No es que una fuera más relevante que la otra; sino que, en su conjunto, proyectaban una personalidad donde actuaba un fuerte sentido de la justicia y de compromiso hacia sus compañeros. Al menos eso es lo que tú percibes cuando hablas con personas que estuvieron cerca de él. Lo político podía llegar después o no, pero lo que sí estaba era eso: el compromiso personal».
La rebeldía que influyó en Mandela
Pero, ¿qué otras características pesaban? Los entrevistados para este reportaje coinciden en que, en el líder de la Revolución, era palpable su inteligencia; una amplia cultura, que le permitía intercambiar con la vanguardia del pensamiento mundial, unido a un alto nivel de información que lo podía distinguir de otros dirigentes.
«Era una persona muy informada, con una capacidad de análisis muy grande —apunta la doctora Francisca López Civeira—. Gracias a ello, sus discursos y Reflexiones son una fuente extraordinaria para entender el mundo donde se desenvolvió». Por su parte, el profesor Ignacio Ramonet considera que otro factor era la capacidad de innovación en Fidel.
«Una de sus características principales es que fue un visionario —explica— y ese aspecto venía de su extraordinario conocimiento de la historia y de su propia experiencia. Y, además de visionario, un gran creador capaz de concebir conceptos políticos nuevos, estrategias políticas nuevas».
A esos elementos, se añaden otros, enmarcados dentro de los rasgos de líderes exitosos por los estudios de liderazgos y que estaban presentes en Fidel. No era solo su presencia física que impresionaba por su estatura y fortaleza o la valentía personal. También estaba su energía, la capacidad de trabajo y el nivel de detalle con que organizaba las acciones; el dominio, la flexibilidad y adaptación ante los escenarios más diversos o la confianza en sus actos, expresados en una rebeldía congénita, capaz de no aceptar la rendición o convertir los reveses en victoria.
Para el presidente de Casa de las Américas, Abel Prieto Jiménez, la rebeldía en Fidel es un rasgo determinante y que llegó al grado de influir en el líder sudafricano Nelson Mandela, quien lo ratificó en el discurso del 26 de julio de 1991, durante su visita a Cuba después de salir de prisión.
El presidente de Casa de las Américas, Abel Prieto Jiménez.
«Mandela dijo algo muy impactante —asevera Abel Prieto—. Dijo que la mayor lección ofrecida por Cuba a los pueblos africanos era que no podía haber jamás claudicación por grandes que fueran los obstáculos y las dificultades. Mandela tenía razón. Se trata de una lección vital, decisiva, que puede definir el destino de todo un pueblo».
Ganar el corazón, antes que la mente
En medio de esas características aparece otra, considerada entre las más relevantes de su persona: la capacidad de comunicación. La doctora López Civeira la califica de dialogante por el modo en que pronunciaba los discursos o intercambiaba con las personas en encuentros que podían surgir de improviso, alejados de las formalidades. Ese factor fue uno de los rasgos percibidos por el pueblo desde el triunfo de la Revolución.
La doctora Francisca López Civeira.
Sin embargo, la comunicación se encontraba marcada por otros rasgos. «Él te hacía sentir grande en vez de disminuirte —asegura Ernesto Limia—. Tenía el don de hacerte sentir especial; porque sabía escuchar. Empezaba a preguntar, a aprender de ti y lo hacía con un tacto muy grande». Aunque, al igual que los entrevistados, reconoce que en su personalidad aparecían otros elementos, convertidos en premisa de su conducta.
Entre ellos estaba el principio de no faltar a la palabra empeñada; no mentir, aun cuando, en determinados momentos, no dijera toda la verdad para resguardar las posiciones en un enfrentamiento político o militar y, por último, el respeto al adversario.
«Son rasgos muy fuertes —reitera Limia—. No había comida en la Sierra Maestra, pues, con la poca que tenían, priorizaban a los prisioneros. A los oficiales detenidos, se les mantenía el arma de reglamento. Eso no tiene parangón. ¿Dejarle la pistola a un oficial? Es un riesgo tremendo; pero te hace adquirir una estatura de gigante ante el adversario y el mundo. Ganas la guerra sicológica antes de vencer en el terreno militar, y así terminas convertido en líder; porque Fidel te ganaba primero el corazón antes de ganarte la mente».
La visión estratégica
La admiración generada por esas características podía saltar barreras ideológicas o creencias personales. De ahí que individuos con un pensamiento político distinto mostraran un gran respeto por su persona. O que en Cuba existiera el fidelismo, un sentimiento basado en la confianza plena a su figura, aun cuando en determinado momento no se entendieran sus ideas.
Un criterio muy escuchado en el país podía ser: «Yo no creo en eso del Partido, a mí no me metan ahí. Yo hago lo que diga Fidel». Solo que, en base a la opinión de los entrevistados, ese factor se apoyaba en una realidad: Fidel ganaba en las contingencias donde se involucraba. Y triunfaba, en opinión de Ignacio Ramonet y Ernesto Limia, porque aplicaba el pensamiento estratégico.
El periodista Ignacio Ramonet
Esa forma de pensar lo llevaba a comprender las complejidades de las coyunturas que enfrentaba, identificar un objetivo, trazar los pasos para alcanzarlo sin dejarse apartar de las urgencias y hasta anticiparse a los acontecimientos. Así previó, entre innumerables ejemplos, las posibilidades de Playa Girón como posible punto de invasión en 1961, los peligros del cambio climático, la necesidad de dar un golpe definitivo al régimen sudafricano del apartheid en la batalla de Cuito Cuanavale en Angola o la importancia del polo científico, cuya organización se consolidó en medio de las limitaciones del período especial. Años más tarde esas instalaciones y sus científicos jugaron el papel decisivo para salvar a Cuba del embate de la COVID-19.
Un hombre y su tiempo
Junto con los rasgos personales, esa visión estratégica lo condujo a convertirse en un líder mundial. Ignacio Ramonet apunta que el mundo de Fidel fue el tiempo de la Guerra Fría y de los procesos de descolonización. «Él se dio cuenta de que aquello era un sentimiento mundial, que Cuba tenía que inscribirse en él y lo hizo de tal manera que la ubicó en la geopolítica global», señala.
Limia y López Civeira apuntan a que esa proyección obedecía a la vocación de solidaridad demostrada por la Revolución desde su primer momento. «Sin ese concepto de solidaridad humana, la Revolución en Cuba se hubiera quedado en las fronteras de nuestros intereses nacionales», precisa la profesora López Civeira; a lo que Ernesto Limia agrega: fue una de las maneras de romper el cerco político.
«Fidel se dio cuenta —expresa— de que Cuba es un polo de ideas revolucionarias; pero si ellas no salían al mundo, no íbamos a derrotar al bloqueo político. No hay manera de construir el socialismo y sostener la Revolución si actuamos como fortaleza sitiada y dejamos que nos cerquen las ideas. Sencillamente, caemos en la trampa del adversario, que apunta a aislarnos».
De esa dimensión es que los entrevistados coinciden en un punto. La trascendencia de Fidel obedece a su apego a los principios éticos y valor de las ideas. «Él quedó como un símbolo moral —asegura Abel Prieto—. Su mensaje llegó de un modo u otro a toda la gente honesta de este planeta, que se ha negado a aceptar el reinado del dios Dinero, la infamia cotidiana, la exclusión, la injusticia, la lógica competitiva y cruel del capitalismo».
Bajo esas premisas se apoyaron a los movimientos de liberación en varios países del mundo, y la acción de Cuba bajo la dirección de Fidel, permitió que hoy varias naciones sean independientes, en una gesta que, según Ignacio Ramonet, todavía está por escribirse.
«Este pueblo ha tenido un privilegio tremendo —expresa Francisca López Civeira—. En menos de cien años tuvo a Martí y al Comandante en Jefe. Y en el medio apareció Julio Antonio Mejía, que no hizo más porque lo mataron con 25 años; porque de lo contrario también hubiera sido un fenómeno. Eso no es nada común. Entonces, tenemos que ser consecuentes; pero asumiéndolo de verdad, apropiándonos de su pensamiento, de ese modo de actuar; para entonces dar realmente la continuidad que merece ese proyecto, ese programa y esa gran figura».
