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Lo que la muerte de Jameneí dice del poder real de Trump

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Las tensiones en el Medio Oriente se encuentran en su punto más álgido en décadas. La remoción de un jefe de Estado en la región no se veía desde 2011, pero para Trump, se ha vuelto un patrón de política exterior.

En perspectiva. La muerte del ayatolá Ali Jameneí marca una de las escaladas más significativas de la presidencia de Trump. En menos de tres meses, dos adversarios históricos de EE. UU. —Nicolás Maduro y ahora el líder supremo iraní— han caído tras presión directa de Washington. El patrón empieza a ser evidente. Lo relevante no es solo el ataque en sí, sino la señal que envía.

  • Durante décadas, la dirigencia iraní operó bajo la premisa de que una decapitación directa no era una opción real, lo que le permitió exportar terror por la región y desarrollar un programa nuclear a pesar de las amenazas y sanciones recurrentes.

  • Esa premisa dejó de existir; EE. UU. cruzó un umbral psicológico. La supervivencia del régimen ya no está garantizada simplemente por contar con infraestructura endurecida, élites consolidadas o incluso capacidad nuclear.

Por qué importa. La operación fue bien recibida en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con la mayoría de los Estados limitándose a condenar las represalias iraníes en el Medio Oriente. China, Rusia y Pakistán, sin embargo, criticaron la operación. Ninguno intervino. Moscú habló de violación del derecho internacional, Pekín pidió moderación y expresó su preocupación; Islamabad condenó la escalada. Todo quedó en declaraciones. No hubo movilización, no hubo líneas rojas ejecutadas y, sobre todo, no se formó una coalición dispuesta a defender a Irán.

  • Esa contención sugiere que, incluso los Estados que se oponen a la acción estadounidense, no están dispuestos a escalar militarmente cuando Washington demuestra determinación.

  • También refuerza la percepción de que Trump está decidido a actuar de manera unilateral cuando considera que la disuasión lo exige.

  • Para los líderes que creen estar fuera del alcance de la presión estadounidense, esa percepción reduce el margen de seguridad. Una vez que Trump decide señalar a un régimen, la amenaza es real.

Entre líneas. Los efectos se vieron en tiempo récord. En Moscú, horas después de la ofensiva, Putin anunció su disposición a aceptar garantías de seguridad estadounidenses en el frente ucraniano. Cuando la posibilidad de una decapitación de régimen se vuelve tangible, los cálculos cambian y, para Rusia, el costo de subestimar a Washington aumentó drásticamente. China, por su parte, observa con atención.

  • Las consecuencias estratégicas no se limitan a la figura de Jameneí. Debilitar simultáneamente a Irán y Venezuela altera el suministro energético clave para el régimen de Xi.

  • Ambos países representan una parte relevante —alrededor de un 20 %— de las importaciones petroleras chinas bajo esquemas sancionados que Pekín ha sabido aprovechar.

  • Poner esta red bajo el control de EE. UU. obliga a China a depender en mayor medida de una Rusia que, bajo la amenaza de decapitación, es más propensa a obedecer los deseos de Trump.

Visto y no visto. El esquema se expande también a la frontera sur de EE. UU. La guerra frontal contra el narco en México afecta las estructuras que distorsionaban el comercio bilateral. Esa dinámica también se cruza con esfuerzos más amplios de desacople estratégico respecto de China, que poco a poco pierde activos disruptivos —como el fentanilo— que otrora le permitían debilitar a EE. UU. desde dentro.

  • Las acciones en Irán, Venezuela y México parecen aisladas, pero los efectos reales lo hacen ver como una estrategia premeditada.

  • El objetivo parece ser simplificar el tablero estratégico. Si China decidiera moverse sobre Taiwán en el corto plazo, Washington preferiría enfrentar menos frentes activos, menos redes proxy y menos regímenes hostiles capaces de coordinar la presión simultánea.

  • Reducir los nodos de inestabilidad le permite a EE. UU. afrontar una potencial situación en Taiwán sin tener que distraerse por lo que los aliados de China puedan hacer en su propia frontera.

Sí, pero. Nada de esto, empero, garantiza que el cambio de liderazgo en Irán derive en una transición política ordenada. La estructura institucional de la República Islámica, en especial la Guardia Revolucionaria, está diseñada para resistir bajo presión. La eliminación de un líder —o de buena parte de la cúpula— no equivale automáticamente a una transformación. Tanto un cierre de filas interno como un rebrote nacionalista son posibles, pero de momento el rechazo hacia el régimen en Teherán parece intacto.

  • El efecto disuasivo ya está operando. Trump demostró su disposición a golpear el núcleo de un régimen, no solo su periferia. Bajo estas condiciones, la transición dependerá de la élite iraní, la presión social y, claramente, de EE. UU., como en Venezuela.

  • Si bien el resultado es incierto, lo que sí puede saber Trump es que los potenciales cambios de régimen tendrán cada vez menos injerencia de sus enemigos.

  • Ni China, ni mucho menos Rusia, se arriesgarán a tentar a Trump, en gran medida, porque la certeza del castigo en la política exterior estadounidense nunca había sido tan real.




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