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Clémence Biel: «Admitir que una madre puede ser tóxica es derrumbar un mito tranquilizador»

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La figura materna, como símbolo de apoyo, cercanía y calidez, está idealizada por la sociedad, pero desgraciadamente en la realidad no siempre es así. Formada en psicología infantil y neurociencia, Clémence Biel es autora del libro «¿Y si el problema fuera tu madre?» (Ed. Kitaeru), en el que ayuda a mujeres a superar los aspectos tóxicos de la relación madre-hija.

¿Cuál ha sido el mayor desafío al que se ha enfrentado al publicar un libro que cuestiona el pilar fundamental de la familia?

El crear un espacio en el que por fin se pueda decir «mi madre me ha herido» sin que se perciba como una traición, sino más bien como el inicio necesario de un camino de sanación. Poner nombre a ciertas dinámicas no destruye la familia, al contrario, permite hacerla más consciente y más sana. La mayoría de las madres tóxicas también han sido heridas en su infancia y reproducen patrones que no han tenido la oportunidad de hacer conscientes.

Este problema se da tanto en hombres como en mujeres. ¿Por qué enfocarlo solo en ellas?

Existe un efecto espejo entre madres e hijas que crea cuestiones muy específicas. Una niña aprende lo que significa «ser mujer» observando los comportamientos de su madre, a menudo marcados por el sacrificio y la dificultad para decir que no. Esa incapacidad para afirmarse y poner límites sin culpa (el síndrome de la niña buena) se transmite de madre a hija y repercute en todas las relaciones (amorosas, de amistad, profesionales) de esas mujeres. La relación madre-hijo merece una exploración igual de profunda, pero es una especialidad distinta.

En nuestra sociedad, cuestionar la figura de la madre parece algo tabú. ¿Por qué es más fácil entender la figura de un padre ausente que una madre dañina?

Se espera poco de los padres en el plano emocional. Un padre ausente está casi normalizado en el imaginario colectivo («los hombres son así»). En cambio, la figura materna está sacralizada. Admitir que una madre puede ser tóxica es derrumbar un mito profundamente tranquilizador. Si el amor materno falla, el resto de la sociedad empuja al niño a pensar que hay algo malo en él, en lugar de cuestionar a su madre. Por eso tendemos más a callar y justificar los comportamientos tóxicos de nuestra madre que los de nuestro padre, por miedo a que nos tilden de hijos desagradecidos.

¿Cómo diferenciar a una madre que comete errores de otra que es emocionalmente tóxica?

Ninguna madre es perfecta, y de hecho eso tampoco tendría interés para la relación. Pero una madre sana ve a su hijo como un individuo completo, con sus propias necesidades y emociones. La madre tóxica, en cambio, suele sufrir inseguridades profundas, narcisismo e inmadurez emocional, lo que le impide ver a su hijo de otra manera que no sea como una prolongación de sí misma. Utiliza a su hijo para llenar sus propios vacíos emocionales y le ofrece un amor condicional: «Te quiero, pero solo si haces lo que espero de ti».

¿Qué puede hacer un niño o una niña bajo el influjo de una madre tóxica? ¿ Y un adulto?

El niño está en una posición de total vulnerabilidad y no tiene ni los recursos psicológicos ni la autonomía material ni la perspectiva emocional necesarios para protegerse. Lo ideal es que otro adulto intervenga si puede, ofreciéndole una figura de apego segura, proponiendo la ayuda de un profesional o, simplemente, dándole espacios de libertad y de expresión. Un adulto, en cambio, puede iniciar un trabajo de sanación y diferenciación: identificar los patrones tóxicos, aprender a definir qué es aceptable y qué no para poner límites, desarrollar su madurez emocional y, sobre todo, emprender un proceso de individuación para construir su identidad.

¿Por qué puede resultar más difícil poner límites a una madre tóxica que a una pareja?

Separarse simbólicamente de la madre reactiva nuestro miedo primario al abandono. Incluso en la edad adulta eso nos devuelve a la vulnerabilidad y al instinto de supervivencia del niño que fuimos. Inconscientemente nos sentimos en deuda con quien nos dio la vida y nos alimentó. Ese sentimiento de deuda hace que la separación emocional sea culpabilizante. Además, las madres tóxicas suelen ser expertas en manipulación emocional: saben invertir los roles y colocarse en el papel de víctimas con frases como «después de todo lo que he hecho por ti…». La presión social también es importante, porque la sociedad tolera mal que uno se aleje de su madre: podemos encontrarnos con incomprensión, juicio e incluso rechazo. Y, por último, a diferencia de un jefe o una pareja, siempre conservamos en secreto la esperanza de que nuestra madre, por fin, nos quiera como lo necesitamos. En cada persona siempre hay un niño pequeño que busca a su mamá.

¿Es posible llegar a sanar ese vínculo? ¿Cómo?

Depende de la capacidad de la madre para reconocer sus comportamientos tóxicos y emprender su propio trabajo terapéutico. Si no tiene esa conciencia o ese valor, la hija puede sanar su herida de manera independiente. Muy a menudo, sanar significa aceptar que esa relación nunca será lo que esperábamos, hacer el duelo por la madre que necesitábamos y construir una vida plena pese a esa herida.

¿Qué acogida ha tenido el libro hasta el momento?

Extraordinaria y profundamente emotiva. Muchas mujeres me han escrito para decirme que era la primera vez que alguien ponía palabras a lo que habían vivido: algo profundamente insidioso, invisible, a menudo incomprendido y normalizado por el entorno y la sociedad. Al leer estas páginas por fin se han sentido vistas y legitimadas. El éxito del libro confirma algo esencial: demasiadas mujeres sufren en silencio porque les han hecho creer que no tenían derecho a cuestionar a su madre. Este libro les da permiso. Es profundamente liberador y, sobre todo, urgente.




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