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La guerra que se libra en los mercados: casi un siglo de conflictos y una lección para los inversores

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Por el Estrecho de Ormuz transitan cerca de 13 millones de barriles de crudo al día, lo que representa aproximadamente el 31% de todo el comercio marítimo global de petróleo. Cuando ese cuello de botella se cierra, ninguna decisión de la OPEP ni de la Reserva Federal puede compensarlo a corto plazo. No hace falta que se interrumpa físicamente el tránsito. Basta con que las aseguradoras eleven primas, que los armadores desvíen rutas o que los «traders» descuenten un escenario de tensión prolongada.

La escalada del conflicto en Oriente Medio, que en su subsuelo guarda el 48% de las reservas mundiales de petróleo y el 40% de las de gas natural, plantea varios escenarios. Uno de ellos, el peor, es un cierre prolongado de este angosto canal que, en su punto más estrecho, separa a Omán de Irán por tan solo 33 kilómetros, algo que podría empujar el precio del petróleo por encima de los 100 dólares, con consecuencias directas en la inflación global.

Para Europa y, especialmente para España, el impacto sería doble por su dependencia energética: encarecimiento de los precios e impacto en la confianza del consumidor, justo cuando el Banco Central Europeo intenta consolidar una senda de bajada de tipos.

Sin embargo, los expertos consultados indican que aún es pronto para saber los derroteros por los que discurrirá el conflicto y, por tanto, el impacto que tendrá sobre los mercados y la economía global. «Todo parece apuntar a una guerra de stand-off (conflicto en el que el actor que posee superioridad tecnológica procura golpear desde fuera del alcance de las defensas del rival con el objetivo de degradar capacidades y coaccionar políticamente, sin entrar en combate cercano ni desplegar fuerzas terrestres). No obstante, se abre una ventana crítica, de dos o tres semanas, en la que se puede producir un cambio de objetivos, de militares a infraestructuras, por lo que el coste político y económico se multiplicaría», recoge el último informe del Departamento de Estrategia de Santander Private Banking. No obstante, parece que el primer interesado en que la «Operación Furia Épica» sea lo más rápida y limpia posible, como en Venezuela (entrar, llegar a un acuerdo y salir), es el propio Donald Trump.

Que el régimen teocrático de Alí Jamenei era tiránico queda fuera de toda duda. Lo que no queda tan claro es lo que vendrá después. Quizá, para responder a esa cuestión, haya que tirar de hemeroteca y preguntarse: ¿Qué nos han dicho históricamente los mercados cada vez que los distintos avisperos geopolíticos se han agitado en el mundo?

Javier Hombría, profesor del Máster en Bolsa y Mercados Financieros del IEB, considera que existe un patrón que tiende a repetirse. «La historia ofrece una hoja de ruta. Un repaso por los grandes conflictos bélicos del último siglo muestra una secuencia que se repite: los mercados reaccionan con fuerza ante el shock inicial, pero tienden a estabilizarse cuando el escenario se clarifica. Los mercados castigan la incertidumbre, no el evento bélico en sí», explica.

Y es que el comportamiento histórico del S&P 500 y del EuroStoxx 50 muestra que las crisis geopolíticas tienden a generar picos de volatilidad más que mercados bajistas estructurales, salvo que se transformen en recesiones profundas.

Santander Private Banking ha analizado el impacto que los sucesos traumáticos más importantes del siglo XX y XXI desde que en 1940 Alemania invadió Francia, en los que se incluye también el asesinato de Kennedy, los atentados de los Juegos Olímpicos de Munich o de Reagan, sin olvidar el 11-S. Casi un siglo de historia revela que estos episodios tienen un efecto momentáneo sobre el desempeño de los principales índices bursátiles, pero de corta duración. En la gran mayoría de los casos, las caídas pronunciadas se recuperan en un horizonte inferior a los tres meses y, luego, paulatinamente, se reacoplan a la tendencia del momento. Es decir, los impactos son transitorios e inocuos en el medio plazo.

Por ejemplo, el día del ataque a Pearl Harbor el equivalente al S&P 500 se dejó un 4%; a los tres meses había ensanchado el retroceso hasta un 14%. Sin embargo, un año después las pérdidas se habían neutralizado totalmente y, a los tres, el balance resultaba positivo, con una revalorización del 39%.

Pero no hace falta remontarse a la Segunda Guerra Mundial para analizar la respuesta de los mercados ante shocks bélicos. Avancemos varias décadas, hasta los noventa del siglo pasado, cuando Irak invadió Kuwait. En los meses previos a la intervención militar, la incertidumbre pesó sobre los activos de riesgo. Paradójicamente, el inicio formal del conflicto redujo la volatilidad, ya que el mercado había descontado el peor escenario y reaccionó con alivio relativo cuando la intervención fue rápida. El resultado para los mercados fue que, el 2 de agosto, cuando se produjo el ataque, el índice perdió un 2%; un 8% en el mes y un 14% en el trimestre. Sin embargo, un año después acumulaba una ganancia del 10%, y del 28% tras transcurrir un trienio.

En un escenario más cercano y reciente, como fue la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el patrón fue distinto, pero el resultado, similar. En ese caso, el shock energético afectó directamente a Europa, elevó la inflación a máximos de décadas y obligó a endurecer la política monetaria. Aun así, tras el ajuste inicial y el rediseño de las rutas energéticas europeas, los mercados terminaron adaptándose al nuevo equilibrio, tanto es así que el S&P cerró 2025 con un avance del 40% en relación a 2022, que fue cuando se inició el conflicto.

Así, si se calcula el promedio del impacto de los 29 acontecimientos que han marcado el mundo desde 1940, nos encontramos con que la repercusión en el mismo día ha sido, en conjunto, del 1%; porcentaje que se repite al mes; seguido de una neutralización total a los tres meses; un incremento del 2% a los seis; del 5% al año y del 19% transcurridos 36 meses.

Lo que parece evidenciar este análisis es que los inversores temen lo desconocido, pero, una vez que el escenario se clarifica (incluso si es negativo), la prima de incertidumbre tiende a reducirse.

De ahí la vieja máxima atribuida a Nathan Rothschild: «comprar cuando suenan los cañones», que no es otra cosa que la constatación de que el mercado descuenta rápido el miedo y anticipa el futuro antes que la política.

Oriente próximo en combustión

Pese a ello, cada vez que Oriente Próximo entra en combustión, el recuerdo automático se traslada a la Guerra de Yom Kipur. Aquel conflicto desencadenó el embargo petrolero árabe y cuadruplicó el precio del crudo. El resultado fue estanflación, es decir, una inflación disparada, crecimiento hundido y bancos centrales desbordados. Algo similar ocurrió tras la revolución iraní de 1979. El petróleo volvió a dispararse y las economías occidentales entraron en recesión. Durante años, el crudo por encima de 100 dólares fue sinónimo de crisis.

Pero el mundo de entonces no es el actual. «Hoy las economías desarrolladas son mucho menos intensivas en energía. El peso del sector servicios es mayor, la eficiencia energética ha mejorado y la producción se ha diversificado geográficamente. En Estados Unidos, por ejemplo, el consumo de gasolina per cápita es significativamente inferior al de los años setenta, mientras que la renta disponible es mucho mayor», señala Santander en su informe.

Además, los bancos centrales operan con herramientas más sofisticadas y con marcos de credibilidad construidos tras décadas de independencia, con una curva de Phillips más plana. Este modelo es un concepto económico que muestra una relación inversa a corto plazo entre la tasa de inflación y la tasa de desempleo. Así, cuando el desempleo es bajo, la inflación tiende a aumentar y, cuando el desempleo es alto, la inflación tiende a disminuir. Sugiere que existe un «intercambio» donde los gobiernos pueden elegir menor desempleo a costa de mayor inflación. Al ser menos pronunciada, reduce el traslado automático de un shock energético a salarios e inflación estructural.

Reacción moderada

Eso no significa que no haya riesgo, sino que la transmisión es distinta. En el caso concreto del conflicto iraní, aunque las bolsas y demás mercados mundiales se impresionaron inicialmente por el ataque, su reacción fue más bien moderada, especialmente en lo referente al mercado americano. Solo la subida del precio del petróleo y del gas natural en el mercado europeo por la mañana estaba mínimamente a la altura de las expectativas.

«Ni los metales preciosos (solo subió algo el oro; la plata bajó de precio un 4,57%; el platino y el paladio también bajaron), ni la renta fija, ni las criptomonedas, ni el dólar reaccionaron de manera significativa, como cabría esperar en un momento de guerra que algunos (exagerando a modo) han llamado el inicio de la III Guerra Mundial (se olvidan de que no hay guerra mundial si no hay enfrentamiento directo entre las principales potencias», recoge en su newsletter el matemático y estadístico Juan Ignacio Crespo.

Hasta el 3 de marzo, el precio del crudo Brent había subido a 80 dólares, un 9% por encima de su nivel justo antes del lanzamiento de la «Furia Épica». En términos reales, el petróleo se situó un 6% por encima de su promedio desde 1972 y muy por debajo de los niveles alcanzados durante las mayores crisis de precios del oro negro. El aumento de la cotización del gas sí que fue mucho más pronunciada, con aumento de los precios al contado del gas TTF holandés de un 40% debido al temor sobre las exportaciones cataríes de gas natural licuado (GNL).Los mercados mostraron preocupación por el futuro de la inflación, con el alza del precio del oro y la baja del precio de los bonos. «Pero nada de esto es sorprendente ni drástico. Se asume», considera Martin Wolf en su columna de Financial Times.

El verdadero peligro no es, por tanto, un pico puntual del petróleo, sino que el mercado empiece a descontar una tensión prolongada en el suministro. En ese escenario, las empresas retrasarían inversiones, acumularían inventarios y encarecerían la financiación. El problema no es únicamente el precio del barril, sino la prima de riesgo asociada a la incertidumbre. Y es que un conflicto en la región afecta también a fertilizantes y derivados petroquímicos; metanol y materias primas industriales; costes de transporte marítimo, seguros de carga y plazos logísticos.

Aeropuertos

No hay que olvidar tampoco que el cierre de los aeropuertos de la región, en función de su duración, tendrá consecuencias. Y es que Dubái es un nodo estratégico entre Europa, Asia, África y América, con miles de rutas de conexión entre muchas capitales económicas. Un cierre prolongado obligaría a rediseñar el tráfico aéreo y provocaría un incremento del coste de transporte de carga, especialmente de material farmacéutico o tecnológico procedente de Asia-Pacífico. «La compleja situación en Oriente Medio, a la espera de la evolución de los ataques y de la respuesta de Irán, eleva los niveles de incertidumbre y aumenta la aversión al riesgo en favor de activos refugio, al mismo tiempo que la falta de visibilidad podría tener efectos negativos sobre las decisiones de inversión y el sentimiento económico del sector privado. Las perspectivas económicas quedarán definidas por la duración y la magnitud del conflicto», manifiesta Alicia Coronil, economista jefe de Singular Bank.

En definitiva, la escalada del conflicto con Irán vuelve a poner a prueba la resistencia de los mercados globales.




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