¿Está dejando el Gobierno al Rey en el banquillo?
Felipe VI no solo heredó de su padre la Corona, también la capacidad de servir en el extranjero a los intereses nacionales a través de lo que el politólogo Joseph Nye llamó el «soft power». Una manera suave de emplear el poder para influir y lograr réditos en la que el emérito fue un maestro, tal y como queda expuesto en el libro de Charles Powell «El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España» (Galaxia Gutenberg). La entrada en la OTAN, en la Comunidad Europea y la solución de una y mil crisis contaron con la colaboración del anterior jefe del Estado.
La citada obra de Powell despierta una pregunta inmediata. Si Felipe VI cuenta con una mayor preparación y, sin duda, una «auctoritas» personal que da mil vueltas a la de su padre, ¿por qué está siendo infrautilizado? ¿No debería el Gobierno querer sacar partido de un activo tan eficaz?
La foto esta semana del Rey con la opositora venezolana Maria Corina Machado en Chile es un buen ejemplo de ello. Fue un encuentro fuera de agenda, sin el ministro Albares (que, una vez más, no acompañó al Monarca) y casi de medio lado pero cuyo efecto reparador fue inmediato. Baste recordar que el Gobierno de Sánchez no felicitó a Machado por el Premio Nobel de la Paz, seguramente para no herir cierta sensibilidades.
Hemos preguntado a cuatro diplomáticos su opinión sobre el aparente empeño del Gobierno de apartar al Rey. Solo uno ha accedido a hablar «on the récord», lo que da una idea de lo espinoso del asunto en Exteriores, cuyo ministro se borra siempre que puede de viajar con el Rey a Iberoamérica, zona que parece habérsele encomendado en soledad. Desde que llegó al Palacio de Viana, Albares se ha ausentado de la mitad de las 14 tomas a las que Don Felipe ha tenido que asistir. La última la del presidente chileno que propició el encuentro con Machado.
«Es un error no utilizar al Rey al servicio de nuestros intereses en política exterior y en economía. Los gobiernos de la Transición se dieron cuenta y utilizaron con mucho éxito a Don Juan Carlos, que fue un gran activo al servicio de la imagen y de los intereses de España. Particularmente en las Américas y en Oriente Medio y el Magreb. Pero para usarlo antes hay que tener política exterior y con este gobierno está dominada por la política interior», explica Jorge Dezcállar.
El que fuera embajador en Marruecos, la Santa Sede y EE UU, además de director del CNI, cree que «no utilizarlo es malo, pero ‘‘ningunearlo’’ y hacerle viajar sin la compañía de ningún ministro, como hace ahora mismo Albares, es peor porque incumple –una vez más– la Constitución española y lo rebaja ante el mundo. Talleyrand, maestro de diplomáticos, diría que es peor que un crimen, es un error».
«El Rey está desaprovechado. Lo quiera Sánchez o no hay países que lo valoran como una persona que representa a España, de altura y fiable. No son solamente las monarquías. Don Juan Carlos tenía interlocución directa con EEUU, Rusia, Francia, Egipto, y todos los países de América hispana. En algunas crisis el a Rey tiene un gran papel que jugar, especialmente con nuestros vecinos, Marruecos, Portugal y Francia, pero también con EEUU y Rusia. Tenemos una monarquía parlamentaria y el Gobierno quiere aparcar tanto a Rey como al Parlamento», asegura un veterano embajador.
Otro diplomático que sigue en activo entiende que Felipe VI «está infrautilizado y no lo está». «Lo está porque claramente el Gobierno podría planear para él una agenda más ambiciosa de viajes y visitas internacionales. No lo está porque lo está haciendo tan bien que sus actuaciones tienen un impacto mediático que compensa en intensidad lo que le escatima desde Moncloa en extensión».
La inadecuada ausencia de Albares, el incumplimiento de la Constitución y la falta de estrategia exterior se repiten: «El Gobierno no aprovecha la función del Rey de máximo representante en las relaciones internacionales, sobre todo en Iberoamérica. Debería haber más viajes a esos países y Albares debería acompañarlo, como manda la Constitución. No olvidemos que la próxima cumbre iberoamericana será en España este año».
Tal y como defiende Charles Powell, no hay que despreciar la impronta ceremonial de los viajes de Estado, cuyo efecto puede ser potente y duradero. Sobre todo en países donde la mera presencia de los Reyes se vive como una deferencia cuasi divina. Ocurrió en China el pasado año con el presidente Xi y debería replicarse este año en EE UU, que celebra el 250 aniversario de su independencia. La visita real, postergada de momento, sin duda sería vivida por un personaje tan carenciado como Trump como un alimento directo a su ego que, quizá, desbloquearía otras resistencias.
