Crítica de 'Malquerida': El retorno de Benavente ★★★★☆
Autoría: Jacinto Benavente. Versión: Juan Carlos Rubio y Natalia Menéndez. Dirección: Natalia Menéndez. Interpretación: Aitana Sánchez-Gijón, Juan Carlos Vellido, Lucía Juárez, Goizalde Núñez, José Luis Alcobendas, Dani Pérez Prada, Alex Mola y Antonio Hernández Fimia. Teatro Español, Madrid. Hasta el 26 de abril de 2026.
A pesar de haber renovado el teatro español sacándolo de la pomposidad y el vacuo efectismo en el que andaba abismado a finales del XIX; a pesar de haber cultivado casi todos los géneros, demostrando una habilidad encomiable en todos ellos y una auténtica originalidad sin alharacas; a pesar de su clarividente ironía, estampada en sus textos, a la hora de contemplar la sociedad de su tiempo; a pesar de la indiscutible belleza formal de su literatura, y de la destreza para la construcción dramatúrgica, y de la riqueza emocional y psicológica con la que supo dotar a muchos de sus personajes, especialmente a los femeninos...; a pesar incluso de tener un Premio Nobel, algo que en otros escritores se ha convertido en salvoconducto para torturar una y otra vez a los espectadores con sus obras, Jacinto Benavente es hoy, tristemente, un autor casi olvidado: muy poco representado y altamente sospechoso, entre algunos culturetas, de desfasado, reaccionario... y no sé cuántas cosas más.
Afortunadamente, parece que a Mónica Regueiro -en su faceta de productora- y al Teatro Español les resbala tal prejuicio, y se han decidido a montar y exhibir, respectivamente, una de las obras más conocidas del escritor madrileño: ‘La malquerida’, drama rural del que es evidente, por cierto, que Lorca bebió a grandes tragos antes de escribir, con otro estilo, sus conocidas e idolatradas tragedias, particularmente 'Bodas de sangre'.
Como muchos sabrán, el argumento de ‘Malquerida’ -el título ha perdido el artículo en esta versión- gira en torno a un terrible crimen y al mundo interior de los personajes que tenían relación con la víctima en el constreñido pueblo en el que transcurre la acción. Después de pedir la mano de Acacia (Lucía Juárez), el joven Faustino (Antonio Hernández Fimia) es asesinado sin motivo aparente. Acacia es hija de Raimunda (Aitana Sánchez-Gijón), una mujer viuda que se casó en segundas nupcias con Esteban (Juan Carlos Vellido). Aunque las primeras sospechas apuntan como autor del crimen al antiguo novio de la joven, Norberto (Álex Mola), pronto empiezan a circular rumores en el pueblo que pondrán al descubierto una pasión prohibida, y a duras penas contenida, que podría haber sido el móvil.
Con la eficacia que le caracteriza, el dramaturgo Juan Carlos Rubio ha ido en su versión -hecha al alimón con la directora del montaje- a lo esencial de la trama, centrándose en el origen y la naturaleza del conflicto que la atraviesa, eliminando personajes y desbrozado el texto de modismos y recursos literarios que hoy, en escena, podrían hacer fatigoso el desarrollo dramático. Con idéntica eficacia, y con un sentido del ritmo admirable, ha trasladado ese material a las tablas la directora Natalia Menéndez, que firma un espectáculo muy dinámico que se ve como un thriller -plenamente actual tanto en su contenido como en sus aspectos formales- sobre la eterna pugna entre el deseo y el deber, y sobre la precariedad moral del individuo cuando está sometido a tensiones y tentaciones de las cuales no podrá nunca eximirse.
No obstante, hubiera sido conveniente hacer perceptible en el patio de butacas, por supuesto de una manera sutil, la pasión latente que hay entre dos de los personajes principales, y que resulta determinante en la trama (no quiero contar más por si hay alguien que no conoce la obra). No sé si ha sido una decisión consciente, en aras de incrementar el efecto sorpresa del giro final; pero el hecho de no permitir que esa pulsión se pueda adivinar en ciertos momentos resta profundidad psicológica a esos dos personajes y provoca, en cierto modo, que el desenlace sea menos verosímil.
En cuanto a las interpretaciones, es obligado hablar en primer lugar de Aitana Sánchez-Gijón: siempre atrevida y solvente en los retos que asume, la ya veterana actriz resuelve bien la difícil papeleta de dar vida desde una perspectiva más contemporánea a la protagónica e icónica Raimunda, aunque resulta un poco sofisticada para el personaje. En cuanto al resto del elenco, muy correcto en líneas generales, destacan, sobre todo, los secundarios Goizalde Núñez, como la criada Juliana, y un impecable José Luis Alcobendas, en el papel del tío Eusebio, que cada vez que está en escena consigue que todo el espacio adquiera una consistencia inequívocamente campesina y tradicional.
Es importante mencionar, por último, el trabajo que han hecho Alfonso Barajas (escenografía), Rafael Garrrigós (vestuario), Juan Gómez Cornejo (iluminación) y Mariano Marín (espacio sonoro y música); todos contribuyen de manera notable a que el montaje adquiera un renovado aire minimalista, tendente incluso a cierta abstracción, que Natalia Menéndez ha buscado con la intención -muy bien materializada- de evitar cualquier atisbo de acartonamiento.
- Lo mejor: La pátina de modernidad con la que está tratado el texto para que pueda verse hoy como un espectáculo entretenido, interesante y a la vez profundo.
- Lo peor: Haber escamoteado al espectador la posibilidad de atisbar la pulsión erótica o amorosa que rige los actos de dos personajes fundamentales.
