Redes sociales y trastornos parafílicos: mejor frenar a tiempo
Excava el pozo antes de que tengas sed.
Proverbio chino
En el contexto digital globalizado del siglo XXI, las redes sociales han pasado de ser simple herramienta de interacción a plataformas para la difusión de todo tipo de contenidos, algunos de los cuales pueden ser nocivos para la sociedad.
De manera especial, es alarmante la abundancia de material que busca justificar o banalizar comportamientos eróticos considerados trastornos parafílicos que involucran actos de violencia sexual no consensuada, con actos lesivos a la dignidad o la integridad de las personas.
Cada día circulan decenas de miles de fotos, memes, animados, dramatizados o videos humorísticos que, de manera explícita o implícita, promueven prácticas tipificadas como delitos contra el normal desarrollo de las relaciones sexuales o contra el bienestar de la niñez y la juventud, con penas severas advertidas para quienes incurran en ellas.
Restar importancia a esas conductas en el espacio digital representa una seria amenaza, en tanto deshumanizan y vulneran a millones de víctimas cada año, sobre todo infantes, mujeres y personas en situación de discapacidad física o mental.
Es crucial que las plataformas digitales, las instituciones a cargo de esas tecnologías y las comunidades en línea asuman un compromiso serio para denunciar y censurar esos materiales, y además proporcionen a sus usuarios recursos educativos para ejercer un consumo crítico de la información que llega a sus dispositivos y cortar esas cadenas.
También urge entender la gravedad de cualquier descuido con la información personal y de sus familiares o amistades, sobre todo las imágenes y formas de localización, porque puede ponerles en la diana de los perpetradores de tales delitos, sus clientes y cómplices.
Como hablamos de conductas ilegales, sus practicantes no suelen mostrarse de manera pública, más bien buscan mecanismos subterráneos para satisfacer sus deseos, e involucran a terceros en condiciones de acercarse a los objetos y personas de su interés.
Las redes sociales son un nicho ideal para que esos sujetos inescrupulosos promuevan códigos de identificación de posibles víctimas, clientes y proveedores, y además se prestan para comprobar la efectividad de productos comunicativos cuyo fin es presionar a las autoridades para «normalizar» tan horrible negocio. A la par, muchos emplean algoritmos para acceder a archivos privados que puedan desvirtuar y emplear a su antojo.
Al saturar las redes, sus creadores intentan desensibilizar a las audiencias sobre la gravedad de esos actos, que disfrazan de meras fantasías inocentes o hábitos locales, sobre todo en plataformas donde el anonimato permite compartir material inapropiado sin mayores restricciones.
De la obsesión al delito
Según las normativas médicas internacionales, los trastornos parafílicos se definen como patrones de comportamiento sexual recurrentes e intensos que implican objetos, situaciones o individuos atípicos. Esos patrones solo se diagnostican como disfuncionales cuando son persistentes, provocan angustia al individuo o son dañinos para otros.
Entre ellos se distinguen la pedofilia, la violación, el sexo grupal no consensuado, el exhibicionismo, el froteurismo, la piromanía, el fetichismo con prendas robadas y muchos más. Lo que los hace muy peligrosos no es solo el daño físico o sicológico a las víctimas, sino también que incitan a la comisión de varios delitos, en el universo virtual y en su entorno real.
Promover esas conductas en internet como tendencias o hechos graciosos banaliza el sufrimiento que causan. El trasfondo de esa estrategia es presionar a la sociedad para que deje de verlos como ilícitos en cuanto logren venderlos como atractivos o indiferentes para mucha gente.
Sin embargo, el acceso a esos contenidos puede tener graves repercusiones en quienes los consumen, sobre todo a tempranas edades o si ya hay síntomas de dependencia obsesiva con la tecnología digital.
La base biológica de ese daño está en la producción de dopamina (hormona del placer) asociada a las emociones fuertes generadas por la contemplación de esos actos. Como el cerebro se aburre pronto de los estímulos, el individuo necesita escalar su intensidad para recuperar la ansiada respuesta, y llega el momento en que no sólo consume fantasías a través de pantallas, sino que pasa a actuarlas en la cotidianidad.
En ese ciclo, la exposición a violencia sexual digitalizada funciona como detonante para no pocos trastornos parafílicos, en una espiral peligrosa que puede desembocar en conductas enajenantes y una vida sexual cada vez más desordenada.
Para los millones de víctimas de esos desmanes digitales, la difusión irresponsable de escenas que reproducen su humillación implica una revictimización frecuente, y muchas se sienten abrumadas ante esa clara intención de minimizar la gravedad del crimen que traumó sus vidas.
Como un círculo vicioso, las redes sociales pueden nutrir una cultura de impunidad de la violencia sexual, que resta peso a sus límites éticos y legales en lugar de condenarla como lo que es: un delito grave con efectos devastadores para la sociedad.
En el caso de la pedofilia, por ejemplo, sus practicantes se nutren del secuestro y la explotación infantiles, actos que no deben ser tolerados ni normalizados bajo ninguna circunstancia.
Así mismo, resulta preocupante la gran popularidad de reels y dramatizados que trivializan la violación dentro de la pareja como si se tratara de un simple juego o una expresión natural de poder; como si el «sí» inicial otorgara a una parte certificado de propiedad sobre la otra, o el deseo incontrolable justificara irrespetarla a su antojo.
Ese tipo de discursos perpetúa la creencia errónea de que forzar a tu pareja o imponerle tus fetiches es adecuado para la dinámica amorosa, sobre todo cuando el que paga manda. Sin embargo, el Código Penal cubano trata el abuso dentro de la pareja con igual severidad que en otros contextos: un acto sexual no consensuado es delito, como lo es también exponer fotos o videos de esos encuentros íntimos, aun cuando fueron tomados con permiso de ambos (algo realmente desaconsejable). De hecho, una relación cercana entre el agresor y la víctima cuenta como agravante y puede incrementar hasta en un tercio el marco sancionador, tanto en multas como en años de privación de libertad.
Cuando las narrativas digitales trivializan esa realidad, contribuyen a perpetuar una dinámica vejatoria, en la que la víctima se cree culpable y teme denunciar. Con ello cuentan sus victimarios directos y quienes se benefician de ese dolor, así que nos toca a todos poner freno y no permitir que el mal se propague en nuestros hogares.
