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Los frentes externos e internos de la guerra en Medio Oriente que comienzan a desbordar a Trump

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La guerra en Medio Oriente se acerca a su tercera semana y entra en una fase de intensificación marcada por ataques contra la cúpula dirigente iraní, una expansión del conflicto hacia objetivos económicos y energéticos, y la creciente tensión en múltiples frentes regionales. Sin embargo, otro frente que se complica de manera significativa es el que rodea al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien enfrenta una presión simultánea tanto en el plano internacional como dentro de su propia administración.

Estados Unidos se encuentra en una posición particularmente compleja respecto a esta guerra. Mientras el presidente Trump realiza declaraciones grandilocuentes, en cuestión de minutos matiza, contradice o refuerza sus propias palabras, generando una narrativa errática.

Este escenario está poniendo a prueba la cohesión del gobierno del jefe de la Casa Blanca, tanto en el frente externo como en el corazón de su propia coalición política. Estados Unidos comienza a experimentar una suerte de economía de guerra con impactos directos en el costo de vida, en la estabilidad política interna y en la percepción pública del liderazgo presidencial, lo que configura un contexto particularmente delicado a pocos meses de elecciones clave.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.

Uno de los principales puntos de fricción se ha dado con la OTAN, en torno a la seguridad energética global, por la situación en el estrecho de Ormuz, que se encuentra de facto bloqueado. Trump exigió que los aliados europeos, Japón y Corea del Sur envíen buques de guerra para escoltar petroleros y garantizar la reapertura de esta vía estratégica, al mismo tiempo que puso en duda el futuro de la alianza.

El propio Trump afirmó que la membresía en la OTAN es algo que su país debería considerar revisar, criticando duramente a los aliados por no responder a sus solicitudes y señalando que Estados Unidos los ha ayudado en el pasado sin recibir nada a cambio. Incluso, equiparó la guerra en Ucrania con el actual conflicto bélico en Irán, lo que ha generado incomodidad en varias capitales europeas.

La respuesta europea, liderada por figuras de la Unión Europea y por gobiernos como el alemán, han rechazado sumarse a la operación bajo el argumento de que esta no es su guerra y que no fueron consultados antes del inicio de la ofensiva contra Irán, además del temor de que una participación activa los convierta en objetivos directos de represalias iraníes, evidenciando la fractura con Washington

Pero la guerra también ha tensionado al propio trumpismo. Si bien el sector suele valorar la ruptura de esquemas y el estilo de maniobra del presidente, en este caso Trump enfrenta contradicciones debido al discurso de campaña de evitar guerras interminables y la realidad de una escalada militar que parece no tener una salida clara, especialmente cuando el propio Trump no ha logrado proyectar la claridad estratégica que se espera en un contexto como este.

El punto de quiebre interno más significativo se produjo con la renuncia de Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo, quien en una carta pública afirmó que Irán no representaba una amenaza inminente para Estados Unidos y acusó a la administración de haber sido engañada por una campaña de desinformación impulsada por altos funcionarios para forzar la guerra, lo que constituye un golpe político de gran magnitud considerando su cercanía con la base más dura del movimiento America First.

Joe Kent ex Jefe del departamento de Contraterrorismo de Estados Unidos junto a Donald Trump. Vía X@joekent16jan19

Kent no solo cuestionó la justificación de la guerra, sino que además sostuvo que el conflicto no beneficia al pueblo estadounidense ni justifica el costo en vidas, sugiriendo que Estados Unidos ha sido arrastrado a una nueva guerra en Medio Oriente. Una narrativa crítica dentro del propio electorado republicano que genera fisuras en el apoyo interno al presidente. Por su lado, Trump respondió descalificándolo e indicando que su salida era positiva para la seguridad del país.

La controversia se profundizó debido a las reiteradas menciones a Israel en la carta de Kent, donde habló de presiones, de cabildeo y de campañas de desinformación, elementos que conectan con un discurso que ha ido ganando espacio en ciertos sectores de la derecha estadounidense, incluyendo figuras mediáticas. Lo anterior, refleja un cambio en la percepción de parte de la base política respecto al rol de Israel en la política exterior de Estados Unidos.

Una encuesta de CNN al inicio de la guerra mostró que el 23 % de los republicanos desaprobaba la decisión de emprender una acción militar y gran parte del apoyo del Partido Republicano ha sido bastante tibio en las encuesta, es decir, no lo apoyan tajantemente, un respaldo que se va mermando. Especialmente considerando que incluso el vicepresidente J. D. Vance ha evitado respaldar plenamente la intervención.

En el plano interno, la guerra ya tiene efectos concretos en la vida cotidiana de los estadounidenses, con un alza significativa en los precios de la gasolina que se acercan a los 4 dólares por galón a nivel nacional, superando los 5 dólares en estados como California, lo que representa un riesgo político directo para un presidente que construyó parte de su narrativa en torno a la reducción del costo de vida.

A esto se suma una creciente polarización, con Trump intensificando sus ataques contra la prensa y contra críticos internos a quienes califica de antipatriotas y traidores, en un contexto donde el debate público se vuelve cada vez más tenso y la guerra comienza a dominar la agenda política interna, desplazando otros temas.

Medios como The New York Times han señalado que la guerra carece de una estrategia clara, es improvisada y que no existe una explicación convincente sobre los objetivos finales, ya sea la caída del régimen iraní o el control de su programa nuclear, ni sobre las consecuencias económicas globales, particularmente en el mercado energético.

Las propias declaraciones de Trump han contribuido a esta percepción de desorden, al afirmar que no necesita asesores para tomar decisiones y al presentar como inesperadas reacciones que eran altamente previsibles, lo que refuerza la idea de que no existió una planificación adecuada para el desarrollo del conflicto ni para su eventual salida, aumentando así el costo político de la operación.

En este contexto, el estrecho de Ormuz se ha convertido en el eje central del conflicto. Mientras permanezca bloqueado y continúen los ataques a infraestructuras energéticas, el riesgo de una crisis económica global sigue aumentando, con un mercado petrolero altamente sensible y con una comunidad internacional que comienza a atribuir responsabilidades tanto a Washington como a sus aliados en la región.

Mapa del estrecho de Ormuz. Foto: Aton.

Frente a este escenario, las opciones políticas para Trump parecen reducirse a dos caminos complejos: por un lado, apostar a una caída del régimen iraní a través de la presión militar y la eliminación de altos cargos; y por otro, avanzar hacia el control del estrecho de Ormuz mediante una operación militar directa que implicaría riesgos significativos.

Si bien en las últimas horas se ha informado de la eliminación de importantes figuras del régimen iraní, como Ali Larijani o Esmail Khatib, lo cierto es que la estructura de poder ha demostrado capacidad de resiliencia y renovación, lo que limita el impacto estratégico de estos golpes y sugiere que el régimen puede sostenerse a pesar de las pérdidas.

Por otro lado, la posibilidad de una operación para controlar el estrecho parece estar tomando forma con nuevos despliegues militares, incluyendo el envío de fuerzas hacia la región, en un escenario donde se evalúan operaciones anfibias para capturar puntos estratégicos como las islas que controlan el tráfico marítimo, aunque analistas advierten que esto podría exponer a las tropas a altos niveles de riesgo.

Al mismo tiempo, actores regionales como los Emiratos Árabes Unidos comienzan a mostrar señales de apertura a colaborar con una coalición liderada por Estados Unidos para garantizar la seguridad en la zona, lo que podría alterar el equilibrio regional y generar nuevas dinámicas en el conflicto.

En paralelo, la guerra ha entrado en una fase particularmente agresiva en el plano económico y energético, con ataques a infraestructuras clave tanto en Irán como en países del Golfo e incluso en Israel, afectando refinerías, campos de gas, puertos y centros logísticos, lo que no solo impacta la capacidad productiva de los países involucrados sino que también introduce riesgos humanitarios, especialmente en zonas dependientes de plantas desalinizadoras.

Así, a medida que la guerra entra en su tercera semana, el escenario se vuelve cada vez más incierto y volátil, con múltiples frentes abiertos, con una escalada que no muestra señales claras de contención y con un liderazgo estadounidense que enfrenta crecientes cuestionamientos tanto dentro como fuera de sus fronteras, en un contexto donde cada decisión puede tener consecuencias de alcance global.




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