Trump es víctima de sí mismo
O Donald Trump es un genio o un merluzo, y es que las decisiones que ha estado tomando tienen a todo el mundo bajo un complejo estatus que va de la incertidumbre al terror, de la súplica a la alabanza.
El ejemplo más claro de ese impacto que genera en la gente fueron las reacciones y gesticulaciones de la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, cuando junto con Trump recibieron a la prensa en la Casa Blanca en su primera visita oficial a los Estados Unidos. La docilidad de Sanae contrastaba con la tosquedad de Trump mientras se llevaban a cabo las preguntas y respuestas. Las muecas de la nipona evidenciaban sorpresa y escozor por los pronunciamientos del anfitrión.
Pero ojalá entre discursos trascendiera todo. El problema se profundiza cuando Trump busca justificar sus ataques militares emprendidos en distintas ciudades del mundo, como si se tratara de un videojuego de guerra: por un lado, captura (para muchos fue un secuestro) a un narcopresidente, Nicolás Maduro, pero entre las quirúrgicas acciones militares, mata a decenas de hombres, entre ellos varios cubanos que formaron parte de su cinturón de seguridad.
Por el otro, aniquila a cúpulas políticas en países de Oriente Medio, en nombre de combatir el desarrollo de armas nucleares, o auspicia gobiernos que exterminan pueblos completos como en la Franja de Gaza. Lo más absurdo de ello es que se hace llamar el presidente de la paz.
Pero Donald Trump podría tener el tiempo contado; está a tan solo 222 días de convencer a sus ciudadanos de que sus diversas ocurrencias cobren sentido si quiere ganar la elección intermedia que le permita gobernar otros dos años de forma cómoda, aunque la pesadilla continúe para medio mundo.
Pero si sus aventuras se quedan solamente en el ámbito del imaginario y no ofrece resultados a favor de la seguridad y los bolsillos de los estadounidenses, asediados por un mundo en su contra, entonces no solo perderá el próximo 3 de noviembre, sino que podría convertirse en una derrota histórica que lo lleve a un posible impeachment, ese procedimiento legal mediante el cual, el Poder Legislativo puede investigar, acusar y, en su caso, destituirlo. Sería el equivalente a un juicio político.
¿Qué hará entonces para revertir un desastre creado en nombre de la estabilidad global, pero que conforme pasan los días los únicos resultados que se entienden son los del aumento en las gasolinas, en la inflación, en la inestabilidad económica global y, sobre todo, los cientos de muertes sin sentido?
De ahí que las paradojas se aglutinen alrededor de las decisiones de Trump, ya que difícilmente negociará condiciones a su favor con el actual y renovado régimen iraní a pesar de la muerte del aparato gobernante de ayatolás y altos mandos de la Guardia Revolucionaria encabezados por Alí Jamenei. Pero si impone un nuevo gobierno, su desgaste será mayor, ya que no podrá convencer a una sociedad musulmana de que su intervención en Oriente Medio fue para liberarles de regímenes opresores o bélicos, ya que cada vez deja manifiesto que su principio es expropiar recursos que solo convendrán a sus intereses; eso abrirá las puertas a la creación de nuevas y más peligrosas células terroristas que generen olas de violencia en Occidente.
Por otro lado, la intervención en Cuba es otro de los crucigramas sin resolver y que, aunque en Washington desean un cambio de régimen, parece ser que aún no deciden cuál es la ruta a seguir: si ejecutan algo parecido a lo que hicieron en Venezuela de capturar al líder y negociar con parte del actual equipo gobernante, o como lo que hicieron en Irán, de acabar militarmente con toda la cúpula política, militar y religiosa; o bien, negociar un nuevo sistema económico con el actual régimen gobernante, es decir, el castrista.
El problema para Estados Unidos radica en que no hay pretextos claros para capturar o atacar a la cúpula castrista, porque mientras que a Maduro se le acusa de narcotráfico y a Alí Jamenei de desarrollar armas nucleares, ni sobre Díaz-Canel ni sobre Raúl Castro pesan delitos que justifiquen detenciones o asesinatos. Eso haría que el enojo internacional creciera aún más y dejara manifiesto que Trump se acerca más a la imbecilidad que a la genialidad.
Cada día que pasa, el trumpismo evidencia que lo que menos le ha interesado es democratizar aquellas sociedades que ataca o amenaza; en cambio, sus mensajes, muchos de ellos delirantes, evidencian que su único objetivo es conquistar los recursos naturales, tierras y costas para emprender negocios que ni siquiera son en beneficio del pueblo estadounidense, sino a favor de provechos personales, familiares y de amistades.
Ahora bien, si logra pacificar el mundo, como ha prometido, y arregla sin derramar más sangre en el corto plazo en Oriente Medio y se abren las rutas comerciales marítimas y reina la calma en la región, entonces podrá colgarse la elección al hombro y no solo ratificar su triunfo, sino ampliarlo, pero francamente, ese escenario se ve muy difícil.
