Aferrarse a las esencias
El trabajo, las pruebas, las redes sociales, la música. El café, los amigos, la salida de los viernes por la noche, el consejo de mamá. La rebeldía, la contradicción, la energía, la inocencia.
Cuando se cumplen 15 años, cuesta verse como un niño. Los veintitantos pasan aprisa, apurados, impulsados en un tobogán; se sabe que el tiempo ha transcurrido no tanto por la propia experiencia, sino por los niños que crecen alrededor, que de pronto están en la edad de la peseta o porque una ola de canas asoma en la cabeza de papá.
Luego llegan los 30. La ONU dictamina que la juventud expira a los 25; la Política Integral de Niñez, Adolescencias y Juventudes de Cuba la extiende hasta los 30. Pero a los treinta y tantos sigue el adulto
convencido y hasta es capaz de discutir que es joven.
Porque la juventud no es una etiqueta, y aferrarse a ello es un instinto natural. No solo por el cliché de la edad y la belleza, sino por el propósito y la pertenencia, por el misterio que el dicharacho popular describe de «divino tesoro».
Los últimos años para los jóvenes cubanos han sido complejos. Las migraciones (no solo más allá del mar) han reconfigurado las tendencias de vida. Salir del campo, cambiar del curso diurno al curso por encuentro, conquistar la capital: algunas de las migraciones más evidentes.
Hay luchas propias de una generación. Son cada vez más jóvenes quienes se aventuran en maestrías y hasta en doctorados, quienes asumen cargos de dirección y dirigen procesos, sostienen escuelas y hospitales, trincheras y teatros.
Las presiones externas impactan en la complejidad para los más jóvenes, pero ni siquiera eso puede opacar la esencia juvenil de sonreír en medio de las adversidades. Pasear con la novia (o el novio)m no es sencillo, pero siempre la juventud se reinventa para lograr un domingo de sol. Eso no entiende de presiones.
Por allá y por acá preocupan las adolescentes embarazadas, la droga camuflada en el contrabando callejero, la violencia y, sobre todo, cómo esta generación de jóvenes que emerge hará de su familia, cuando la constituyan, la célula fundamental de la sociedad.
A veces hay que aprender de los jóvenes, de su terquedad para equivocarse y de su manera de repeler los odios rancios y las venganzas torpes. A veces solo hay que ser joven, pero siempre hay que aferrarse a ello.
