Esta ciudad enlutece de la misma manera que sonríe: a muerte, a jierro. El negro toma la primavera y hace que los demás colores bailen a su alrededor. El dorado del sol, el azul del cielo, el blanco de la aromática nieve a la que ya nos hemos acostumbrado, el gris imponente de los adoquines salpicados por la cera, lienzo anárquico de cirios que llevan días confundiendo su llanto entre las grietas del empedrado. La ciudad de los cielos tangibles es una luminosa oscuridad en la que renace una elegancia de siglos . Vuelven a las calles los avíos de los antepasados, que parecen haber estado toda una vida aguardando a posarse en el cuerpo de las nietas que se...
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