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¿Por qué siempre gana Marruecos?: las claves de la batalla diplomática

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Acaban de cumplirse cuatro años de la carta que lo cambió todo y que demostró, de nuevo, que Marruecos siempre va por delante de España. El 18 de marzo de 2022, Rabat hacía pública una misiva del presidente del Gobierno en la que viraba hacia las tesis marroquíes de autonomía en el conflicto del Sáhara Occidental como nunca antes en la historia. Un cambio de 180 grados que detonó nuestra relación con Argelia y que se ha atribuido repetidamente a un asunto de chantaje y fallos de Inteligencia. Más allá de este hecho puntual, lo cierto es que el reino alauí no deja de aumentar su influencia internacional. Y la mayoría de las veces lo hace a costa de los intereses españoles.

La firma de los Acuerdos de Abraham en diciembre de 2020 supuso la normalización de las relaciones de Marruecos con Israel y, de paso, la consolidación de su vínculo con EE UU. Aquel acuerdo llevaba adosado el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental por parte del todavía presidente Donald Trump, que apuraba su primer mandato.

Esta alianza entre Washington y Rabat se ha reforzado aún más en la segunda legislatura del republicano. La posición antitrumpista de Pedro Sánchez no hace si no añadir valor al reino de Mohamed VI como socio prioritario de EE UU en esta parte del mundo en detrimento de España. Cuestiones antes impensables como el traslado de las bases americanas de Rota y Morón a Marruecos se contemplan como factibles por algunos. «No es una posibilidad real de momento por muchos motivos, entre otros de tipo estructural. Además, se trata de un país musulmán en el que el régimen puede ser pro occidental pero la calle no lo es en absoluto y eso generaría mucho conflicto interno. Pero nunca se sabe», explica un veterano diplomático.

El mero hecho de que se hable de ello de manera recurrente es un éxito diplomático para Marruecos. La forma en que actúa su «lobby» en la Unión Europea y en Washington es uno de sus grandes activos. Llevan décadas ejerciendo una influencia constante que les da frutos gracias a las tácticas pero también a la estrategia. Tienen muy claras sus prioridades en términos económicos y de soberanía y cuentan con una ventaja fundamental: al no tratarse de una democracia, la mirada está en el largo plazo y el rumbo se mantiene inalterado.

«Está claro que nos ganan la partida y que van siempre kilómetros por delante de nosotros», continúa el citado diplomático. La manera que tiene el Gobierno de Sánchez de confrontar a un vecino que se considera el primer peligro para nuestra integridad no resulta exitosa. España se limita a reaccionar y considera una victoria la ausencia de conflicto mientras que Marruecos actúa y maneja los tiempos.

La situación en las fronteras de Ceuta y Melilla es un ejemplo de esta dinámica endiablada. Rabat decidió de forma unilateral cerrar la aduana comercial de Melilla en 2018, una medida que se amplió a los pasos terrestres por los puestos fronterizos de las dos ciudades autónomas en marzo de 2020 por la covid. No fue hasta 2022 (año de la carta) cuando se firma una reapertura gradual de ambos pasos y la creación de una aduana comercial en Ceuta que hasta entonces no existía.

A día de hoy la realidad es que nada funciona y las declaraciones del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, hablando de «normalidad» y de «algunos problemas técnicos» se han convertido en un chiste desde que en febrero del año pasado considerara el problema resuelto. Los empresario de Ceuta y Melilla están en pie de guerra y Marruecos, como suele, sigue utilizando el grifo de las ciudades autónomas a su voluntad y como método de presión política. No en vano las fronteras implican un reconocimiento implícito de la soberanía española.

En este nuevo contexto internacional imprevisible y dislocado, las declaraciones el pasado 18 de marzo de un ex consejero del Pentágono sobre ambos enclaves resultan ilustrativas. Michael Rubin, experto en Oriente Medio, instó a Mohamed VI a repetir la Marcha Verde de Hassan II pero esta ven en Ceuta y Melilla.

En sus artículos publicados en los think-tanks Middle East Forum y American Entreprise Institut, Rubin aseguró que «los marroquíes deberían reunirse, enviar bulldozers a la frontera y luego entrar en Ceuta y Melilla desarmados para izar la bandera». Esta (en principio) boutade de Rubin directamente borró a la OTAN de la ecuación, como si ni siquiera se planteara la defensa de las dos ciudades españolas por parte de la Alianza.

La necesidad de que España nivele su relación con el vecino magrebí al tiempo que mantiene la cooperación sigue siendo imperiosa en materia de inmigración y seguridad. Marruecos se toma a España como un asunto central y no como un expediente incómodo ante el que reaccionar para salvar la enésima crisis. No trata de llegar al próximo Consejo de Ministros sino que mira a un horizonte de décadas.




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