Me despierto pensando en gente muerta. A lo largo del día conjeturo, investigo, reconstruyo lo que pudo ocurrir con este hombre o aquella mujer, con los cientos de seres humanos que inspiran los personajes de las novelas que leo y escribo. Mi pensamiento es forense y mi memoria funeraria. Justamente por eso, porque la muerte me propone preguntas, la vida me resulta extraordinaria en sus manifestaciones más elementales: la yema del peral, el viento que mueve las ramas, el acontecimiento de una respiración o el temblor que produce una idea. Esta semana, sin embargo, el mundo se ha manifestado con una fuerza excepcional. El pasado miércoles, el despegue de Artemis II volvió a poner en evidencia esa necesidad de conocer...
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