Crítica de 'Tras el ensayo': Representando el papel de estar vivos ★★★★☆
Autoría: Ingmar Bergman. Versión y dirección: Ernesto Caballero. Interpretación: Emilio Tomé, Elisa Hipólito y Lucía Quintana. Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), Madrid. Hasta el 17 de mayo.
Si es cierto aquello de que casi todos los grandes autores siempre dan vueltas a un mismo asunto, y que vuelven a él precisamente por su repetido fracaso al intentar completarlo y zanjarlo, podría decirse que el gran tema de Ingmar Bergman fue en realidad él mismo. Pero, muy al contrario de lo que ocurre en la cansina e intrascendente autoficción que tanto nos venden ahora, lo que a Bergman le interesaba de su propia persona no era maravillarse contemplando su supuesta originalidad, sino simplemente utilizarse a modo de imperfecto y generalizable dechado de la condición humana; es decir, mostraba de sí mismo, porque tenía acceso a ello de manera sencilla y directa, aquello que era transferible y común al tratar de estudiarnos a todos en conjunto.
Y eso es lo que ocurre en ‘Tras el ensayo’, un telefilm de los años 80 que habla de la relación de un director de teatro con dos mujeres: una es una joven y ambiciosa actriz con la que está trabajando en un montaje de la obra ‘El sueño’ de Strindberg; la otra, ya fallecida y también actriz, es la madre de la anterior y fue su amante en el pasado. A ese rico entramado dramático de Bergman, en el que todos los personajes dejan ver una cara más luminosa y otra mucho más tétrica, el director Ernesto Caballero ha añadido ahora, en esta versión para la escena, algunos interesantísimos ingredientes relacionados con su propia experiencia vital y profesional y también con el propio sentido de la representación, rompiendo a menudo de manera arriesgada y retadora el marco lógico de la supuesta ficción en la que se encuadra la historia. Todo ello hace que el espectáculo acumule un sinfín de capas y adquiera una extraordinaria complejidad formal.
Pero, más allá de su estructura dramatúrgica, que podrá parecer por momentos inverosímil o paradójica -quizá sea ambas cosas de manera deliberada-, la obra es, atendiendo al pensamiento que hay condensado en ella y a la dimensión conceptual de sus personajes, un colorido y estimulante tapiz donde se puede observar la infinita paleta de colores, con tantas tonalidades diferentes, que nos caracteriza como especie. Y esa variedad puede apreciarse y disfrutarse no solo por el propio dispositivo como tal creado por Caballero, sino también, por supuesto, por la formidable labor que cumplen dentro de él los tres actores: Lucía Quintana, que saca a relucir una vez más su proverbial talento y ductilidad; la jovencísima Elisa Hipólito, de la que confieso que poco sabía y a la que habrá que seguir la pista en adelante muy de cerca; y, con un protagonismo un poquito mayor que ellas, Emilio Tomé, sobresaliente en el trabajo más completo y difícil que yo le haya visto.
- Lo mejor: Es una obra con tres personajes llenos de aristas muy bien presentados por el director y muy bien interpretados.
- Lo peor: Quizá algunas capas de metateatralidad puedan confundir al espectador más que aportarle nuevos significados.
