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España no puede cerrar el Estrecho como Irán amenaza con estrangular Ormuz

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El Estrecho de Gibraltar mide 14 kilómetros en su punto más angosto. Un misil Harpoon de las fragatas F-100 cubre esa distancia nueve veces con su alcance. Un Eurofighter desde Morón llega en menos de un cuarto de hora. Sobre el papel, la Armada Española podría sembrar el terror en ese canal.

En la práctica, cerrar Gibraltar a cal y canto es otra cosa. Irán lleva desde los años ochenta preparándose para bloquear Ormuz con minas, minisubmarinos, enjambres de lanchas suicidas y misiles antibuque enterrados en montañas. España nunca ha pensado en Gibraltar como objetivo militar. Y cuando se mira la comparación con frialdad, las cifras son demoledoras.

Las cinco fragatas F-100 clase Álvaro de Bazán son el músculo de la flota. Equipadas con el sistema de combate Aegis y radar SPY-1D, cada una carga ocho misiles antibuque Harpoon, 48 celdas verticales Mk 41 con misiles antiaéreos SM-2 y ESSM, un cañón de 127 mm con alcance de 24 kilómetros y un helicóptero SH-60B embarcado. Las seis fragatas F-80 clase Santa María añaden masa con más Harpoon y SM-1.

Por el aire, los F-18 Hornet portan Harpoon aire-superficie y el crucero Taurus KEPD 350, que da capacidad real de ataque marítimo a distancia. El buque de proyección Juan Carlos I, un portaaeronaves ligero de 27.000 toneladas, puede operar hasta 12 Harrier y una docena de helicópteros.

Suena contundente. Lo es, para una operación corta. Pero las lagunas son profundas y se notan en cuanto uno busca capacidad de denegación sostenida. España no posee baterías costeras de misiles antibuque: toda su potencia antibuque reside en buques y aviones, plataformas vulnerables a la atrición y dependientes de reaprovisionamiento constante.

No tiene capacidad ofensiva de minado naval. Los seis cazaminas clase Segura son defensivos, pensados para limpiar minas, no para sembrarlas. Con un solo submarino S-80 operativo (el Isaac Peral, S-81, que completó su primer despliegue OTAN en noviembre de 2025) y el veterano Galerna S-71, la cobertura submarina no da para vigilancia continua de un estrecho que nunca duerme. La retirada de los P-3 Orion en 2022 dejó un vacío en patrulla marítima armada que no se cerrará hasta que entren los C-295 MPA, con entregas previstas entre 2026 y 2031.

¿Podría la Armada hacer peligroso el paso durante unos días? Sí, y mucho. ¿Podría mantener el bloqueo más allá de dos o tres semanas sin agotamiento de municiones, sin ciclos de mantenimiento y con solo dos buques de reaprovisionamiento? No.

España tiene una ventaja que ningún otro país ribereño de un estrecho internacional posee: controla posiciones en ambas orillas. Ceuta, con sus 18,5 kilómetros cuadrados en la costa africana, se sitúa a 14 kilómetros de Tarifa.

En teoría, eso permite fuegos cruzados sobre el canal. La base naval de Rota, a 50 kilómetros del estrecho, alberga el Cuartel General de la Flota y toda la Fuerza de Acción Naval.

Ahora bien, esas mismas posiciones crean una paradoja letal en un escenario de bloqueo unilateral. Ceuta depende completamente del suministro marítimo desde la península. Rodeada de territorio marroquí, quedaría aislada al primer disparo.

Y Rota alberga la mayor instalación militar combinada hispano-estadounidense de Europa: entre cinco y seis destructores Aegis clase Arleigh Burke del escudo antimisiles, unos 3.000 militares norteamericanos y las mayores instalaciones de armas y combustible del continente bajo un mismo perímetro. La potencia que intenta cerrar el estrecho tendría, literalmente dentro de su propia base, a la fuerza mejor posicionada del mundo para obligarla a abrirlo.

Al otro lado del agua, Marruecos opera una fragata FREMM francesa y su megapuerto de Tangier Med muere económicamente si el estrecho se cierra. El Reino Unido mantiene Gibraltar con una base naval capaz de acoger submarinos nucleares. Tres actores hostiles operarían dentro o junto al estrecho desde el minuto uno.ç

Una máquina para cerrar

La comparación con Irán no lo es tanto como una autopsia de la diferencia entre una fuerza diseñada para la denegación de un estrecho y otra que no lo está. Teherán ha levantado todo su aparato naval en torno a una sola misión: que el coste de forzar el paso por Ormuz sea inaceptable para cualquier adversario, incluido Estados Unidos. España, por su parte, lo que busca es tener un ejército centrado en su defensa, con una proyección limitada pensada en aportar valor a las alianzas que conforma con otros países más que en ser realmente autónomo.

La Armada del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGCN) opera entre 1.500 y 3.000 lanchas rápidas armadas con misiles, cohetes y minas, capaces de alcanzar 50-70 nudos y diseñadas para ataques en enjambre desde múltiples direcciones simultáneas. Irán acumula un inventario estimado de 5.000 a 6.000 minas navales de todos los tipos: contacto, influencia, inteligentes. Es el cuarto mayor arsenal de minas del mundo. Sus misiles antibuque costeros despliegan una diversidad sin equivalente occidental: el Noor (derivado del C-802 chino, 120-170 km de alcance), el Qader (200-300 km), el Raad (350 km) y el crucero Abu Mahdi (más de 1.000 km).

A eso se suman los balísticos antibuque Khalij Fars (300 km, velocidad terminal Mach 3-5) y el Zolfaghar Basir (700 km con buscador óptico). Todo se lanza desde plataformas móviles y desde redes de túneles subterráneos excavados en la costa montañosa iraní, prácticamente invulnerables al ataque aéreo convencional.

La flota submarina comprende unos 28-30 buques: tres Kilo rusos de 3.000 toneladas, tres Fateh de 600 toneladas con capacidad de lanzamiento submarino de misiles antibuque y aproximadamente 20 minisubmarinos Ghadir de 120 toneladas optimizados para aguas someras, capaces de operar en fondos de apenas 30 metros y prácticamente indetectables cuando reposan en el lecho marino.

Los números, puestos uno junto al otro, hablan solos. Centenares de misiles antibuque costeros iraníes de seis tipos distintos (con alcances de 120 a más de 1.000 kilómetros) frente a cero baterías terrestres españolas. Entre 5.000 y 6.000 minas navales frente a un inventario que, siendo generosos, se puede calificar de testimonial. Entre 1.500 y 3.000 lanchas rápidas de ataque frente a ninguna comparable.

Veintiocho a treinta submarinos frente a dos. Miles de drones de ataque marítimo tipo Shahed-136 frente a ninguno operativo. Una red extensa de bases subterráneas frente a ninguna. No es que la balanza se incline hacia un lado: es que solo hay peso en un platillo.

También hay diferencias geológicas. Ormuz mide 39 kilómetros en su parte más estrecha (más del doble que Gibraltar), pero sus canales de navegación quedan comprimidos en apenas 10 kilómetros de anchura útil, con fondos de 60 a 100 metros: condiciones perfectas para el minado naval. Las islas iraníes de Qeshm, Hormuz y Larak se sitúan dentro o junto a las rutas marítimas y proporcionan posiciones de emboscada inigualables. Irán puede minar Ormuz en horas con lanchas disfrazadas de pesqueros.

El punto clave

La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), que España ratificó es tajante. El artículo 38 establece que todos los buques y aeronaves gozan del derecho de paso en tránsito, «que no será obstaculizado».

El artículo 44 va más lejos: los Estados ribereños no solo no pueden entorpecer el paso, sino que «no habrá suspensión alguna del paso en tránsito». A diferencia del paso inocente por el mar territorial, que el Estado costero puede suspender temporalmente, el paso en tránsito por estrechos internacionales es un derecho absoluto, incluso en tiempo de guerra entre terceros.

Hay un precedente que debería hacer reflexionar a cualquiera que esté bregado en materia de derecho internacional: el cierre del Estrecho de Tirán por Egipto el 22 de mayo de 1967. Israel lo había declarado previamente como casus belli. Dos semanas después lanzó un ataque preventivo.

La Resolución 242 del Consejo de Seguridad reafirmó la libertad de navegación por aguas internacionales. Un cierre español de Gibraltar sería legalmente equivalente o peor, porque el régimen de paso en tránsito (el que rige en Gibraltar) es más robusto que el paso inocente que se discutía entonces en Tirán.

España estaría oponiéndose a buena parte del mundo libre en esta jugada, pero es cierto que podría servir para negociar o para ejercer una cierta coerción en las relaciones internacionales. España no es consciente de ello, pero se encuentra en un lugar privilegiado del mundo, y de Europa.

Por el Estrecho de Gibraltar transitan unos 110.000 buques al año, alrededor de 300 diarios, con un valor estimado del comercio que supera el billón de euros anuales. El flujo incluye 3,3 millones de barriles de petróleo al día (el 20% de las importaciones europeas), GNL argelino que abastece a la UE y un volumen masivo de contenedores a través de los puertos de Algeciras y Tangier Med. Gibraltar es un punto de estrangulamiento duro: no existe ruta marítima alternativa al Mediterráneo occidental.

La única opción sería circunnavegar África por el Cabo de Buena Esperanza, añadiendo entre 15 y 25 días y entre 6.000 y 8.000 millas náuticas a cada viaje.

Ormuz mueve más energía en términos absolutos (20 millones de barriles de petróleo diarios, más del 20% del GNL mundial), pero cuenta con alternativas parciales: los oleoductos saudíes y emiratíes pueden redirigir parte del flujo. Gibraltar, no. Si se cierra, se cierra, y con él se aísla parcialmente del Atlántico a Italia, Grecia, Francia meridional, Turquía y todo el norte de África.

Quizá lo más relevante de este análisis no sean las fragatas ni las minas, sino la posición geopolítica. Irán puede amenazar con cerrar Ormuz porque es un Estado fuera del sistema occidental de alianzas, enfrentado directamente a EE UU y sus socios del Golfo. España intentaría cerrar Gibraltar siendo miembro de la OTAN, de la UE, signataria de la CONVEMAR, anfitriona de bases militares norteamericanas y vecina de un Reino Unido que lleva cuatro siglos defendiendo Gibraltar.




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