Добавить новость
ru24.net
World News
Апрель
2026
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30

Deadwood: la ciudad más salvaje de todo el salvaje del Oeste

0

Hay ciudades que nacen con vocación de permanencia. Y hay otras que parecen diseñadas para arder. Deadwood, en las Black Hills de Dakota del Sur, pertenece a esta categoría. Un estallido que se escribe con tinta de codicia, fango y crimen que solo duró tres eternos años –de 1876 a 1879– pero su desmedida huella se ha mantenido en la iconografía estadounidense.

En «Deadwood. Oro, revólveres y whisky en el salvaje Oeste», el historiador Peter Cozzens intenta, documentadamente, derribar esa imagen asentada durante décadas de novelas baratas, relatos fronterizos y, recientemente, en la ficción de plataformas. Lo aborda con una estrategia clara: sustituir el mito por acumulación de detalle. Donde otros ofrecen épica, él ofrece método; donde algunos ven héroes, él describe seres cansados, enfermos, malolientes..., el resultado es una narración que más que explicarnos el Oeste, le quita las capas de romanticismo a los grandes hits.

Deadwood fue, desde el mismo momento en que nació, un error, un delito, un espacio ilegal

La ciudad que nació como un error,Deadwood, fue, desde su inicio, un delito. Un espacio ilegal. No es que resultase solo una ciudad peligrosa sino una urbe que, jurídicamente, no tenía derecho a existir pues se edificó en territorio lakota (un pueblo indígena de las Grandes Llanuras de Norteamérica, perteneciente a la nación sioux) protegido por tratados federales. Sin ningún paliativo, una invasión en toda regla. Pero el oro introduce una lógica diferente. O, más bien, anula el resto.

A finales de 1874, la expedición de Custer confirmó la presencia de oro en las Black Hills. Lo que vino después fue una migración sin límites, casi febril. Hombres sin patrimonios, veteranos de guerra, aventureros, forajidos, comerciantes: todos confluyeron en el mismo lugar y con una misma expectativa. Buscar la fácil riqueza. En pocas semanas, un valle exuberante se transformó en una ciudad improvisada, malhecha. Se erigieron decenas de edificios que en meses se convirtieron en cientos. Sin planificación, ni lógico urbanismo, carentes de autoridad alguna. Con solo la urgencia por bandera.

No tenía derecho a existir porque se edificó en territorio lakota, protegido por tratados federales

Esa premura se percibe en las descripciones del propio libro: casas construidas con madera húmeda, calles convertidas en barrizales, basuras amontonada por doquier. Un ojo anónimo relataba que no había «nada agradable, hogareño o deseable» en Deadwood. No obstante, la afluencia de gente no cesaba. Uno de los aspectos más impactantes del libro es la sensación, casi epidérmica, de aceleración histórica. El autor incide en que los acontecimientos se suceden a una velocidad que raya lo imposible, lo absurdo. A mitad de lectura, el lector tiene la impresión de estar atajando décadas, cuando apenas ha transcurrido meses..., que pudieran ser siglos.

Riquezas y leyes

Se levantan negocios, se desmantelan fortunas, se cometen crímenes, se celebran elecciones improvisadas, se instituyen normas que únicamente duran semanas. Todo ello con una intensidad casi comprimida, como si de una veloz película de John Woo se tratara. A diferencia de otras economías más abstractas, en Deadwood el dinero se palpa, se manosea. Es polvo de oro y se pesa en básculas calibradas, se atesora en saquitos y luego se apuesta sobre las mesas. Ese detalle figuradamente menor genera una economía peculiar. El valor es palpable, pero también inestable. Se puede perder en una noche, robar en un descuido, falsificar con cierta facilidad. La riqueza no se acumula tanto como circula violentamente.

Las anécdotas abundan: jugadores que se arruinan en poco tiempo, comerciantes que duplican y triplican precios, mineros que pasan de la miseria a la abundancia en pocas jornadas. Uno de ellos llegó a abandonar el nefasto lugar, Deadwood, con media tonelada de oro; otro vendió su concesión por una miseria sin saber en realidad que contenía uno de los mayores filones del codiciado metal amarillo. También conocemos a los grandes nombres. George Hearst aparece como figura clave en la transición del caos a la explotación metodológica, pues su llegada marca el inicio de una nueva etapa: la industrialización de la codicia.

Wild Bill y el final del mito

El asesinato de Wild Bill Hickok es probablemente el episodio más célebre, y Cozzens lo utiliza como insignia. Ya no es el pistolero invencible de las ficciones. Está cansado, bebe en exceso y su vida se va por la borda. Cuando entra en el salón, el célebre 2 de agosto de 1876, no es un héroe, sino un hombre en decadencia. El detalle del asiento es revelador. No consigue sentarse de frente a la puerta, como era su hábito. Se resigna…, posiblemente se entrega. Tres horas después, un joven le dispara a traición, por la espalda.

La vida en Deadwood era muy cruel, con enfermedades, violencia, adicciones y muerte

La escena desmonta la narrativa clásica del duelo cinematográfico. No hay enfrentamiento equitativo. No hay honor. Solo azar, felonía y resentimiento. Ese es, en cierto modo, el Oeste real que describe Cozzens: un lugar donde la violencia no es épica, sino maldita cotidianeidad. El mismo sitio donde el consumo –de muerte o de dinero- es desbordado. Alcohol, juego, sexo a mansalva. En su apogeo, contaba con más de cien saloons donde el ocio no era un pasatiempo para los buscadores, sino el epicentro de casi todo.

Al Swearingen emerge como figura paradigmática. Dueño de un saloon y burdel, representa la dimensión más brutal del capitalismo de frontera. Controla, explota, manipula. Su negocio atañe al dinero y, por ende, a los hombres. Por ese motivo las prostitutas, en ese contexto, son piezas clave en ese damero…, pero también sus principales víctimas. Cozzens no suaviza su escenario: enfermedades, violencia, adicción, muerte prematura... La vida en Deadwood era muy, pero que muy cruel para ellas. Calamity Jane aparece en el libro como un personaje rebosado, contradictorio y muy trágico. No es la heroína que dice el folklore, sino una mujer atrapada en el sistema que la convierte en mito. Un verdadero horror.

El autor dedica muchas páginas a lo que podría parecer poco importante, pero lo es, como saber el modo en que se transportan los bienes, la forma en que se construyen los edificios, o la organización del trabajo. Ahí reside una de las claves del texto. La historia no se narra solo a través de grandes nombres, sino de detalles precisos. El descenso al detalle es lo importante. Caravanas de mulas recorriendo cientos de kilómetros, carros tirados por bueyes avanzando durante semanas. Conductores –los bullwackers– que se convierten en figuras legendarias. Uno de ellos, una mujer, rompe todos los techos de cristal de la época. Son escenas que devuelven veracidad al mito.

Sin ley formal, Deadwood desarrolló modos peregrinos de organización. Comités, acuerdos, figuras de autoridad informal…, humo que pasa y mancha. El sheriff Seth Bullock es un ejemplo. Su poder no proviene de la legalidad, pero sí de una reputación labrada. Aplica la ley, pero también la interpreta a su vez. Aquel sistema funciona mientras exista un equilibrio, pero este es tan frágil como lo es el cristal. Depende de la cooperación voluntaria. Y, sobre todo, de que la codicia no rebose la convivencia, y la rompa en mil pedazos. Y el 26 de septiembre de 1879, ese equilibrio se quebró de forma literal. Un incendio arrasa la ciudad donde más de trescientos edificios desaparecen. La causa parece banal pero las condiciones que provocaron el desastre son orgánicas: falta de infraestructuras, ausencia de planificación, prioridad imperiosa del beneficio. Deadwood había evitado invertir en seguridad, por ese motivo, cuando llega el fuego la defensa era imposible. El incendio se erige como un punto y final simbólico. No solo destruye la ciudad física, sino el experimento que personificaba.

El libro como experiencia

Leer a Cozzens es abrumador. Su acumulación de nombres, episodios y detalles sobrepasa y maravilla a la vez. Pero ahí reside su fuerza oculta. «Deadwood» surge como un espacio caótico, inabarcable. El libro es un espejo de su contenido. Es una superposición de historias… Las hay anecdóticas y estructurales. Pero aunque el lector no pueda absorber todo, retiene el mosaico. Más allá del mito, Deadwood ha sido interpretada y reinterpretada. Novelas del Oeste –como las que devoraba mi abuelo y cambiaba en el quiosco–, cómic, cine, televisión… Cada versión añade una muesca en el imaginario. Pero Cozzens hace el camino inverso: nos abre los ojos y busca la ciudad verdadera detrás de la épica del relato. Y lo que encuentra no es menos fascinante, pero sí más perturbador.




Moscow.media
Частные объявления сегодня





Rss.plus
















Музыкальные новости




























Спорт в России и мире

Новости спорта


Новости тенниса