Keiko Fujimori: entre la soberbia y la pereza, por Jorge Bruce
Lo único certero que nos han dejado hasta el momento estas agitadas elecciones es que la candidata Fujimori estará en la segunda vuelta. Lo cual supone para ella un dilema hamletiano, que Heduardo ha caricaturizado con claridad este domingo en La República: la hija del dictador se sujeta la barbilla en la clásica pose del pensador y conjetura: Uy… la segunda vuelta, qué nervios. ¿Gobernaré al Perú desde el Palacio de Gobierno o seguiré gobernando desde el Congreso?
Eso en caso de que gane la segunda vuelta, lo cual no es seguro. Lo que se puede asegurar es que se debe estar preguntando qué prefiere o le conviene. En caso de ganar, tendría que asumir las múltiples obligaciones de la Presidencia de la República. Desde las más cotidianas hasta las más relevantes. Esto supone un esfuerzo gigantesco, en caso se lo tome con responsabilidad. Pedro Castillo, cuando recién se sentó en el sillón presidencial, tuvo la imprudencia de afirmar que era muy fácil gobernar. Ya sabemos cómo terminó ese desplante. El Fundo Barbadillo es hoy un centro de meditación.
La ventaja nada desdeñable de ganar la segunda vuelta es la de curar la herida narcisística de haber perdido tres elecciones sucesivas. ¿El Perú bien vale una misa? Difícil ponerse en sus zapatos. Caminar por la sombra, como lo viene haciendo desde hace años, parece acomodarse a su temperamento. Pero no le borra el estigma de la eterna perdedora, que Betsy Chávez inmortalizó con la imagen vencedora del panetón Tottus (es decir, más barato que, por ejemplo, el de Wong).
Presumo que sus asesores más cercanos le aconsejarán intentar ganar la Presidencia. A pesar de ser más laborioso, otorga mayor poder y evita el trajín de tener que estar monitoreando al ganador de las elecciones, sea Sánchez o López Aliaga. Además, le ahorra el trance inevitable de decidir en qué momento le baja el dedo a quien ocupe el cargo en la Plaza de Armas de Lima. Con las consecuencias, no del todo previsibles, de soltar los perros de la guerra.
Otro punto a considerar es que la Presidencia es un blanco más visible que gobernar, como lo viene haciendo, desde el Congreso. En este caso, desde el Senado, el lugar donde se concentraría el poder en los próximos años. Así llegamos a otro punto nada desdeñable en estas especulaciones: la corrupción. Desde la Presidencia podría ser más fácil liderar las actividades oscuras que hemos constatado estos años. No en balde, a los partidos que integraban esa coalición se les denominó el Pacto Corrupto. Pero también sería más evidente. Tener los reflectores apuntados todo el tiempo puede ser una complicación. Salir de la sombra tiene sus contraindicaciones. Todos los malhechores lo saben.
El dilema que nos muestra Heduardo en su caricatura se puede resumir en términos de la liturgia cristiana. Keiko Fujimori se encuentra entre dos pecados capitales: la soberbia y la pereza. Ninguna de estas dos opciones es buena consejera. Sería ideal que, en vez de estar hablando de dos males, tuviéramos una candidata que se enfrenta a dos desafíos virtuosos. Pero entonces no estaríamos en el Perú. No por lo menos en el de estos últimos años. Lo ideal no es peruano. O por lo menos no se condice con la política peruana.
Lo cual nos lleva a recordar que lo que realmente importa es a qué nos enfrentamos los peruanos, no una candidata o candidato. La buena noticia la trae, en la misma edición de La República, otro caricaturista excepcional. Carlín nos muestra la caída en desgracia de una serie de congresistas y jefes de partidos que no pasaron la valla. Una victoria considerable para la campaña #PorEstosNo. A lo cual se suma el ingreso a la cámara de diputados y el Senado de una serie de personas que, a pesar de todo lo que hicieron los partidos del Pacto para impedirlo, lograron mejorar la calidad de nuestros representantes. Se diría que el nivel era paupérrimo, pero las dificultades que les pusieron para lograrlo eran considerables.
Pese a lo cual, es probable que tengamos un mejor Congreso que antes. Esto hay que agradecerlo a quienes optaron por participar, en un acto de civismo que requiere no solo ambición, sino espíritu de lucha. Pero también a personas como Rosa María Palacios, que lideró esta campaña para limpiar los establos de Augías (una de las tareas de Hércules), con admirable tenacidad y lucidez. Su tenaz pedagogía, que no ha cesado, es digna de encomio y agradecimiento.
Este resultado debería fortalecer a quienes pensamos que no todo está perdido. Las frases violentas y procaces del candidato López Aliaga, en realidad le hacen un favor a la ciudadanía. Solo un candidato blanco, favorecido por ciertos sectores de los poderes fácticos peruanos, se puede permitir semejantes desvaríos sin tener que asumir las consecuencias de su desborde. El racismo y el clasismo, como siempre cuando las tensiones están en su punto álgido, emergen con toda su crudeza y carencia de elaboración. López Aliaga es su vocero más desaforado, pero sus vociferaciones fálico-anales no deben ser tomadas a la ligera. Las regurgita desde su inconsciente, pero puede hacerlo sin consecuencias debido al privilegio.
Sánchez se ha mostrado mucho más prudente, pero no acude a la cita con una hoja en blanco como Castillo. Su prontuario como aliado de Vladimir Cerrón y Antauro Humala, como miembro del Pacto Corrupto, no son —es un eufemismo— la mejor carta de presentación. El verdadero dilema es el de todos los peruanos. Una vez más, tendremos que elegir entre dos males. Y seguir dando la pelea.
