Empezó tarde. Como empiezan las cosas importantes. Con retraso, humo imaginario en el ambiente y un leve perfume a desastre que siempre es promesa de literatura. La Lonja del Matadero, ese lugar donde antes mandaban las raspas y los silencios húmedos, había cambiado el olor del pescado por el de la pólvora. No es metáfora. Era el cine y la poesía de Luis Alberto de Cuenca . Allí estaba Julio Ruiz, envejeciendo con dignidad sobre una silla que parecía llevar esperándole desde los tiempos en que la radio tenía misterio. Aguardaba a los maeses como quien espera a los forajidos. Sin moverse, pero sabiendo que la historia no empieza hasta que alguien entra disparando. Las paredes hablaban. No con palabras,...
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