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Lo que España debe aprender de Bélgica: pagar indefinidamente a alguien para que no trabaje provoca el "fenómeno milagroso" de que no trabaje

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Durante años, Bélgica ha sido una especie de parque temático del desempleo indefinido pues uno podía perder el trabajo y permanecer protegido por una prestación sin límite temporal. Ahora han descubierto lo que los economistas llevan décadas gritando, que pagar indefinidamente a alguien, para que no trabaje, produce un fenómeno milagroso, que no trabaja.

Se trataba de una rareza europea que ahora el propio país ha decidido corregir, limitando la prestación por desempleo a un máximo de 24 meses. No lo dice ningún peligroso liberal con calculadora en mano, sino el propio sistema belga, que ha entendido tarde, pero ha entendido, que la solidaridad sin horizonte puede terminar pareciéndose demasiado a una invitación a no moverse. No es ideología, es álgebra, pero muchos políticos no quieren ver las matemáticas porque es más cómodo y electoralmente rentable, hablar de dignidad, derechos y cohesión social mientras ocultan que un sistema que desincentiva el trabajo no ayuda a los pobres, sino que los conserva y los hace dependientes del Estado. Hasta los sindicatos belgas, que casi nunca luchan por los desempleados, ahora se han puesto en pie de guerra para frenar la medida.

Son numerosas las teorías económicas que explican que cualquier mercado responde a incentivos y si el incentivo a trabajar desaparece, el trabajo desaparece con él. La teoría del riesgo moral muestra que, cuando una persona queda protegida frente a las consecuencias de una decisión, puede modificar su comportamiento y permanecer inactiva con entusiasmo y sin culpa, no porque sea un vago sino porque es racional. La teoría del salario de reserva añade otro matiz pues si las ayudas elevan demasiado el nivel mínimo aceptable para trabajar, muchos empleos dejan de parecer empleos y empiezan a parecer una mala oferta. Y la llamada trampa del desempleo completa el cuadro ya que cuando aceptar un puesto apenas mejora la renta disponible, trabajar se convierte en una extravagancia moral, no en una decisión económica racional. Milton Friedman hablaba de la trampa de la pobreza al afirmar que cuanto más te ayuda el sistema, más te cuesta salir de él.

En España, cada vez más a la vanguardia de lo contraintuitivo, estamos perfeccionado el modelo pues no solo tenemos prestaciones por desempleo que me parecen necesarias, sino que hemos construido un ecosistema de ayudas tales como el ingreso mínimo vital, prestaciones autonómicas, locales, subsidios específicos, bonos sociales, pensiones no contributivas, rentas de inserción, bonificaciones y otras prebendas que, en muchos casos, pueden superar el SMI. Se trata de un sistema muy fragmentado, con poca coordinación entre niveles administrativos y escasos mecanismos que incentiven la transición hacia el empleo. Aun así, se sigue debatiendo si las ayudas existentes son suficientes mientras que la deuda pública crece de forma imparable, al igual que el esfuerzo fiscal de los ciudadanos.

España debería mirarse en el espejo belga antes de descubrir, con la habitual sorpresa administrativa, que pagar por no trabajar puede producir menos trabajo y el problema no es ayudar pues una sociedad decente debe proteger a quien cae. El problema es convertir la red de seguridad en una hamaca, especialmente cuando quien madruga, cotiza y paga impuestos descubre que su premio por trabajar es llegar agotado a fin de mes mientras otros reciben un paquete de ayudas que, acumuladas, pueden acercarse demasiado al salario de entrada al mercado laboral.

Y aquí la ironía se vuelve cruel ya que luego nos preguntamos por qué faltan camareros, cuidadores, mozos de almacén o trabajadores para determinados servicios. Tal vez no sea un misterio sociológico, sino simplemente economía básica pues si el Estado paga razonablemente por no trabajar y el mercado paga poco por hacerlo, no hace falta un doctorado para adivinar qué opción elegirá mucha gente.

Así pues, podemos afirmar que cuándo el Estado paga demasiado por no trabajar y deja poco para el que trabaja, no está combatiendo el desempleo, sino que lo está administrando con cargo al contribuyente ya que un país que convierte las ayudas en un destino, no está protegiendo a los vulnerables, sino que está fabricando dependencia con el dinero de quienes madrugan.




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