La poeta surrealista que pudo ser la Maga de ‘Rayuela’ en la vida real y su obra fue una de las más singulares de la poesía en español del siglo XX
Tras su primer intento de suicidio, Julio Cortázar le escribió en una carta: “No te quiero así, yo te quiero viva”
De la tragedia personal a un legado que marcó generaciones: la poeta que cambió la mirada sobre la salud mental
El 29 de abril, de hace 90 años, nació una voz poética radicalmente personal, con una obra que se centró en explorar el lenguaje como un territorio íntimo, una poeta que es considerada “la última surrealista” e incluso se llegó a considerar la influencia detrás de la Maga de Rayuela. Hablamos de Alejandra Pizarnik, una escritora y traductora que dejó una de las vidas más interesantes de la literatura más asombrosas del siglo XX en español.
Pizarnik dejó durante sus 36 años de vida un total de siete poemarios, un diario, relatos cortos, obra de teatro, una novela breve y también extensa correspondencia, algunas con nombres relevantes de la cultura como Julio Cortazar, Rosa Chacel y Octavio Paz en su etapa en París.
El exilio como condición existencial
La biografía de Alejandra Pizarnik quedó marcada desde su propio nacimiento, en Buenos Aires, Argentina, el 29 de abril de 1936 como hija de dos inmigrantes judíos procedentes de Ucrania, Elías Pozharnik y Rejzla Bromiker, que cambiaron incluso sus apellidos cuando llegaron al país sudamericano escapando de la Segunda Guerra Mundial, en la que sus familiares que se quedaron en Europa fueron víctimas del Holocausto.
Durante su infancia tuvo una complicada relación con su hermana mayor Myriam, que era vista como la hija perfecta en contraposición con la niña de físico frágil, con asma y tartamudez como era Alejandra. Esto la hizo sentirse pronto fuera de lugar, sobre todo por las comparaciones con su hermana y también por sentirse extranjera en Argentina, lo que la llevó a desarrollar un carácter inestable y subversivo.
El surrealismo entra en escena
Pronto tuvo un papel relevante la literatura en su vida, entrando pronto en las obras de filósofos como Proust, Joyce, Baudelaire o Rimbaud, bebiendo pronto del surrealismo. Así, se matriculó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, lo que combinó con estudios de periodismo, profesión que dejaría para priorizar su carrera artística. Durante su etapa de estudiante fue relevante Juan Jacobo Bajarlía, catedrático de Literatura moderna, que le presentaría a su primer editor, Arturo Cuadrado y también a los primeros surrealistas que entrarían en su trayectoria como fue el pintor Juan Batlle Planas.
La formación con Planas hizo que el surrealismo quedará para siempre en su obra y estilo, pero fue ya en esta etapa temprana cuando sufrió un aprisionamiento somático, que curó con terapia de psicoanálisis, aunque fue entonces cuando publicó su primer libro, La última inocencia, en 1956. Este hecho hizo que indagara más en su inconsciente como un elemento más, dentro de otros temas que también trató en sus obras como la muerte, la extranjería o la nostalgia de la infancia.
Su etapa en París y sus complicados últimos años
Fue a los 24 años, en 1960, cuando Alejandra Pizarnik tomó una decisión que sería trascendental en su vida y su obra como cuando pasó un período en París, como refugio literario y también emocional. Allí trabajó en la revista Cuadernos, publicó poemas y críticas en prensa, pero también tradujo a autores como Marguerite Duras.
Durante este tiempo, estudió Literatura Francesa e Historia de la Religión en la Sorbona y conoció a escritores que se convirtieron en amigos como Julio Cortázar, Octavio Paz y Rosa Chacel. Con el primero coincidió durante el momento que finalizaba Rayuela, lo que llevó a Pizarnik a decir que ella era la Maga, y con Paz redactó el prólogo de Árbol de Diana.
Cuando la poeta volvió a Buenos Aires lo hizo como una poeta más madura y esto le llevó a publicar varias obras, como fueron Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971) con marcado tinte surrealista. El fallecimiento de su padre en 1967 marcó un punto de inflexión, pues su obra se tornó más oscura su obra literaria, viviendo también entonces crisis de depresión y ansiedad.
A pesar de todo ello, durante este tiempo Alejandra Pizarnik obtuvo reconocimiento por su talento y calidad, pero su salud mental la llevó a clausurarse cada vez más y llevar a cabo su primer intento de suicidio en 1970. Entonces, Julio Cortázar le llegó a escribir en una carta: “No te quiero así, yo te quiero viva”. Ingresó en el Hospital psiquiátrico de Buenos Aires, pero a pesar de ello en septiembre de 1972 a los 36 años se quitó la vida en su habitación de la capital argentina.
