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Апрель
2026

Mónica contra Mónica

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Mónica García que se ha destacado por participar e impulsar la marea blanca contra Ayuso, ¿qué pensara cuando la marea blanca se manifiesta contra ella?

¿Tendrá el impulso de ponerse la bata blanca por inercia y salir a pedir la dimisión de ella misma? Oír a los manifestantes “este estatuto lo vamos a parar” y no corearlo, o, quien sabe, a lo mejor entona por lo bajini “Mónica dimisión”, ya que la incoherencia no desaparece con la moqueta.

Cuando además de Mónica, médico y madre, eres manifestante y se celebra una manifestación tiene que ser una experiencia casi introspectiva: protestar y gobernar al mismo tiempo, señalar y ser señalada, encabezar la pancarta y descubrir que, esta vez, la pancarta va contra ti.

Lo que estamos viendo no es una anécdota, es un cambio de papel que deja al descubierto todas las costuras. Es la metamorfosis de Mónica García contra Mónica García.

No es lo mismo agitar la calle que gestionar un ministerio. Y en ese tránsito, la ministra de Sanidad ha ido acumulando más problemas que soluciones: conflictos abiertos con las comunidades autónomas, tensión creciente con los profesionales sanitarios, anuncios que se quedan en titulares y reformas -como el propio estatuto marco- que nacen ya contestadas por quienes deberían aplicarlas.

Gobernar no consiste en estar siempre del lado de la protesta, sino en ser capaz de ofrecer certezas.

Por eso su salto a las primarias de Más Madrid no suena a ambición política, sino a retirada ordenada, con participación y voto ordenado para que solo voten los obedientes.

Un proceso interno, controlado, sin riesgo. Justo lo contrario de esa épica participativa que tanto se reivindica cuando se hablaba de “la gente” en Más Madrid.

Al final, todo encaja demasiado bien. Una gestión discutida, un desgaste evidente y una candidatura diseñada para minimizar sobresaltos.

Cuando se reduce quién puede votar, normalmente no es por convicción democrática, sino por necesidad política. Y cuando quien hacía de la protesta su bandera acaba siendo el objeto de esa misma protesta, lo que queda no es la coherencia, sino el reflejo incómodo de lo que nunca llegó a ser gestión.

Quizá el problema no es que ahora tenga que escuchar los cánticos desde el otro lado, sino que, por primera vez, ya no puede sumarse a ellos sin explicar por qué ahora van dirigidos contra ella.

La transformación es completa. De liderar la marea a intentar contenerla, de señalar al poder a ejercerlo sin red, de exigir dimisiones a tener que dar explicaciones.

La Mónica García que encontraba en la calle su fuerza se ha convertido en la ministra que mide el desgaste en cada consigna que antes habría coreado sin dudar.

La verdadera metamorfosis no está en el cambio de cargo, sino en el cambio de espejo.

Antes miraba a la Puerta del Sol para interpelar a Ayuso; ahora está en el Gobierno, siendo señalada por la calle.

A juzgar por el ruido de esas protestas, cada vez queda menos de aquella Mónica García que se sentía cómoda al otro lado de la pancarta.




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