Con la conquista de Dacia (la actual Rumanía) y la campaña parta en Mesopotamia (el Irak de hoy), Roma alcanzó la cumbre de su poder político y militar. Y es precisamente en el corazón de Roma donde aún se alza el monumento que mejor expresa aquella grandeza: la Columna Trajana, en cuya base reposaron las cenizas del emperador tras su muerte. ¿Qué fue de aquellas cenizas? ¿Es cierto, como aseguran algunos textos, que regresaron a Sevilla, a la tierra que lo vio nacer? ¿Qué monumentos conservamos hoy en Sevilla del primer césar hispano? Esta es la historia de la herencia de Trajano: de Roma a Sevilla. Año y medio más tarde de su coronación en el Palatino, en la primavera del 101 d. C., el emperador italicense estaba ya de nuevo en el limes. Trajano nunca había sido hombre de Roma sino de fronteras, y le bastaron unos meses en el Palatino para volver a sentir el tirón del Danubio. Allí lo esperaba un viejo agravio: la paz humillante que Domiciano había firmado con el rey Decébalo, por la que Roma pagaba tributos a un bárbaro. El hispano no estaba dispuesto a tolerarlo. Cruzó el río al frente de casi 150.000 hombres —el mayor ejército romano desde Augusto— y se internó en los montes Cárpatos. La primera guerra dácica (101-102) se decidió en los desfiladeros de Tapae, donde una providencial tormenta —Júpiter Tonante, dijeron las legiones— desbarató la trampa que Decébalo había preparado. Trajano, cuenta la tradición, hizo jirones sus propias vestiduras para vendar a los heridos. Entre ambas guerras, su arquitecto sirio Apolodoro de Damasco levantó sobre el Danubio el puente más largo del mundo conocido: 1.135 metros sostenidos por veinte pilares de mampostería. Casio Dion lo describió como prueba viva de «que no hay nada que el ingenio humano no pueda lograr». Cuando Decébalo violó el tratado, Trajano volvió a cruzarlo en el 105. Sarmizegetusa, la capital dacia, ardió. El rey huyó y se degolló con su propia falx curva antes que entregarse. De su tesoro —oculto en el lecho desviado del río Sargetia y delatado por un traidor llamado Bicilis— los romanos rescataron 165.500 kilos de oro y 331.000 de plata. Con aquel botín Trajano financiaría su Foro y su Columna, y celebraría 123 días de juegos con 10.000 gladiadores y 11.000 fieras. Dacia se convirtió en provincia romana, semilla de la futura Rumanía, «el país de Roma», patria de la que Trajano es el fundador. Aún vendría más. En el 114, ya con sesenta años cumplidos, marchó contra Partia: Armenia, Mesopotamia y Asiria cayeron bajo las águilas. Tomó Ctesifonte y descendió por el Tigris hasta el Golfo Pérsico, único general romano que jamás lo contempló. Allí, viendo zarpar mercantes hacia la India, lloró: ya no tenía «la juventud de Alejandro» para seguirlos. El Imperio había alcanzado su frontera definitiva. Nunca volvería a ser tan grande. Ya con el oro dacio entre las murallas de las siete colinas, Trajano puso a Apolodoro de Damasco —el mismo genio que había tendido el puente sobre el Danubio— al servicio de un proyecto colosal: dotar a Roma del foro más grandioso jamás construido. Para ello hubo que desmontar el collado entre el Capitolio y el Quirinal, vaciando cuarenta metros de roca viva. Sobre aquella explanada de trescientos metros de largo se levantaron, entre el 107 y el 112, una plaza porticada, una basílica de cinco naves —la Basílica Ulpia, llamada así por el gentilicio de la gens Ulpia del emperador, y cuyas columnas, reerigidas hace poco, vuelven a alzarse hoy sobre el foro tras siglos derribadas—, dos bibliotecas (una griega y una latina) y un complejo comercial de seis niveles y ciento cincuenta tiendas: los Mercados de Trajano, considerados el primer «centro comercial» de la historia hoy activo y visitable. Pero la joya, la que aún hoy se alza casi intacta junto a la Piazza Venezia, es la Columna Trajana. Inaugurada el 12 de mayo del año 113, mide cien pies romanos exactos —29,78 metros de fuste— sobre un pedestal de seis. Está formada por diecisiete tambores de mármol de Carrara de cuarenta toneladas cada uno, perforados por una escalera helicoidal de ciento ochenta y cinco peldaños iluminada por cuarenta y tres troneras. Pero lo que la convierte en milagro es el friso que la envuelve: doscientos metros de relieve continuo enrollados en veintitrés espirales con más de dos mil quinientas figuras esculpidas. Es como un pergamino helicoidal y secuencial de la historia, narrando paso a paso las dos guerras dácicas: el cruce del Danubio, la construcción del puente, las arengas, los asedios, el suicidio de Decébalo. Trajano aparece cincuenta y nueve veces, siempre como hombre, nunca como dios. La inscripción del pedestal, sostenida por dos Victorias, lo explica con orgullo lacónico: la columna se levantó ad declarandum quantae altitudinis mons et locus tantis operibus sit egestus, «para mostrar la altura del monte y del lugar destruidos por tan grandes obras». Su trazado epigráfico —la capital cuadrada romana— sigue siendo hoy el patrón por excelencia de la tipografía occidental: la fuente Trajan, omnipresente en cines y carteles, es su descendiente directa. En 1588, Sixto V sustituyó la estatua de bronce dorado del emperador por la de san Pedro que aún la corona. En denarios y sestercios acuñados en Roma entre el 112 y el 115 podemos apreciar aún la silueta del italicense, lanza en mano, coronando sobre el fuste el cielo de la ciudad. A comienzos de agosto del año 117, camino de Roma desde el frente parto, Trajano sintió que el cuerpo le fallaba. Un ictus, según los médicos modernos; los antiguos hablaron de hidropesía. Tuvo que desembarcar en Selinunte de Cilicia, una pequeña ciudad costera de la actual Turquía, y allí expiró el 8 o 9 de agosto, a los 63 años. Su cadáver fue incinerado en Oriente y la urna con sus cenizas viajó por mar hasta Roma acompañada por Plotina, su esposa, y Matidia, su sobrina. El Senado le concedió un privilegio que ningún otro emperador romano disfrutó: contraviniendo la prohibición arcaica de enterrar dentro del pomerium sagrado, sus cenizas, depositadas en una urna de oro, fueron selladas en la pequeña cámara excavada en la base de la Columna Trajana, que se alza, no por casualidad, justo en la línea por donde había corrido la antigua Muralla Serviana, frontera sagrada de la Roma arcaica. Eutropio lo dejó escrito con admiración: solusque omnium intra urbem sepultus est, «el único de todos sepultado dentro de la ciudad». En algún momento de la tardoantigüedad, probablemente durante el saqueo godo del 410 d. C., aquellas cenizas se perdieron para siempre. O quizá no. Cuenta una vieja tradición sevillana, recogida en el siglo XVII por el cronista Diego Ortiz de Zúñiga en sus Annales eclesiásticos y seculares, que la urna —retirada de la Columna cuando Sixto V sustituyó la estatua de Trajano por la de san Pedro en 1588— fue entregada décadas después al III duque de Alcalá, Fernando Afán de Ribera, embajador de Felipe IV en Roma ante Urbano VIII y luego virrey de Nápoles y Sicilia, que la llevó a su palacio sevillano: la Casa de Pilatos. Y allí, según la leyenda, una criada del alcaide quiso robar la urna y, al ver que solo contenía polvo, hizo volar su contenido por un balcón al jardín del palacio. Desde entonces se dice que Trajano vive en cada naranjo de la Casa de Pilatos. El catedrático Vicente Lleó Cañal demostró en 1995 que la urna conservada es una falsificación romana del Seiscientos; pero la propia Fundación Casa Ducal de Medinaceli, custodia hoy del palacio, sigue contando la historia como una «tradición oral apoyada sobre datos históricos». Porque, como dicen los italianos, se non è vero, è ben trovato: si no es verdad, desde luego, la historia es bonita. Pero de la misma forma que uno se puede encontrar con Trajano en Roma también se puede encontrar aquí, en su pequeña patria. En Itálica, el viajero puede aún caminar entre las ruinas del Traianeum, el colosal templo de una hectárea que su sobrino Adriano levantó en honor del divino tío: el único templo octástilo de toda Hispania, visible desde la propia Hispalis y del que hablaremos más adelante. En la Sala Imperial del Museo Arqueológico de Sevilla, hoy en obras, preside la sala elíptica la escultura colosal del Divino Trajano hallada en Itálica en 1788: heroica, desnuda, con el manto cayendo sobre el hombro, como una divinidad nacida en la Bética. También la ciudad de Sevilla posee una calle con el nombre del emperador italicense, paralela a Jesús del Gran Poder y a Amor de Dios. Y en Triana, barrio con posible nomenclátor patronímico del emperador, una escultura de bronce regalada por Rumanía en 1992 lo recuerda como padre fundador del país danubiano. Tras la muerte de Trajano, le sucedería en el trono su sobrino Publio Aelio Adriano, el emperador culto, el «grieguecillo». Pero esa es otra historia que contaremos más adelante.