La primera bebé probeta del mundo: «Mi hijo me pregunta por qué salgo en su libro de ciencias»
Louise Brown (Reino Unido, 1978) cuenta que, a los 14 años, tenía en la cabeza la idea de que «alguien en Australia sabía quién era yo, pero yo no sabía nada de esa persona. Todo el mundo sabía quién era yo, pero yo no sabía quién era nadie». Era el precio de ser la primera «bebé probeta» del mundo, un hito en la historia de la reproducción humana al ser la primera persona concebida mediante fecundación in vitro. Esta británica, que ahora cumple 47 años, atiende a LA RAZÓN en su paso por España para participar en el foro Ebart 2026, organizado por Eugin y considerado uno de los encuentros internacionales más relevantes en medicina reproductiva. Desde ahí, echa la vista atrás para recordar cómo ha sido vivir durante décadas en el centro del foco mediático y analizar la evolución de las nuevas técnicas de fecundación in vitro (FIV): «Sin estos avances y ante unas tasas de natalidad cada vez más bajas, creo que nuestra realidad como sociedad sería bastante preocupante».
Después de tantos años siendo un símbolo, ¿en qué momentos de su vida ha sentido que era más «Louise» que «la primera bebé probeta»?
Fue después de que fallecieran mis padres. Tampoco estaban ya Bob, Patrick ni Jean (sus «padres científicos», en referencia al fisiólogo Robert G. Edwards, premio Nobel de Medicina en 2010; el ginecólogo Patrick Steptoe; y Jean Purdy, quien implantó el embrión). De todas las personas que estaban allí cuando nací, solo seguimos vivos el asistente de Patrick, John Webster, y yo. Entonces pensé que nadie mejor que yo para ser embajadora de la fecundación in vitro (FIV) por todo el mundo. Era mi manera, como Louise, de dar las gracias a esas cinco personas que ya no están entre nosotros, manteniendo su legado y difundiendo su mensaje.
¿Cuándo comprendió por primera vez la importancia del impacto de su nacimiento? ¿Fue algo gradual o hubo un momento concreto?
Cuando empecé el colegio, con cuatro años, mis padres me sentaron y me explicaron que Patrick, Bob y Jean les habían ayudado a concebirme. Incluso me enseñaron el vídeo de mi nacimiento. Lo hicieron porque, al asistir a la escuela, los niños pueden ser bastante crueles y, en aquella época, mi caso era algo muy conocido por todos. Querían que lo entendiera de forma sencilla. Más adelante, al escucharles en entrevistas y, después, cuando la prensa empezó a entrevistarme a mí, fui comprendiendo mejor lo que significaba. En casa no era un tema recurrente; rara vez se hablaba de ello.
¿Cuántos años tenía cuando empezó a hablar con la prensa?
Siempre estaba presente de una forma u otra, pero empecé a hablar probablemente con nueve o diez años. Recuerdo que fui a un programa británico llamado «The Wogan Show», y esa fue la última vez que vi a Patrick Steptoe. Cuando veo esa entrevista ahora me da vergüenza: tenía una vocecita y dije algo así como que pusieron el esperma con el óvulo y luego lo volvieron a introducir en mi madre. Lo vi el otro día y pensé: «Madre mía…».
¿Pero era consciente de por qué la entrevistaban?
Sí, era consciente, aunque otra cosa es entenderlo completamente. Lo supe desde muy pequeña. Recuerdo que, yendo al colegio, nos quedamos atrapadas entre dos fotógrafos. Yo tendría unos cuatro años y medio. Mi madre iba con mi hermana en un carrito grande y difícil de manejar. Había un fotógrafo por un lado y otro por el otro, y nos quedamos en medio. Tuvimos que volver a casa. Nuestro jardín daba al del vecino; salté la valla y mi vecina me llevó al colegio en coche. Si no, no habría ido. Desde pequeña supe que pasaba algo, aunque no lo comprendía del todo.
¿Alguna vez ha sentido que representar un avance científico tan importante era un peso que no eligió llevar?
No, nunca. Siempre he querido hacerlo. Es mi forma de dar las gracias a los médicos y a mis padres.
¿Cree que la conversación pública sobre la reproducción asistida ha madurado?
Sí, sin duda. Hoy se pueden hacer muchas más cosas y hay muchos más avances. Cuando nací, el procedimiento de mi madre era relativamente sencillo, aunque imponía: tenía las trompas de Falopio bloqueadas. Ahora hay muchísimos casos distintos. Ni siquiera intento abarcar todo lo que existe, pero sí sé que hay más opciones, más ayuda y que todo sigue mejorando. No pasa un día sin que surja un avance nuevo. En 1978, ¿quién habría imaginado un trasplante de útero? Vamos en la dirección correcta. Si todo esto ayuda a que la gente pueda tener una familia, adelante.
¿Qué idea equivocada sobre la FIV cree que aún persiste? ¿Siguen existiendo tabúes?
Depende mucho del país. Aún queda camino por recorrer en muchos lugares y hay hombres que siguen teniendo tabúes. Recuerdo que, durante una estancia en Bulgaria, los hombres nunca hablaban de ello. Por suerte, mi visita contribuyó a que el Gobierno financiara la FIV, lo cual fue importante. Poco a poco se avanza. Yo siempre animo a hablar del tema: si lo necesitas y te ayuda a formar una familia, ¿por qué no? No hay que avergonzarse.
¿Cree que, en general, este procedimiento se percibe hoy como algo más aceptable?
Cada vez más, aunque no por igual en todos los países. Influyen la cultura, la religión y las normas sociales. Pero sí, está mucho mejor aceptado que antes.
Si pudiera hablar con los médicos y científicos detrás de su nacimiento en 1978, ¿qué les diría?
Les diría: «Bien hecho por no rendirse». Lo intentaron durante diez años y recibieron muchas críticas. No sé si yo habría tenido esa perseverancia. Así que les diría: bien hecho… y mirad lo que habéis conseguido. Yo fui la primera, pero hoy somos quince millones.
La ciencia avanza hacia la edición genética y técnicas más complejas. ¿Hay alguna línea ética que le preocupe?
No soy científica y no conozco todos los detalles. Mi madre confió en Patrick Steptoe para ayudarla. Creo que lo importante es encontrar un buen médico en quien confiar. No me corresponde decidir qué se puede hacer o no. También depende de las creencias personales y de las normas de cada país. Hay que informarse y tomar decisiones.
¿Ha hablado con sus hijos, Cameron y Aiden, sobre cómo fue concebida y el impacto global de su historia?
Sí. Es curioso: Cameron, que ahora tiene 19 años, llegó un día del colegio y me dijo: «Mamá, ¿por qué estás en mi libro de ciencias?». Y le respondí: «Ya sabes por qué». Lo han ido entendiendo desde pequeños, también porque hubo mucha atención mediática cuando nacieron. Siempre lo hemos hablado con naturalidad y lo han ido asimilando.
