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Trump aviva el miedo a un efecto dominó con la retirada de tropas de Alemania

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Hace unas semanas que el canciller alemán, Friedrich Merz, encendió la mecha de un cambio político-militar en Europa cuyas consecuencias pueden significar la reconfiguración del poder estratégico del continente, establecido tras la Segunda Guerra Mundial.

El líder democristiano dio un paso que pocos políticos alemanes se han atrevido a dar: alzar la voz ante el país que lo ocupó tras el establecimiento del telón de acero, y que ha sido su aliado fundamental durante más de ochenta años. Merz cuestionó la estrategia, la coherencia y la falta de planes en Irán, y calificó la estrategia de EE UU como una «humillación». Es decir, cuestionó directamente el liderazgo de Washington.

La respuesta de la Casa Blanca fue inmediata. El presidente Donald Trump volvió a demostrar que desde que se sentó en el Despacho Oval su liderazgo se basa en la lealtad ciega. De lo contrario, su ira política es capaz de cambiar el orden establecido. Y eso es lo que, según indican los hechos, está comenzando a suceder con el castigo a Berlín por su desplante político. El Pentágono ya ha confirmado la cancelación de varios despliegues militares, así como el inicio de la retirada de 5.000 soldados en un período de 6 a 12 meses. Si el presidente lleva su amenaza hasta las últimas consecuencias, Alemania dejará de ser el centro neurálgico del sistema militar estadounidense en Europa.

Allí están las tres capas críticas del poder de Washington en el continente. Por un lado, los centros de mando y control: el EUCOM (mando europeo) y el muy estratégico AFRICOM (mando para las operaciones en África). Luego, el país de los teutones es clave porque acoge gran parte de la logística militar del Pentágono (almacenes a lo largo y ancho del país, hospitales militares como el de Landstuhl o la infraestructura aérea pesada de Ramstein). Y, finalmente, el suelo alemán ha sido clave para la proyección global del poderío militar estadounidense. Desde Alemania se lanzan operaciones hacia Oriente Medio, África y Europa del Este.

El decrecimiento del número de tropas es también una forma de castigo y presión porque Berlín, al igual que Madrid o Roma, sigue siendo un aliado incómodo y poco dispuesto a cumplir con las exigencias de Donald Trump para con la OTAN. Así, se puede concluir que la retirada ordenada por el magnate es una herramienta política, no militar. Las bases alemanas, las de la Península o las de Italia, no han dejado de ser estratégicas o útiles. Lo que ha cambiado es la narrativa de la Casa Blanca: si no nos apoyan, reducimos nuestra presencia.

España y el efecto dominó

¿La retirada de tropas en Alemania puede tener un efecto dominó en España o Italia? No en tanto que una cadena automática, pero sí como una revisión doctrinal para el desplazamiento del poder hacia nuevos teatros de operaciones. Los 5.000 soldados que abandonarán sus puestos pueden ser el primer paso de una redefinición del vínculo con EE UU, que ya no ve a Europa Occidental como el centro del mundo estratégico estadounidense.

Por su parte, el Pentágono asegura que la retirada no es un abandono, sino una transición de bases permanentes a despliegues rotatorios en el que Alemania pierde peso en favor de Europa del Este y el flanco sur.

Sin embargo, la presión explícita de la Casa Blanca y el lenguaje punitivo y amenazador del presidente parecen apuntar a que la retirada es una forma de castigo, como evidencian sus amenazas a España e Italia por su oposición a la guerra con Irán, entre otras cuestiones.

No obstante, ambos países cuentan con bases que Estados Unidos necesita para ejercer su control sobre el Mediterráneo, que es la única vía directa para la conexión logística con Israel, el aliado que, en los últimos tiempos, parece dictar gran parte de la política exterior de Washington en Oriente Medio.

De esta manera, la amenaza de extender la medida contra las bases españolas o italianas no es tan creíble como la aplicada en Alemania porque, en el caso teutón, Washington está trasladando sus efectivos hacia el Este, sobre todo a Polonia, y hacia el sur europeo. Algo que, aplicado al contexto español, puede ser beneficioso. El magnate neoyorkino puede ladrar sobre recortes y castigos, pero sabe que las necesidades operativas de su Ejército en el Mediterráneo son las que son.

En el caso de la Base Naval d

En el caso de la Base Naval de Rota, esta contiene el nodo del escudo antimisiles Aegis, es el punto de entrada al Mediterráneo y significa un soporte esencial para la VI Flota estadounidense. Asimismo, es fundamental para vigilar a Rusia desde el sur, controlar las rutas marítimas y asegurar la proyección hacia Oriente Medio.

Por su parte, la Base Aérea de Morón es la plataforma indispensable para las operaciones en el África subsahariana, así como una de las mejores bases de reacción rápida de las US Marines. España se enfrenta a dos escenarios posibles. Un primero y muy negativo basado en la reducción global de los efectivos estadounidenses y la pérdida de las inversiones y actividad económica que sus bases generan, cosa que aumentaría la vulnerabilidad ante Marruecos.

Y un segundo escenario, el cual los analistas prevén como más probable y positivo, en el que el reequilibrio militar del Pentágono beneficie a España gracias a la mayor importancia que le van a dar al flanco sur.

La Administración Trump está cambiando su eje transatlántico. Francia y Alemania han dejado de ser imprescindibles militarmente. Esto supone un cambio histórico ante el que Europa tiene tres opciones: la primera es reforzar la OTAN y aumentar el gasto económico para seguir bajo el paraguas estadounidense, condicionando su compromiso y protección militar al alineamiento político inmediato con Donald Trump, quien demanda obediencia ciega.

La segunda opción es aplicar el modelo francés de autonomía estratégica e independiente. O, lo que es lo mismo, que Europa empiece a actuar por su cuenta en los conflictos que ponen en peligro sus intereses. Y la tercera y última opción, que es la peor de todas, presenta un escenario de desintegración y fragmentación en el que cada país decida ir por su cuenta, cosa que aumentaría la vulnerabilidad del continente, sobre todo ante Rusia, y sería un golpe de gracia a la construcción de una Europa unida.




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