Entre Tenerife, Madrid y Valladolid, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, ultima los preparativos de la visita que el Papa León XIV realizará a España del 6 al 12 de junio. A la espera de que la agenda definitiva se haga pública en los próximos días, Argüello atiende a ABC para analizar el alcance de un viaje que llega en un momento de especial expectación, dentro y fuera de la Iglesia. Entre la dimensión pastoral, el contexto político y el impacto social, el también arzobispo de Valladolid desgrana las claves de una visita llamada a marcar el pulso religioso y público del país. El viaje de León XIV a nuestro país ha suscitado grandes expectativas. El secretario de la Conferencia Episcopal, César García Magán, lo resumía diciendo que España tiene «hambre de Papa». ¿Qué va a suponer esta visita? Hay una doble expectativa. Una es el hecho en sí mismo de recibir al Papa. Eso supone siempre un motivo de alegría y de reconocimiento. No hay más que ver el deseo que ha suscitado, hemos recibido solicitudes de que fuese prácticamente a todos los rincones. En ese sentido sí que es verdad, que todavía la Iglesia Española, yo diría más, incluso el pueblo español, al Papa le tiene como un reconocimiento muy especial. Luego está el momento que vivimos en la Iglesia española, de desafío misionero, pues necesitamos también este aliento de comunión y de misión. En un aprendizaje que estamos haciendo y que no nos resulta fácil de salir de la época del vínculo total entre Iglesia y sociedad, de administrar la herencia recibida, de nuestra distribución parroquial en la montonera de templos y el tiempo nuevo que vivimos que nos pide bajar a las preguntas de los hombres de nuestro tiempo. Y este Papa que tiene en su historia una trayectoria grande también de misionero. Por otra parte, en la llamada que hace el Papa constantemente a la paz, pero también hay un tipo de guerras que son lo que aquí –y no sólo en España, sino en nuestras sociedades occidentales— llamamos polarización. Ante eso, el Papa también animará a un ejercicio de confianza, de encuentro, de escucha y de reconciliación. León XIV será el primer Papa en intervenir en el Congreso español. En ese clima de polarización que ha nombrado, en el que además la Iglesia está siendo criticada, por razones diversas desde todo el espectro político, ¿no tienen miedo de que su discurso pueda ser utilizado por una parte o por otra? Evidentemente este es un riesgo real. Dentro de ese miedo, de esa preocupación, porque las palabras de León XIV sean utilizadas como arma arrojadiza de unos contra otros, yo espero francamente que su discurso tenga la capacidad de, como dice el lema de nuestra visita, alzar la mirada. Ojalá que a la mayoría de los que escuchen al Papa les suponga ir más allá y les lleve a buscar acuerdos básicos en asuntos tan graves como los que están ocurriendo en nuestro mundo. El tema de la guerra y la paz, de la nueva configuración del mundo global y los movimientos migratorios precisan, desde un ejercicio de escucha, de grandes acuerdos. La Iglesia propone como punto de referencia la dignidad de cada vida y el bien común, dos principios que se necesitan el uno al otro pero que a veces también pueden enfrentarse. En el discurso inaugural de la Asamblea Plenaria desveló que este Gobierno había insistido en forzar acuerdos sólo en dos temas muy concretos, el de los abusos y el del Valle de los Caídos. ¿Ha condicionado el Gobierno de Sánchez su respaldo al viaje del Papa a España a que se alcancen esos acuerdos? No, tengo que ser honrado y decir que nunca se ha puesto este asunto como una condición. Pero es evidente que, para unos y otros, el contexto de la visita del Papa está presente. Dentro de ese forzar acuerdos , ha tenido que ver que nuestro Gobierno ha llevado hasta la Santa Sede estos asuntos. No estoy revelando ningún secreto, se puede comprobar por sus propias declaraciones públicas, al decir que cuando algún ministro, e incluso en una visita del presidente Sánchez, se han entrevistado con la Secretaría de Estado vaticana, los asuntos que han sacado han sido estos dos. Han querido implicar a la Santa Sede, de forzar lo que ellos pudieran decirnos a nosotros. Pero he de decir que la posición de la Santa Sede es de respeto a lo que nosotros pudiéramos decidir, en especial en el tema de los abusos, porque en el del Valle, las competencias están más definidas y la Conferencia Episcopal no las tiene. Es una táctica que ya utilizó Mª Teresa Fernández de la Vega, de intentar saltarse a la jerarquía católica en España y acudir a negociar directamente a la Santa Sede, aunque no le funcionó. Pero ahora desde el entorno de Bolaños se insiste en que los acuerdos se han firmado porque el Vaticano ha presionado a los obispos españoles. No, no. Los acuerdos entre el Vaticano y el Estado español tienen un carácter internacional y en ese sentido el firmante es la Santa Sede, pero también dejan claro, y se ha visto en su desarrollo, que el negociador habitual respecto al cumplimiento de los términos es la Conferencia Episcopal Española. Otra cosa es que si se llega a algún acuerdo concreto, como ocurrió en época de Fernández de la Vega con la financiación, se resuelve con un intercambio de notas a través de la nunciatura y el Gobierno. Pero la Santa Sede recuerda constantemente que quien negocia el desarrollo de esos acuerdos, su posible revisión o denuncia es la Iglesia que está en España. Le criticaron desde el Gobierno hace un año cuando en una entrevista en ABC pedía elecciones anticipadas, con el argumento de que los obispos no deben entrar en política. Sin embargo cuando el Papa, que es obispo de Roma, ha denunciado las políticas migratorias o las prácticas belicistas de Trump, lo han alabado y sí que aceptan que los obispos entren en cuestiones políticas. ¿Por qué cuesta tanto entender la libertad de la Iglesia para opinar? Es cierto. La Iglesia está llamada a hacerse presente en la vida pública de forma ordinaria a través de los laicos. Pero los pastores también tienen el derecho y la obligación de iluminar desde una referencia a la doctrina social de la Iglesia aunque, como desde esos principios caben soluciones prácticas que pueden ser diferentes, los obispos no debemos entrar en las cuestiones de ejecución de determinadas políticas, pero sí poner el acento en lo que nosotros consideramos los principios éticos morales que hay que tener en cuenta. Pero como bien se ve, cuando hablamos de unos determinados asuntos nos dicen que debemos estar callados y cuando hablamos de otros se nos pone un altavoz. En el viaje, Canarias va a ser uno de los destinos más simbólicos. Usted ha dicho que espera que la visita del Papa sirva para evidenciar ese sufrimiento injusto que ayude a poner la crisis migratoria sobre la mesa. Pero, esas posiciones también les han abierto ahora un frente con Vox. Sí, es verdad. León XIV quiere visitar las dos diócesis canarias para concretar el deseo que tenía el Papa Francisco por lo que significa la llamada ruta atlántica de entrada en la Unión Europea y lo que ha implicado en algunos momentos con la llegada masiva de menores. En la vuelta de su reciente viaje a África, León XIV ha recordado que los principios en los que la Iglesia se ha movido tienen que ver con la polaridad -que no polarización– entre la dignidad humana y el bien común, el derecho de los estados a decidir cómo se organiza cada territorio. Ese llamamiento con fuerza de los Papas, y que nosotros hemos hecho con el apoyo a la iniciativa legislativa popular para la regularización de inmigrantes, se concreta en la necesidad de un acuerdo mayoritario de Estado y de Unión Europea ante un asunto que ningún estado aisladamente puede solucionar. Pero a pesar de eso, desde Vox acusan a los obispos incluso de hacer negocio con la inmigración, un argumento que recuerda los ataques de los comunistas a la Iglesia en los años 30 del pasado siglo. Me alegra que saque este tema, porque eso que pasaba en los años 30 también se repetía en los años 40, 50 y 60, cuando decían que la limosna de Cáritas lo que hacía en realidad era anestesiar a los pobres y que lo que había que hacer de verdad era generar situaciones de justicia. Hoy resulta que es el Estado el que ofrece limosnas a través de las subvenciones a entidades, aunque ocurre, como vemos en Canarias, que el mayor problema viene cuando los menores que están en acogida en centros públicos cumplen los 18 años y tiene que ser acogidos por Cáritas u otras organizaciones, para lo que ya no tienen ninguna subvención. De todas formas, que se reciban ayudas públicas para realizar la acción social tampoco debe escandalizarnos. Es como si nos pareciera mal que los médicos ganen dinero por curar a los enfermos. Ojalá no hubiera enfermos y no harían falta médicos. Ojalá no hubiera pobres y no haría falta Caritas. Pero sí los hay y debe financiarse a través de colectas de los propios católicos, de otras personas que quieran contribuir y, por qué no, también a través de los programas de subvenciones públicas. Aunque la Conferencia Episcopal no tiene competencia en la cuestión de la resignificación del Valle de los Caídos, usted hacía una invitación en su discurso en la Asamblea General a una negociación entre la comunidad benedictina y el Gobierno. Aunque luego el ministro Bolaños insistía en que tiene un acuerdo firmado con el Vaticano. Parece que con esto hay versiones contradictorias. El ministro insiste, y en ese sentido tiene razón, en que ha tenido encuentros con el Vaticano en el que se han hablado de estas cosas y que, desde esos encuentros, ha habido un intercambio de notas para un promemoria. He de decir, y en eso sí que puedo hablar en primera persona, que al poco tiempo de ser presidente de la Conferencia Episcopal Española tuve la ocasión de recibir en la sede de Añastro al nuncio de entonces, al prior del Valle, también se incorporaron los abades de Leyre y de Solesmes, y al cardenal de Madrid para adoptar unos criterios comunes y, al mismo tiempo, decir que quien interviniera en las conversaciones tanto con la Santa Sede como con el Gobierno fuera el cardenal de Madrid. El posicionamiento de los que allí estábamos era: queremos que la abadía continúe, que la basílica siga siendo basílica y que haya un acceso independiente al de la nueva edificación que se vaya a realizar. Esto es lo que de alguna forma está recogido en el intercambio de notas, que es lo que de España fue a Roma, para que luego volviera de Roma. Pero, a pesar de ello, el proyecto final no parece convencer a los benedictinos. Ha salido el concurso y hay un proyecto ganador, pero se ha presentado un recurso. En este momento la posibilidad de llegar a un acuerdo pasa por los monjes –que son la abadía, los que tienen la encomienda de la basílica y los que han presentado el recurso – y por el Gobierno, que ha aprobado el proyecto que se quiere realizar. Yo creo que existe la posibilidad de llegar a un acuerdo que respete la abadía, la basílica y el acceso independiente. El actual proyecto ganador respeta los dos primeros puntos y no el acceso independiente, pero creo que es fácil de resolver el asunto si hay buena voluntad. Luego está el contexto de otras personas, que ni son los monjes, ni la Santa Sede, ni siquiera el Gobierno, que a la hora de valorar la simbología del Valle quieren que no quede ni rastro de presencia cristiana, mientras otros pretenden que no se toque nada que tenga ver con la resignificación. Nosotros lo que decimos es que el signo de la cruz y el signo de una comunidad monástica que ora por los caídos, por las víctimas de la guerra en España, que ora por la paz y que ora por la reconciliación es un signo que hoy sigue de plena vigencia. Yo decía en mi discurso que si alcanza un acuerdo entre los monjes y el Gobierno sería testimonio de algo que tiene una carga simbólica muy grande para unos y otros. Pudiera ser la ocasión de un encuentro reconciliador. Francamente creo que en la España llamada de la Transición, este esfuerzo de reconciliación entre los bandos enfrentados en la Guerra Civil se había logrado en gran parte. La gran expectación por la visita del Papa en la propia Iglesia está derivando en casos de gran protagonismo e intentos de monopolizar los actos del viaje. Usted zanjó esta disputa con la idea de que el Papa «visitando a algunos nos visita a todos». Por clarificar, ¿se trata de una visita específica a una Iglesia particular, como hizo en alguna ocasión el Papa Francisco, o de un viaje pastoral a España? Cuando recibí en febrero la comunicación oficial de la visita desde la Santa Sede, el titular y el contenido de la carta decían «viaje apostólico de León XIV a España». Ese es el título de la visita. Luego es cierto que la Iglesia acontece en lugares concretos, y que la visita del Papa hace caer en la cuenta de que la Iglesia es universal y también particular. Y eso se materializa en las cuatro diócesis –que al final van a ser cinco porque en Cataluña además de Barcelona visitará Sant Feliu, tanto en su llegada en avión al aeropuerto de El Prat, como, si se confirma en las próximas horas, el Papa también acude a la abadía de Montserrat-. No tiene ni pies ni cabeza que para decir que León XIV visita España tuviera que ir a las 70 diócesis. Este Papa una de las llamadas que repite es a la comunión, y que la iglesia particular forma parte de la universal. Así, su visita a toda la Iglesia española será en cinco lugares distintos.