Churchill y De Gaulle: grandeza, destino y el arte de encarnar una nación
He aquí una comparación entre Winston Churchill y Charles de Gaulle que permite trazar un retrato doble que va más allá de la biografía para adentrarse en dos maneras de entender el liderazgo y el papel de Europa en el siglo XX. La firma Richard Vinen, profesor de Historia en el King’s College London, con el título de «Los últimos titanes. Churchill y De Gaulle» (traducción de Héctor Piquer Minguijón), y todo da comienzo con el contraste de sus respectivas personalidades. Por un lado, Churchill se define por un carácter teatral y romántico, inclinado a la exaltación y al uso de la retórica como instrumento central de su acción política, de tal modo que su liderazgo se apoya en la construcción de una narrativa heroica en la que los acontecimientos adquieren un sentido épico. De Gaulle, por el contrario, se presenta como una figura racional y sobria, menos dada a la emoción y más centrada en la disciplina y la claridad política. Frente al impulso dramático del británico, el francés encarna una actitud contenida, casi distante, en la que el cálculo y el deber prevalecen sobre la exaltación, explica el autor. Pero, sobre todo, el libro construye un espacio común en el que ambos líderes aparecen como protagonistas de una misma tensión histórica: la del poder, la legitimidad y la representación de Europa en un momento de crisis profunda.
Ya desde las primeras páginas el lector comprobará que la relación entre ambos queda marcada por una mezcla de reconocimiento y distancia. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, Churchill evocaría un encuentro temprano con De Gaulle en términos que condensan esa intuición inicial: «Hemos tenido nuestras diferencias, pero nunca olvidaré aquel día, en Tours, cuando me crucé contigo entre la multitud afligida y, delante de varios testigos, dije: “He aquí el hombre del destino”». Así, ambos hombres se percibían como figuras llamadas a desempeñar un papel excepcional, aunque esa conciencia de destino no los acercase, sino que subrayó sus diferencias. Este contraste se articula, en primer lugar, en el plano del temperamento. El dirigente británico aparece vinculado a una tradición política flexible, en la que la capacidad de adaptación y el uso de la palabra desempeñan un papel central. Su forma de liderazgo se apoya en la construcción de un relato capaz de movilizar a la sociedad en momentos de incertidumbre. De Gaulle, por el contrario, se presenta como una figura más rígida, cuya autoridad no depende tanto de la negociación como de la afirmación de una idea de Francia que trasciende las circunstancias inmediatas. En su caso, el poder no es solo una función política, sino una expresión de continuidad histórica.
Fricciones constantes
Esa concepción queda formulada con claridad en una de las afirmaciones más significativas recogidas en el libro: «solo las grandes empresas pueden contrarrestar la propensión a la división que [el pueblo francés] lleva dentro [...] En resumen, Francia no puede ser Francia sin grandeza». La cita es el eje que organiza la actuación de De Gaulle, de tal modo que la política aparece como un espacio en el que la nación debe afirmarse a través de gestos que refuercen su unidad y su identidad. Esa idea de grandeza no es retórica en sentido superficial; es el fundamento de su legitimidad. Frente a esta concepción, Churchill se mueve en un terreno diferente. Su liderazgo está profundamente marcado por la tradición parlamentaria británica, por la necesidad de construir consensos y por la capacidad de responder a situaciones cambiantes. Sin embargo, esto no significa que carezca de una dimensión simbólica. Al contrario, su figura se asocia a la resistencia frente al nazismo y a la construcción de una narrativa en la que el Reino Unido aparece como defensor de determinados valores.
El libro muestra cómo estas diferencias se traducen en una relación compleja durante la guerra. La alianza entre ambos no elimina las tensiones, sino que las hace más visibles. Cada decisión, cada negociación, está atravesada por una cuestión de fondo: quién representa realmente a su país y en qué términos. De Gaulle se considera a sí mismo como la encarnación de Francia incluso cuando el Estado francés ha sido derrotado, mientras que Churchill actúa desde una estructura institucional consolidada. Esta diferencia genera fricciones constantes que Vinen muestra sin simplificaciones. Además, «Los últimos titanes» presta especial atención a la dimensión representativa del poder y de sus medios de difusión. La llegada de la televisión introduce un elemento nuevo en esta relación, permitiendo una comunicación directa con la ciudadanía que transforma la percepción del liderazgo. El libro recoge esta transformación en términos precisos: «La masa de la ciudadanía se comunicaba directamente con la mitad superior del cuerpo presidencial, con el rostro, la voz y los tics faciales del jefe de Estado transmitidos por la pantalla de televisión».
Esta observación permite entender cómo el poder se desplaza parcialmente hacia la imagen. La autoridad ya no se construye únicamente a través de decisiones políticas, sino también mediante la capacidad de proyectar una presencia. En este contexto, la figura de De Gaulle adquiere una dimensión casi escénica. Sus gestos, su forma de hablar, incluso sus peculiaridades, contribuyen a crear una imagen coherente que refuerza su autoridad. Vinen indica que esta construcción no es accidental, sino que forma parte de una comprensión profunda de la relación entre liderazgo y representación. Por su parte, Churchill, aunque menos asociado a este nuevo medio, también participa en esta lógica a través de la palabra. Sus discursos durante la guerra hicieron que todo acontecimiento cobrase el sentido de una experiencia colectiva. De este modo, la retórica se convierte en un instrumento fundamental para sostener la moral y para definir el papel del Reino Unido en el conflicto. En suma, ambos líderes, desde perspectivas distintas, muestran que el poder implica siempre una dimensión simbólica.
Un legado que permanece
Asimismo, el autor encara la relación entre historia y memoria. Churchill y De Gaulle no solo actúan en el presente, sino que son conscientes de que sus acciones serán interpretadas en el futuro. Esta conciencia se traduce en una participación activa en la construcción de su propio legado; por ejemplo, a través de sus escritos y de su control de la imagen pública, ambos contribuyeron a definir cómo iban a ser recordados. Por ello, el libro sugiere que esta dimensión no es secundaria, sino parte integrante de su actuación política. En el caso de De Gaulle, la identificación entre figura personal y nación alcanza un grado particularmente intenso. Su nombre se asocia a una determinada idea de Francia, en la que la unidad, la independencia y la grandeza ocupan un lugar central. Churchill, por su parte, queda vinculado a la imagen de la resistencia y a la defensa de un orden político basado en determinados principios.
El título del libro adquiere su sentido completo en este contexto. La expresión «los últimos titanes» no se refiere únicamente a la magnitud de sus personalidades, sino a una forma de liderazgo que parece pertenecer a otra época. Churchill y De Gaulle aparecen como los últimos representantes de un modelo en el que el dirigente podía aspirar a encarnar el destino de su nación de manera casi total. Tras ellos, el mundo político evoluciona hacia estructuras más complejas, en las que el poder se distribuye de manera diferente. Con todo, no se presenta este cambio como una simple pérdida. Más bien lo sitúa en el marco de una transformación histórica más amplia. Huelga decir que la Segunda Guerra Mundial marcó un punto de inflexión en el que Europa perdió parte de su centralidad, y las dinámicas de poder se reorganizaron.
En este nuevo contexto, el tipo de liderazgo representado por Churchill y De Gaulle resulta cada vez más difícil de sostener, si bien, con libros como el de Vinen, se aprecia que su legado permanece no únicamente por las decisiones que tomaron, sino por la forma en que definieron el papel del líder en momentos de crisis. Ambos mostraron, en conclusión, que el poder no es únicamente una cuestión de gestión, sino también de significado. Es más, sus trayectorias sugieren que, en determinadas circunstancias, la capacidad de representar a una comunidad puede ser tan importante como la capacidad de gobernarla. De esta forma, leer «Los últimos titanes» es asistir a la historia de dos hombres y, a la vez, a un momento en el que el liderazgo todavía podía concebirse como una forma de grandeza.
LA VERDAD SANGUINARIA DEL IDOLATRADO CHURCHILL
Hace tres años se publicaba un libro que pretendía poner a las claras los actos más sombríos del famoso político británico y de las atrocidades que conllevaron sus decisiones, además de su simpatía por los fascismos europeos, «Winston Churchill. Sus tiempos, sus crímenes» (Alianza), de Tariq Ali. Este ensayista recordaba «las atrocidades cometidas por los británicos en Kenia y el historial de Churchill en Irlanda, dos de los crímenes imperiales de los que se le acusa». Sin embargo, se le rindió culto y se hizo más popular en 2017, por numerosas biografías y varias series y películas sobre Churchill de tono laudatorio. El idolatrado Churchill era racista hasta la médula y, al decir del autor, «para proteger el Raj Británico de una amenaza japonesa que nunca se materializó, el Estado británico sacrificó las vidas de aproximadamente 5 millones de personas». Ali asimismo menciona la hambruna de Bengala de 1943, con más de 3,5 millones de personas fallecidas, bajo la responsabilidad del primer ministro. Y en Gales, Churchill envió soldados para reprimir a los mineros, a los que «trató como enemigos a sus propios conciudadanos. ¿Cómo es posible que todo aquello sea universalmente popular».
