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Medea Norsa devolvió a Safo cuatro estrofas

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«Ven aquí, desde Creta, a este recinto sagrado donde el bosque de manzanos te aguarda. El incienso humea sobre los altares, el agua fresca murmura entre las ramas, las rosas dan sombra al santuario y de las hojas estremecidas baja un sueño dulce. Ven, Cipria, y vierte en nuestras copas de oro el néctar mezclado con la fiesta».

Hasta 1937 el mundo conocía únicamente dos estrofas de este himno de Safo (de la que hablamos ya la semana pasada), transmitidas por Hermógenes de Tarso en su tratado «Sobre las formas» y por Ateneo en el «Banquete de los sofistas». La voz de la poeta de Lesbos parecía haberse perdido en una niebla de citas indirectas. Aquel año una mujer publicó cuatro estrofas más, extraídas de un óstracon traído de Egipto, un fragmento de cerámica del tamaño de un mano copiado por algún escriba egipcio del siglo III a. C. La inscripción estaba plagada de errores y el copista no dominaba el dialecto eolio, pero el texto resultó inconfundible para Medea Vittoria Irma Norsa. Era Safo, y aquel pedazo de cerámica figura entre los testimonios de su poesía que se conservan.

Norsa nació en Trieste el 26 de agosto de 1877, en una familia judía que generaciones atrás había roto los vínculos con la comunidad hebrea local. Su madre, Silvia Vittoria Krasna, era eslovena y católica, y la niña recibió el bautismo tres semanas después de nacer en la parroquia de Sant’Antonio Taumaturgo. Estudió en el liceo femenino de su ciudad natal, en 1900 cursó letras clásicas en Capodistria y pasó un año en Viena antes de trasladarse al Istituto di Studi Superiori de Florencia. Allí se licenció en 1906 con una tesis sobre el «Áyax» de Sófocles y los «Siete contra Tebas» de Esquilo.

Lo decisivo, sin embargo, no fue la filología clásica, sino su encuentro con Girolamo Vitelli, fundador de la papirología italiana. Empezó a colaborar con él aquel mismo año, mientras daba clases en liceos de Trieste, Grosseto, Massa, Arezzo y Galatina. Le apasionaba el trabajo, aunque nunca consiguió un puesto estable en la universidad por ser mujer. Durante casi tres décadas Vitelli y Norsa trabajaron codo con codo. Ella viajaba con regularidad a Egipto para comprar papiros a los anticuarios y participar en las excavaciones del instituto florentino en Tebtinis, Oxirrinco, Hibeh y Antinópolis. De aquellos viajes regresó con piezas que cambiarían la filología clásica. La «Cabellera de Berenice» de Calímaco. Las «Diegéseis» del mismo poeta. El tratado «Sobre el destierro» de Favorino de Arelate, recuperado de un palimpsesto vaticano. Y el óstracon de Safo, catalogado como PSI XIII 1300, que la edición moderna conoce como «fragmento 2».

Cuando Vitelli murió en 1935, Norsa lo sucedió al frente del Istituto Papirologico, que adoptó el nombre de su maestro. Quienes habían profesado respeto al maestro no toleraron verse bajo la dirección de una mujer. Poco a poco fue marginada, aunque sus conocimientos de griego siguieron aprovechándose en la institución. Sin puesto fijo, soltera, y dedicada por entero a los papiros, Norse se convirtió en blanco fácil para colegas que la menospreciaban en público y la consultaban en privado. Tres años más tarde las leyes raciales fascistas alcanzaron también a quienes llevaban una vida de erudición silenciosa. La universidad abrió expediente sobre su «raza». Pese al bautismo y la trayectoria familiar, exigieron aclarar su condición antes de imprimir varias láminas destinadas a la Sapienza. La inquina se prolongó años. Al final fue declarada «mista non ebrea». Las láminas retenidas terminaron publicándolas la Scuola Normale de Pisa. El papirólogo Mario Capasso sostendría después que la cátedra que nunca obtuvo en Florencia se le negó por la sospecha sobre su origen.

El 23 de marzo de 1944 una bomba aliada destruyó la casa florentina donde guardaba libros, apuntes y correspondencia con los grandes papirólogos europeos. Su cuñada murió en el bombardeo y la biblioteca privada de Norsa se perdió. Tras la guerra su vida se hizo aún más penosa. En febrero de 1947 una enfermedad la mantuvo en cama casi un año. El 25 de enero de 1949 el rector florentino Bruno Borghi la jubiló forzosamente y Nicola Terzaghi le arrebató el nuevo volumen de los Papiri en el que trabajaba. El mal le había alterado el habla, aunque conservó intactas sus facultades intelectuales. Vivió los últimos años en un convento de la via Bolognese, sostenida por una pensión modesta y la visita ocasional de antiguos discípulos. Murió allí, a los setenta y cinco años, el 28 de julio de 1952. La prensa ignoró la noticia. La Universidad de Florencia no le rindió homenaje alguno. Solo en 2008, más de medio siglo después, la Universidad de Trieste fundaría un centro papirológico con su nombre.

El óstracon sigue en Florencia, en la Biblioteca Medicea Laurenziana. La firma que lo identifica como PSI XIII 1300 es del puño y letra de Medea Norsa.




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