Lo que probablemente disguste un poco a Florentino Pérez haya sido tener que enterarse así, de sopetón, de que sufría un cáncer terminal y se moría. Miguel Ángel Aguilar contaba con su gracejo habitual aquella vez que le comunicaron el fallecimiento de su íntimo amigo Manu Leguineche. Llamó a su móvil, él respondió, le informó de su reciente y trágica muerte y volvió a ponerse en contacto con el periodista: «¡Leguineche vive!», le espetó, a lo que el informador sentenció: «Pues mis fuentes aseguran todo lo contrario». A la vista de su actuación del otro día, si hay quien aún sostiene que el presidente del Real Madrid está cansado es probable que lo haga por intereses bastardos. Rock and roll. La libertad de expresión también ampara a Florentino. Si de él se dice que está senil y no se entera, a José Ángel Sánchez le llaman Rasputín y de Mourinho, a quien ya preparan el comité de bienvenida, se asegura que es un mal ciudadano, supongo que podrá responder. Pero más allá de su duelo personal con algunos periodistas, yo me quedo con el irreductible afán florentiniano por proteger al club de intromisiones externas y, por supuesto, con su redoblado e incansable interés por llegar hasta el final y hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga, con el mayor escándalo de la historia del deporte español, el caso Negreira. Me defraudó un poco el contenido de la rueda de prensa porque interpreté que si Florentino se decidía por fin a hablar más de diez años después era por la sencilla razón de que iba a contar novedades deportivas, pero mi frustración me pertenece a mí y mis expectativas son sólo mías. A la vista está que el motivo de su comparecencia nunca fue ese en realidad sino el de poner pie en pared con quien trata al Real Madrid como si fuera el Sacachispas, avisar a sus enemigos de que está vivísimo y aún colea, recibir a portagayola a sus críticos y señalar al Barcelona como el único responsable de haber convertido la Liga española en una competición mugrienta.