La brutal "Medea" de Sánchez-Verdú en el Palau de la Música
Medea: la madre iracunda que mató a sus hijos. Todas las Medeas sobrecogen, pero esta de Chantal Maillard, nuestra gran poeta/profeta, hiela la sangre. Su cólera es existencial. Su hambre, como de presa/predadora, resulta antimoral y antihumana (o, quizá, por animal, radicalmente humana). No busca perdón: "Vuestra piedad es menos apreciable en mi universo que la baba de un molusco en la espuma del océano". No busca explicarse, sino explicarnos: "Si queréis conocerme, acercaos: contemplad lo que sois". Maillard se desprende en este poema de todo lo humano, pero no logra desprenderse de la belleza. Su verso, mal que le pese, es bello por exacto.
A la musicación que José María Sánchez-Verdú ha hecho de este poema por encargo del Palau de la Música de Valencia, le pasa igual. Es bella por certera. Durante más de 40 minutos le da a Medea una voz sobrecogedora, que es lo suyo. Va alternando las máscaras de recitar, salmodiar, declamar y cantar. Las melodías están violentamente ornamentadas, partidas a menudo en largos saltos. Ángeles Blancas, impresionante por vocalidad y presencia escénica, es una Medea perfecta. A su grito telúrico, la orquesta, puesta en modo coro griego, proporciona contexto y comentario. "Medea" es un Verdú característico (canto quebrado, colores orquestales de creación propia, ocupación del espacio, gestos giratorios de los músicos) y, esta vez, además, incómodo, propuesto en seco, sin concesión alguna. Tampoco concede nada Chantal Maillard. La Orquesta de Valencia, con su titular, Alexander Liebreich, al frente, supo pasar en pocos minutos del virtuosismo clásico propio de la "Primera" de Beethoven al abierto y espacial que pide Sánchez-Verdú.
Tras dejar bien expuesta nuestra animalidad, esta brutal Medea de Maillard y Verdú tiene margen aún para proclamar el poder expresivo de la música, que va más allá de la poesía: "Fuera del texto, todo es más", dice.
