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Juan González-Barba: «España siempre tendrá peso en la UE; otra cosa es que se aproveche mejor o peor»

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Ex secretario de Estado para la UE, Juan González-Barba (Sevilla, 1966) cuenta con una nutrida experiencia en la carrera diplomática a la que se suma una profundidad intelectual que le convierten en una voz a tener en cuenta. Apartado de la primera línea por el ministro de Exteriores de manera intempestiva (no es el único), el ex embajador en Croacia, Turquía y Sudán publica ahora «Europa, la otra patria» (Siglo XXI Editores). Un ensayo sobre el origen del proyecto comunitario para demostrar que aún tiene sentido.

¿Cómo ha evolucionado el peso de España en Europa?

España llevó a Europa, además de su peso específico por historia, población y territorio, una enorme ilusión. Y esa ilusión se mantuvo intacta durante mucho tiempo. Yo diría que hasta la crisis del euro. Aquella crisis fue dura para España y supuso, en cierto modo, una pérdida de la inocencia. Pero hay muchas iniciativas que llevan el sello de España en el ámbito de la UE. Desde luego, en la dimensión internacional: la relación con América Latina, toda la relación euromediterránea, el concepto de ciudadanía europea, que es muy importante, y también todo lo que se hizo en materia de Justicia e Interior. Hay una huella española que ha quedado. Si hay un país que ha contribuido a uno de los signos distintivos de Europa, que es su carácter global y universal, ese es España. España contribuyó activamente a hacer del proyecto europeo un proyecto universal.

¿Por nuestra vinculación con Iberoamérica?

Claro. Por todo lo que fue la época de los descubrimientos, por contar con una figura como Francisco de Vitoria, que sentó las bases del derecho internacional, por lo que supuso la lengua española como lengua internacional. Y porque el último emperador que creyó en el imperio universal fue también rey de las coronas españolas: Carlos I de España y V de Alemania. La contribución española a Europa ha sido enorme desde sus inicios.

Usted fue secretario de Estado para la UE entre 2020 y 2021, durante la pandemia.

Fue una etapa complicada pero también muy satisfactoria porque se consiguieron los fondos de recuperación, los Next Generation. Aquello fue un éxito porque, además, era la primera vez que se financiaba un fondo europeo con algo parecido al eurobono. No era exactamente así, la arquitectura financiera era distinta, pero se dio un paso de gigante. Se logró salir del hoyo en el que nos encontrábamos de la manera más rápida posible. Después de la contracción económica, la economía rebotó al año siguiente y desde entonces se han mantenido tasas de crecimiento muy importantes.

¿España sigue teniendo peso específico en Europa?

España siempre va a tener peso específico en Europa. Otra cosa es que se aproveche más o menos.

¿España está hoy alineada con la política exterior europea?

Salvo un caso claro de desalineación, como fue la Hungría de Orban, todos los países contribuyen con sus posiciones a que el consenso final europeo resulte de una determinada manera. La oposición a la guerra de Irán puede ser más o menos acentuada según los matices de cada Estado, pero entre todos formamos la posición europea. España no tiene, ni puede tener, la misma percepción de urgencia ante lo que ocurre en el este de Europa que un país báltico o Polonia. Pero España, Italia o Portugal, con su geografía y su historia, también contribuyen a mantener una posición firme europea respecto a la agresión rusa.

España sigue siendo uno de los países más europeístas. ¿A qué de debe?

Sobre todo a las circunstancias. España y Portugal son dos de las naciones más antiguas de Europa y contribuyeron desde muy pronto a la universalización del proyecto europeo. Sin embargo, por los regímenes políticos que tenían en los años cincuenta, cuando se lanza el proyecto europeo, quedaron excluidos hasta 1986. Eso generó un anhelo de Europa. Lo refleja muy bien Saramago en «La balsa de piedra», una novela fundamental para entender los sentimientos encontrados de portugueses y españoles hacia Europa en el momento de la adhesión.

¿España vive también su mejor momento gracias a Europa?

España es una historia de éxito en los 40 años que llevamos dentro de la UE. En nuestra historia ha habido épocas de esplendor, por supuesto, especialmente en los siglos XV y XVI. Pero, si hablamos del conjunto de la población, no hay color: este es el mejor momento de nuestra historia nacional, precisamente en el seno de Europa.

¿Partidos como Vox pueden dinamitar el proyecto europeo?

Confío en que no. Lo que ha ocurrido en Italia con Giorgia Meloni me reconforta: una vez que llegas al poder te das cuenta de que tu propio proyecto nacional está indisolublemente ligado al proyecto europeo. En el caso de España, no es algo que me preocupe especialmente, porque los dos principales partidos españoles tienen un compromiso europeísta fuera de toda duda. Está en el ADN tanto del PP como del PSOE.

¿En España está garantizado el europeísmo?

A mí no me cabe duda.

¿Europa está en decadencia?

No. Está en una dificultad enorme. Tiene enemigos serios. Uno de ellos ha invadido materialmente a un estrecho socio de la Unión Europea y país candidato al ingreso, que es Ucrania. Además, Rusia practica la guerra híbrida o actuaciones híbridas en otros países de la frontera y lleva a cabo campañas de desinformación utilizando fuerzas eurohostiles en el interior de Europa. A eso se suma la crisis transatlántica, que es muy dura porque procede de un aliado del que nunca esperabas determinadas declaraciones o actuaciones. Y hay otros retos: el medioambiental, el migratorio, el tecnológico, la inteligencia artificial, el auge industrial de China.

Josep Borrell ha defendido que Europa necesita poder duro. ¿Está de acuerdo?

Borrell dice algo obvio. Hemos construido un proyecto que hacía sobre todo énfasis en el poder blando. Pero ese poder blando se ha hecho tan efectivo que hay otros países, empezando por la Rusia de Putin, que consideran que la Unión Europea es un peligro para sus intereses y desean desmantelarla.Si recibimos ese mensaje de un vecino poderoso, no tenemos más remedio que proteger nuestro proyecto, que se basaba en el poder blando, con poder duro. Ahora bien, para que se consolide una defensa común europea, para que consigamos una política industrial más activa y para que demos el salto en el mercado interior con la ambición que proponía Enrico Letta, hace falta algo subyacente: fomentar un patriotismo europeo. Ese es, en parte, el objetivo de mi libro. Para mí la Unión Europea no es algo superficial o accesorio, sino que hunde sus raíces en la propia lógica de la fundación de Europa. La Unión Europea no es un accidente, sino la evolución más natural y exitosa de lo que ha sido la civilización europea a lo largo de su historia.




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