Roberto tiene 72 años y todavía sueña con las playas de su ciudad natal, Maracaibo, en Venezuela. Antes de jubilarse, trabajó como economista y dirigió varias empresas. Le fue tan bien que, en los noventa, descartó la idea de asentarse en España, porque en su país resultaba mucho más sencillo hacer fortuna. Luego llegó Chávez y comenzaron los problemas. Al empresario le dieron «la puntilla» hace un par de años, cuando lo perdió todo por denunciar un caso de tráfico infantil que afectaba a la policía del régimen . «Tenía la certeza de que me iban a matar. Una familiar de mi exmujer me dijo que cogiera el pasaporte y que me fuera ya con lo que llevaba puesto». Y así lo hizo. Entró en Colombia y, tras malvivir en las calles de Barranquilla o Bogotá, pegó el salto a España. En concreto, al aeropuerto de Madrid, que se convirtió en su nuevo hogar: «Llegué a Barajas reventado. Desnutrido y enfermo. Lo de estar viviendo en la calle no se lo deseo a nadie». El exempresario dormía junto a las tres estatuas de bronce de la T-4. Ahí hacía turnos con otras personas sin hogar procedentes de todos los rincones del mundo para cuidarse mientras descansaban. La suerte le comenzó a cambiar tras un viaje en autobús a Madrid, donde coincidió con un párroco venezolano que le puso en contacto con una ONG llamada Mundo Justo . Esta le ayudó a recuperarse de sus problemas de salud y le dio un nuevo hogar en el que empezar de cero. Ahora reside a unos 200 metros del Estadio de Vallecas, en una casa de tres plantas compartida con una treintena de personas que, como él, vienen de la calle. En algunos casos, después de pasar casi media vida entre cartones. «El incremento de gente sin hogar es demencial», dice Javier García, director de Mundo Justo. Y los datos le dan la razón. De acuerdo con las últimas cifras del INE , en 2024 una media de 34.145 personas mayores de 18 años se alojó diariamente en centros de atención a personas sin hogar, un 57,5% más que en 2022. La ONG -fundada en 1999- tiene actualmente 13 viviendas tuteladas. La mayoría están en la Comunidad de Madrid, aunque tiene presencia en Palencia, Zaragoza o Jaén. También regenta un centro de día en la capital al que cualquiera en situación de sinhogarismo puede ir a comer o asearse. Se sostiene, principalmente, gracias al apoyo económico de fundaciones y a iniciativas como TuTECHÔ, que compra viviendas para alquilarlas a bajo coste a entidades sociales. «Es imposible cubrir todas las solicitudes. Aquí estamos teniendo peticiones de madres con niños, de señores de 80 años con cáncer», prosigue García. El objetivo de la ONG no es solo dar cobijo, sino conseguir la reinserción social : proporcionarles las herramientas para que se valgan por ellos mismos; algo que consiguen, de media, tras seis o siete años de estancia. Por eso la mayoría estudia o trabaja. Para acceder a una habitación los requisitos son claros: «Debes estar fuera de la red social de apoyo. Si eres un inmigrante con papeles, puedes encontrar ayuda en otro sitio. Si tienes un problema de drogas, también. Pero si eres adicto y tienes otras enfermedades, puedes quedarte fuera. Lo mismo pasa con una mamá con niños pequeños». La habitación de Roberto mide menos de 10 metros cuadrados y está conectada con un pequeño aseo. Las paredes, blancas, están llenas de imágenes religiosas. Sobre la cama hay un crucifijo y, enganchadas a un espejo, se pueden ver imágenes de santos y de Jesucristo. Está impoluta, como ocurre con la de Celia, su compañera de piso. «Aquí todos tenemos la obligación de colaborar y mantenerlo todo bien», explica la madrileña mientras se fuma un cigarro en el patio porticado donde está la entrada de la vivienda. A su derecha, un par de pizarras recogen las normas de convivencia, como usar auriculares en las zonas comunes, levantarse a las 8.00, no llevar a gente ajena al domicilio o estar en el interior antes de las 23.00. «El que no llegue a la hora sabe que le toca dormir fuera. No nos vamos a levantar», remata. Entró en la casa hace tres años después de pasar media vida viviendo en la calle. Prácticamente, desde la adolescencia. «Mi madre no me quería mucho, y de niña muchas veces ya me escapaba. Luego he tenido tres parejas y a todas les gustaba levantar la mano. Me escapaba y dormía donde pillaba», explica. En la calle tuvo varios problemas. El primero, «con uno que se pasó de listo»: «Cogí un tronco y lo estampé contra una farola. Le dije que si quería que le hiciera lo mismo en la cabeza». El segundo, con un hombre que le «pegó en un parque» y por el que pasó cinco días en la cárcel. El tercero, en un albergue para gente sin hogar, donde fue violada. Aprendió a desconfiar . Después de pasar años entre cartones, es normal que Celia ya conociera de la calle a algunos de sus compañeros de piso. Como a Hassan, que nació en Ceuta; o al menos eso dice él, porque no tiene partida de nacimiento. A efectos legales, no es de ninguna parte. Un apátrida . Llegó a Madrid a finales de los setenta, después de que lo adoptara una mujer que afirmaba ser su tía. «En realidad no lo era. Yo simplemente era un niño de cinco años que no tenía a nadie. Durante los años siguientes me estuvo utilizando de mula para colar droga en la Península desde Ceuta. A los 11 años me dejó abandonado en la calle». Entre los ochenta y los noventa, el ceutí se dedicó al trapicheo y encadenó varias entradas y salidas de la cárcel: «Me eduqué en la calle y hacía lo que fuera necesario para sobrevivir, también me drogaba». Tocó fondo en el 2000. Se desintoxicó y entró en contacto con Mundo Justo. Ahora trabaja como encargado en el centro de día de la asociación. Más sencillo lo tiene Gallego , un colombiano de 23 años que llega a la casa de Vallecas con un gorro para el sol y camiseta de Linkin Park. No tiene papeles, pero espera conseguirlos pronto gracias al próximo proceso de regularización de inmigrantes. Vino a España «para escapar de los vicios». Sabe lo que es vivir en la calle desde los 15 años y cómo «manejarse» en ella: «Acabé en el País Vasco, trabajando en portes a cambio de que me dejaran dormir en una furgoneta. Ahora estudia un curso de informática y no tiene intención de volver a Colombia. Su compañero Andrzej tampoco quiere oír hablar de regresar a su Polonia natal. «Llevo muchos años ya aquí. Allí ya no sabría ni qué hacer», dice recostado en una silla de playa colocada bajo el pórtico. Hasta 2024, 'el polaco', como le llama todo el mundo, trabajaba como pintor; sin embargo, la empresa que lo empleaba le despidió y acabó arruinado. Se quedó por la zona de Guindalera, donde tenía su vivienda antes de perderla. - ¿Cuánto tiempo has estado sin casa? - Un año. - ¿Sólo un año? - ¿Te parece poco? Con lágrimas en los ojos, recuerda cómo trataba de esconderse para que sus antiguos vecinos no lo vieran: «La vergüenza que sentía era horrible». Ahora ha conseguido «un trabajillo» ayudando a una anciana, que a veces le da algo de comer. Lleva dos meses y medio en la casa. «Aquí la gente se lleva bien. Estoy muy agradecido», destaca. En la vivienda tutelada solo hay dos temas de conversación que están prohibidos: la política y la religión, apunta Roberto, que permanece de pie detrás de Andrzej. Aún así, a veces hay fricciones. En el pasado han tenido problemas con robos y con algún compañero que ha resultado algo agresivo y ha acabado siendo expulsado. La ONG intenta conocer bien a la persona antes de darle acceso a la vivienda tutelada, para evitar problemas de este tipo. Ninguno de los habitantes de la vivienda tutelada tiene intención de permanecer en la casa más de lo necesario. Todos sueñan con tener su propio techo y están convencidos de que lo conseguirán. Roberto podría ser el primero. En unos meses espera mudarse a Málaga para vivir con uno de sus hijos. Cerca del mar. Como en Maracaibo.