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El primer desafío que se propone Juanma Moreno: gobernar sin Vox

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Sevilla. Calle de San Fernando. Sede central del Partido Popular de Andalucía. A las 22:00 atraviesa el descansillo de la puerta de entrada un mando del partido. Anda cabizbajo. «Regular, regular», repite con un compañero. El recuento avanza y no caen en gracia los diputados que decantan la mayoría absoluta. Sabe que, por mucho descalabro del PSOE, el titular de la noche no es otro que ese.

Dos horas antes, cuando los colegios electorales acaban de echar el cierre a las urnas, hace lo propio Juanma Moreno, acompañado por su mujer, Manuel Villena. Los dos han llegado en una furgoneta negra en la que también viajan sus tres hijos. La actitud de Moreno es distinta a la de su colega dos horas más tarde. El candidato no oculta los nervios. Si algo enseñan las urnas es su impredecibilidad. Aun así, viste la sonrisa sempiterna.

Los sondeos le acaban de coronar como el vencedor indiscutible de los comicios y, además, con la reválida de la absoluta garantizada. Nada menos. Sólo hay un dato que inquieta a algunos integrantes de su equipo: el aumento de la participación, que no terminan de leer. Quieren creer que se debe a los abstencionistas, que en el último minuto han cambiado de opinión y han acudido a votar. Consciente de que la demoscopia no va a ser ni la primera ni la última vez que le juegue una mala pasada a su formación, Moreno reconoce: «Está todo abierto». No falla.

Acto seguido, vuelve a recordar los tres objetivos que se había propuesto: «Ganar las elecciones», hacerlo en todas las provincias andaluzas, «cosa que no es nada fácil» y, finalmente, «intentar tener una mayoría de estabilidad» para mantener la independencia. Libre de ataduras externas. Días antes, en la recta final de la campaña, confiesa a LA RAZÓN que le quita el sueño «perder la libertad». Y la independencia.

Finalmente, no hay pleno. «Vamos a ver si cumplimos los tres, cumplimos uno o no cumplimos ninguno». Y lanza un interrogante que suena a presagio: «¿Qué han votado los andaluces?, a lo que responde: «Sinceramente, no tengo ni la más remota idea porque no hay nada escrutado y, por lo tanto, no tenemos ahora ningún tipo de información».

A las 23:00, el veredicto parece seguro. Desde la primera planta, donde Moreno y su núcleo duro siguen el recuento, llega un grito hasta la sala de prensa. Acaba de caer otro diputado. Cuando apenas quedan papeletas sin contar, los populares se resisten a tirar del todo la toalla. Pero no hay manera. 53 es la cifra definitiva. Cinco menos que en el 22.

Dos de tres. Victoria, sí. Incluso con más votos para la buchaca de su candidatura que en las autonómicas anteriores: en torno a 150.000. Pero el PP se queda a un palmo de la meta. Pierde la mayoría absoluta. Un resultado agridulce que le confirma una realidad: cualquier camino posible para la gobernabilidad en la derecha pasa por un entendimiento con Vox.

Estas elecciones representaban una última oportunidad para reconfigurar el tablero y reducir la dependencia de una formación que, en el caso andaluz, le pondrá precio a su llave. Y no será barato. Ningún mando popular contempla una repetición electoral. Habrá negociación y está por ver si el desenlace es el de un gobierno de coalición. O no. Porque la intención de Moreno y del PP es seguir cuatro años más en solitario. Vox, por lo pronto, se reserva sus intenciones.

Entre los mandos populares, a pesar de la caída porcentual, se niegan a hacer autocrítica. Si hace cuatro años los restos decantaron el umbral de la gloria, ahora son esos mismos restos los que dejan el balón fuera del palo. En cinco provincias, el PP ha perdido el último escaño. Principalmente, por el auge de Adelante Andalucía, que pega la campanada.

El PP descarta la autocrítica

«Yo creo que a Juanma no se le puede pedir todo. Además de subir en votos encima no le podemos pedir que desmovilice a la izquierda», tercia un destacado dirigente de la cúpula nacional. De lo que está por venir, se niega a dar nada por sentado. «Veremos ahora cómo lo gestionamos. Habrá que demostrar fortaleza».

Poco antes de la madrugada, los cuadros populares tratan de maquillar la realidad –que ayer tenían mayoría absoluta en el Parlamento andaluz y hoy, no– con una euforia un tanto impostada. De fondo, suena Viva Suecia. Con una letra que, de pronto, parece de lo más oportuna: «Justo cuando el mundo apriete». Centenares de personas se agolpan en la puerta, donde esta vez no hay tarima, sino un micrófono.

Juanma Moreno, el último de los aspirantes en comparecer, parece encajar lo que acaba de suceder: «No hemos sacado matrícula de honor, pero sí sobresaliente». En su discurso, no menciona a Vox ni siquiera por elipsis. «Este candidato aspira a dar cuatro años más de reformas, de impulso, de proyectos y de estabilidad a Andalucía», es todo lo que anticipa de su hoja de ruta. Hace hincapié en la subida de la participación: «A veces te da, a veces te quita». Y verbaliza una «reflexión» con la que ensalza la democracia: «¿Cuántas cosas se pierden los dictadores del mundo? No hay cosa más bonita que sentir el cariño, el calor y el aprecio de tu pueblo».

El presidente andaluz protagoniza un discurso breve y contenido. Nada que ver con la emoción de hace cuatro años. De ahora en adelante se propone «mantener la convivencia y el respeto mutuo» y concluye: «Nos corresponde como fuerza mayoritaria, claramente preferida, la responsabilidad de formar gobierno y de gobernar. Nos vamos a dejar la piel por vosotros. Viva Andalucía». Alberto Núñez Feijóo felicita a su barón en un mensaje de X: «Enhorabuena, por una victoria incontestable». Y celebra «que el sanchismo» da carpetazo a este ciclo electoral «devastado».




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