La palabra es un arma cargada de chulería. Y al comprometerse con ella uno aprende a sacar la lengua y a tragar saliva, a ejercitar los dientes masticando párrafos, brackets que endurecen la mandíbula y alinean las encías de los que consiguen afinar los ladridos. Y la T se convierte en una espada, y la C en una luna, y la O en el único aro por el que pasar sin arrodillarse ni testar el cuero de ninguna bota. La palabra es un arma cargada de chulería, y al comprobarlo se comprende que es infinitamente más dañino un verbo bien colocado que un puño cerrado, que pincha más un adjetivo bien elegido que cuatrocientos machetes, que hay más pólvora en...
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