El arte de saber, o no saber, irse
Este artículo nace de una foto publicada estos días y, al verla, ustedes entenderán la razón. La decadencia física de los grandes músicos ha sido siempre uno de los temas más incómodos de la crítica. Incomoda porque exige hablar de dos cosas a la vez: del arte y de la muerte. Y los críticos, que somos bastante cobardes para eso, preferimos esquivarla.
Hay una pregunta, que no malévola y si quizá melancólica, que me hago cada vez que leo que Plácido Domingo se sube a un escenario: ¿qué busca y piensa exactamente ahí arriba? Domingo tiene 85 años, ha sobrevivido a un cáncer de colon, al escarnio de la cancelación norteamericana, al silencio de quienes antes lo adulaban, y sigue ahí, dirigiendo óperas con una autoridad que nadie le discute, en conciertos donde la voz ya no es lo que fue pero la presencia sigue siendo irresistible. Yo lo he visto. He sentido ese poder extraño que tienen algunos artistas al borde del abismo: el de convencer al público de que lo que escucha es más de lo que realmente es.
Hubo artistas que la resolvieron con una elegancia que todavía me conmueve. Greta Garbo -que no era músico pero sí intérprete en el sentido más hondo- se retiró a los 36 años. Cuarenta y nueve años de silencio, paseando por Manhattan con gafas oscuras, negándose a ser la parodia de sí misma. Pero la Garbo entendió algo fundamental: que la imagen que dejas al irse vale más que los aplausos que recoges quedándote. Teresa Berganza, a quien recordaba recientemente, hizo algo parecido, aunque con más matices: sin escándalo y sin rueda de prensa, se fue al lied, al recital, donde la voz puede sobrevivir a la ópera. Y cuando ya no pudo más, a la pedagogía. Una retirada en tres actos, dramaturgiada por ella misma.
Furtwängler murió dirigiendo, casi literalmente. Karajan también. Hubo algo en esa generación -la de los directores forjados en los años de entreguerras- que entendía el podio como destino, no como profesión. No se retiraban porque retirarse equivalía a morir. Tenían razón. Sviatoslav Richter eligió el camino opuesto: dejó los grandes auditorios, renunció a las grabaciones masivas, se refugió en festivales pequeños, en iglesias de pueblo. Incluso yo tuve la suerte de escucharle en casa de unos amigos en Múnich. Una retirada interior, silenciosa, casi monástica. Quizás la más digna de todas.
Lo que no entiendo es lo que hacen algunos de los grandes. Zubin Mehta, 88 años, lleva tiempo anunciando despedidas definitivas que luego resultan no serlo tanto, aunque precise ayuda para subirse al podio. Daniel Barenboim es un caso clínico aparte: diagnosticado de una enfermedad neurológica grave hace unos años, siguió en el podio con una tenacidad que para algunos es heroica y para otros temeraria. He leído críticas demoledoras y defensas apasionadas. La verdad está en algún punto incómodo entre ambas. José Carreras es quizás el más honesto: canta poco, elige bien y no pretende ser el tenor que fue. Una honestidad que le honra.
Pero volvamos a Domingo. El caso Domingo es el más complejo: en él conviven el tenor que fue -capaz de un Otello que difícilmente volveremos a escuchar- y el director de escena que quizá pueda seguir siendo. El problema es querer ser los dos, y en ese esfuerzo hay algo que me conmueve y algo que me inquieta. Lo vi hace un par de años. La voz estaba deteriorada. Pero había momentos -frases sueltas, medias voces- en los que uno percibía el fantasma del tenor que fue. Y eso, paradójicamente, hace más triste la experiencia. Cantará estos próximos días en La Rioja y pensé ir para darle un abrazo, pero hubiera sido un abrazo doloroso.
Quizás el problema no es la decadencia. Es que nadie les dice la verdad. El entorno de los grandes es siempre un ecosistema de aduladores que anteponen la lealtad -o los intereses económicos- a la honestidad. Y así se llega al escenario con diez años de más, cuando ya nadie se atreve a decir lo que todos piensan.
Hay que irse cuando uno tiene algo que perder. Eso lo sabía la Garbo. Lo supo Berganza. Lo supo Richter. Los que no lo saben nos regalan momentos de emoción inesperada y nos roban, siempre, un poco de la memoria perfecta que teníamos de ellos.
