«Dos días»: noventa años no son nada
A sus 91 años, Saturnino García se ha convertido en el alma de «Dos días», la ópera prima de Gonzaga Manso que llega hoy a los cines tras conquistar el Premio del Público en la sección oficial fuera de concurso del pasado Festival de Málaga. La película narra la historia de José Antonio, un médico jubilado que empieza a perder la memoria y que, cansado de que su familia decida siempre por él, convence a un viejo amigo pescador para volver al mar una última vez. La aventura terminará convirtiéndose en una travesía sobre la vejez, la amistad y el miedo a depender de los demás.
Aunque la película no es autobiográfica en sentido estricto, el origen de la historia nace directamente de la relación que Gonzaga Manso mantiene con su abuelo. «Desde chico he pasado muchísimo tiempo con él porque íbamos juntos a pescar en su barca», explica el director. «He crecido muy bajo su ala y siempre fue una figura heroica para mí».
Con el tiempo, empezó a observar cómo aquel hombre fuerte comenzaba a deteriorarse y a rebelarse contra las limitaciones de la edad. «Vi de qué manera le afectaba la vejez y cómo afrontaba el hecho de depender de otros». El detonante real llegó cuando su abuelo sufrió una caída al mar mientras pescaba solo –un percance sin mayores consecuencias, por otro lado–. A partir de ahí, la familia le prohibió volver a salir sin compañía. «Él se cabreó muchísimo y yo empecé a fantasear con la idea de qué ocurriría si un día decidiera escaparse igualmente». De esa imagen nació «Dos días», una película atravesada por preguntas sobre la autonomía, la dignidad y el paso del tiempo.
La elección de Saturnino García fue decisiva. Aunque el equipo valoró inicialmente a actores más jóvenes para soportar las dificultades físicas del rodaje, Manso tuvo claro desde el primer casting que debía ser él: «Me transmitía esa fragilidad física, esa mirada vidriosa y esa forma de hablar que necesitaba el personaje», recuerda. El veterano actor se enfrentó además a un rodaje especialmente exigente, ya que todas las secuencias marítimas se filmaron realmente en el mar, muchas de ellas de noche y en condiciones complicadas.
Bajo la luz de la luna
La estética de la película también tiene mucho que ver con el pasado de Manso como fotógrafo. El director buscó combinar realismo y sensación de cuento. «Quería contar algo honesto y natural, pero que al mismo tiempo dejara una sensación cálida en el pecho», explica. Para lograr esa atmósfera, el equipo trabajó casi exclusivamente con luz natural. «Las escenas nocturnas de la barca están iluminadas por la luna llena; usamos incluso el calendario lunar para planificar el rodaje».
Otro de los rasgos distintivos de la cinta es la convivencia en ella entre el castellano y el gallego, reflejo de la realidad cotidiana en muchas zonas de Galicia. Así, el personaje de Mindo, interpretado por el percebeiro y ahora actor Jesús Outes «Meiriño», habla en gallego mientras otros personajes le responden en castellano. «Queríamos mantener esa naturalidad porque así ocurre realmente allí», señala el cineasta.
