Crítica de "Las catadoras de Hitler": compartiendo comida con el Führer ★★★
Dicen (y se escucha en el filme) que Hitler no comía carne porque, tras la visita a un matadero, jamás pudo olvidar el ruido que las botas militares hacían mientras caminaba sobre un suelo empapado de sangre. Lástima que luego no le importase absolutamente nada tantas vísceras esparcidas, los millones de cadáveres que el III Reich fue amontonando en los campos de concentración y exterminio para acabar de forma sistemática con millones de personas. Gaseadas, famélicas hasta la agonía, asesinadas a tiros, con lo que hubiese cerca. Y pisar aquella sangre poco le importó entonces. Era una mentira, otra más, del régimen nazi para ofrecer la imagen del Führer como un líder compasivo y amante de los animales.
Lo que realmente se sabe es que unos persistentes problemas digestivos y el terror a padecer cáncer lo convencieron de que estaría sano si la eliminaba de la dieta. Y, de alguna forma, sobre la alimentación de Hitler trata la nueva película dirigida por el italiano Silvio Soldini, quien nos transporta hasta el otoño de 1943 para hablar de otras víctimas, de los propios alemanes. Rosa huye de un Berlín bombardeado y se refugia en un pueblo donde viven sus suegros. Descubre pronto que en el bosque cercano se encuentra el cuartel general de Hitler, la llamada «Guarida del Lobo», hasta donde el dictador ha huido porque, a esas alturas de la guerra, ya veía enemigos por cualquier parte. Pero, sobre todo, teme que lo envenenen. De ahí que Rose y otras jóvenes de la zona sean reclutadas una mañana para probar los platos que diariamente le prepara a Hitler su cocinero personal.
En un mundo devastado de ancianos, mujeres y niños, porque la mayoría de los hombres siguen luchando, Rosa y el resto de muchachas van estableciendo fuertes vínculos de amistad, de recelo o desconfianza mientras temen perder la vida tras el siguiente bocado. Rosa, cuyo marido dan por desaparecido en el frente oriental, comienza una relación con un oficial de las SS mientras alguien reza para que Hitler pierda de una vez la guerra. Un filme sobrio, seco, claustrofóbico, una historia que, lejos de los relatos bélicos al uso, retrata el horror cotidiano de seguir sobreviviendo. Aunque sea con ese miedo atroz a la próxima cucharada.
Lo mejor: El vínculo tan estrecho y solidario que se establece entre estas mujeres.
Lo peor: En su búsqueda de sobriedad, a la historia le falta a veces algo de fuerza dramática.
