La Gran Muralla de la amnesia: el blindaje del Estado chino contra la memoria de la masacre de Tiananmén
El advenimiento de junio reactiva en China la damnatio memoriae orquestada desde Zhongnanhai con un protocolo que penaliza desde ofrendas florales hasta homenajes o esquelas, orientado a purgar del registro histórico la represión militar de 1989. La historiografía oficial suprime episodios tácticos cruciales como la masacre de Xidan Liubukou. En aquel nudo viario pequinés, contingentes del 27.º Grupo de Ejércitos encontraron resistencia civil con ciudadanos arrodillados que operaban como escudos humanos para cubrir la retirada estudiantil.
La intervención del Ejército Popular de Liberación disolvió la barrera mediante agentes químicos incapacitantes. Con la multitud paralizada por los gases tóxicos, las columnas de blindados avanzaron sobre manifestantes inconscientes. Treinta y siete años después, el revisionismo de Estado bajo Xi Jinping sostiene un saldo oficial de apenas doscientas bajas, en contraste con investigaciones independientes o cables diplomáticos desclasificados, que elevan la letalidad de la operación entre 800 y 10.000 civiles muertos.
En el ámbito del registro histórico, esta obstinación representa un caso extremo. Mientras las democracias occidentales asumen el recuerdo como dique de contención contra el horror —desde el empeño de Estados Unidos por grabar en piedra cada nombre del 11-S, hasta la exhaustiva reparación en Alemania, que plasma en sus espacios públicos las identidades de las víctimas del nazismo—, Pekín opta por la lobotomía histórica.
El secuestro del duelo en Wan'an
Frente a esta estrategia, redes de apoyo como las ‘Madres de Tiananmén’ operan en tiempo de descuento por el archivo y el testimonio. Sus padrones, severamente proscritos por el régimen, operan hoy como el último registro documental frente a un asedio policial incesante, custodiando dos listados que desafían lo oficial: uno que certifica la existencia de 108 familiares o supervivientes firmantes, y una segunda nómina, cada vez más extensa, que documenta el deceso de 79 deudos a lo largo de estas décadas, fallecidos sin haber obtenido justicia ni reparación oficial.
El peso de estos nombres es idéntico al de los fallecidos documentados en obras prohibidas sobre la masacre. Sin embargo, la exigencia primordial de articular una indagación forense ajena al control partidista choca con un muro infranqueable. La maquinaria represiva ha dinamitado incluso el derecho más primario de cualquier sociedad: el luto. Este 4 de junio, los familiares se enfrentan a una veda total para acceder al camposanto pequinés de Wan'an, donde descansan los restos de sus hijos. Una notificación directa del Buró de Seguridad Pública proscribe las congregaciones luctuosas, la declamación de obituarios o la mera exhibición de retratos sepulcrales. Esta injerencia gubernamental ha cruzado un límite inédito, lo que motivó que veteranas como Zhang Xianling rubricasen una enérgica proclama denunciando que el Estado "pulveriza los estamentos más básicos de la decencia humana".
La asfixia legal fagocita Hong Kong
El engranaje coercitivo ha desbordado sus fronteras para devorar a la Región Administrativa Especial de Hong Kong. La asfixia que comenzó con la Ley de Seguridad Nacional en 2020 alcanzó su cenit absoluto en marzo de 2024 con la promulgación del Artículo 23. Este corsé punitivo faculta condenas de hasta cadena perpetua bajo ambiguas tipificaciones como la "insurrección" o la "injerencia con fuerzas externas", criminalizando incluso la posesión de volúmenes censurados o legalizando redadas y detenciones sin cargos durante dieciséis días. Supone el certificado de defunción legal de la que antaño fue una de las sociedades civiles más vibrantes de Asia.
Durante generaciones, el céntrico Victoria Park hongkonés vertebró el tributo más multitudinario del planeta a los caídos, congregando muchedumbres que formaban mares de velas. Hoy, ese mismo recinto —antiguo termómetro de las libertades frente a Pekín— alberga festivales culinarios y ferias patrióticas fomentadas por el oficialismo durante las fechas aciagas. Una metamorfosis urbana que escenifica la aniquilación de la disidencia.
Erradicación patrimonial y el estrado judicial
El expolio del ecosistema cívico hongkonés incluyó la clausura fulminante del Museo de Tiananmén, cuyas instalaciones sufrieron allanamientos policiales, o la destrucción de símbolos como el "Pilar de la Vergüenza". La efigie de cobre de ocho metros, un amasijo de cuerpos agonizantes tallado por Jens Galschiøt que desafió a Pekín desde la Universidad de Hong Kong por más de veinte años, fue desmantelada de madrugada bajo excusas burocráticas. Esta rapiña patrimonial subraya la obsesión del liderazgo por vaporizar cualquier vestigio que desmienta su narrativa, forzando a la diáspora a salvaguardar la obra mediante impresiones tridimensionales en el exilio.
La deriva escenifica su epílogo en los tribunales. Chow Hang-tung y Lee Cheuk-yan, artífices de la ilegalizada alianza prodemocrática que organizaba las vigilias en la excolonia británica, encaran ahora hasta una década de cautiverio tras más de 1.500 días en prisión preventiva. En su juicio por "incitar a la subversión", cuyos alegatos concluyeron a mediados de mayo, Chow descuartizó los argumentos de la acusación. La letrada encausada advirtió ante el estrado que penalizar el anhelo de finiquitar la dictadura de partido único equivale a demoler los pilares de la legalidad, transformando la carta magna en un manual totalitario desprovisto de garantías procesales.
El último refugio en papel
Frente a lo que los activistas denuncian como terrorismo de Estado, la firmeza de la comunidad internacional se ha evaporado. Las tibias sanciones originarias de las potencias occidentales se disolvieron al ritmo en que China monopolizaba las redes de suministro globales. Esta claudicación económica ha otorgado a las autoridades carta blanca para exportar su maquinaria represiva sin sufrir reveses diplomáticos de calado.
En una era donde internet ha fragmentado la memoria colectiva, la responsabilidad de registrar la verdad recae exclusivamente en los márgenes. Como señala un cronista inmerso en la redacción de la biografía del Nobel Liu Xiaobo, incrustar la lista de los 108 familiares firmantes y los fallecidos en las páginas de su libro será quizá la última oportunidad de burlar el apagón. Cuando la amnesia manipulada sea la norma absoluta y el "no hubo tal evento" impere, dejar esos nombres grabados en volúmenes editados en el extranjero será el único dique de contención para demostrar, ante el olvido, que los mártires de 1989 sí existieron.
