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Monterrey, a menos de una semana del Mundial 2026

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Monterrey se prepara para recibir al mundo. Durante las próximas semanas, miles de aficionados llegarán atraídos por el Mundial 2026. Pero pronto descubrirán que lo mejor del viaje no sucederá solo dentro del estadio.

Hay algo que llama la atención nada más llegar a Monterrey: cuesta decidir si mirar los rascacielos o las montañas, ya que ambos comparten el horizonte. Y esa indecisión es constante. Pocas ciudades obligan a levantar la vista con tanta frecuencia. Tal vez porque se parece muy poco a la idea preconcebida que muchos viajeros tienen de México.

Sin duda, el fútbol será el motivo que traiga hasta aquí a miles de visitantes. Sin embargo, les bastará pasar unas horas en Monterrey para comprender que esta ciudad juega su propio partido. Uno que se disputa entre montañas, viejos complejos industriales reconvertidos en espacios culturales, gastronomía y una energía difícil de explicar.

Pocas veces coinciden tantas razones para visitar Monterrey. Y es que a la oferta habitual de la ciudad se suma estos días una atmósfera irrepetible.

La ciudad que recibirá al mundo

Con la emoción del Mundial presente en el ambiente, el visitante encontrará el pretexto perfecto para explorar un destino que no conoce la monotonía.

Los primeros pasos conducen hacia el Paseo Santa Lucía, un extenso canal navegable que conecta el centro urbano con uno de los símbolos de la transformación de Monterrey.

Ese símbolo es el Parque Fundidora, un espacio donde los restos de la antigua industria siderúrgica han encontrado una segunda función. Los enormes hornos y estructuras de acero conviven hoy con jardines, museos y espacios culturales, convirtiéndose en uno de los ejemplos más exitosos de reconversión industrial de América Latina. Quizá sea aquí donde mejor se entiende el carácter de Monterrey: una ciudad que nunca ha renegado de su pasado industrial, sino que ha sabido transformarlo en parte de su identidad.

El recorrido continúa hacia el Barrio Antiguo, corazón histórico de la ciudad. Aquí el ritmo cambia. Las calles empedradas y las fachadas coloniales invitan a caminar sin prisa entre galerías, cafés y terrazas, mientras la vida nocturna toma el relevo cuando cae el sol. Entre sus locales más emblemáticos destacan Café Iguana y La Tumba, referentes de la escena cultural y nocturna regiomontana.

La gastronomía es otro de los grandes argumentos para prolongar la estancia. El tradicional cabrito al pastor sigue siendo una parada obligatoria, mientras que restaurantes como Koli Cocina de Origen o Pangea representan la evolución contemporánea de la cocina norteña.

Frente a la Macroplaza, custodiada por el Faro del Comercio, el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) y el Museo de Historia Mexicana completan una oferta cultural que ayuda a comprender la identidad de una ciudad acostumbrada a mirar hacia el futuro sin olvidar sus raíces.

Más allá del estadio y los iconos

En Monterrey basta conducir unos minutos para que el hormigón desaparezca y la montaña tome el control del paisaje. Y es precisamente cuando la ciudad parece terminar cuando Monterrey muestra algunas de sus mejores versiones.

El Parque Ecológico Chipinque, por ejemplo, permite adentrarse en bosques de encinas y pinos que ascienden por las laderas de la Sierra Madre Oriental. Sus senderos y miradores ofrecen algunas de las mejores panorámicas de la región.

Más agreste aún resulta el Cañón de la Huasteca, donde inmensas paredes de piedra caliza y formaciones rocosas esculpen uno de los escenarios naturales más impresionantes del norte de México.

La aventura continúa en las Grutas de García, un complejo subterráneo al que se accede en teleférico y que conserva formaciones geológicas moldeadas durante millones de años.

Como broche final, la cercana Villa de Santiago ofrece una imagen completamente distinta. Este Pueblo Mágico, rodeado de vegetación y presidido por la cascada Cola de Caballo, demuestra que la región es mucho más diversa de lo que su entorno semidesértico podría hacer imaginar.

Cuando el Mundial llegue a su fin, serán muchos los que descubran que el fútbol fue solo una parte de la experiencia. Porque Monterrey deja huella mucho más allá de los noventa minutos: en la imagen de sus montañas recortando el horizonte, en la energía de sus calles y en esa capacidad de sorprender a quien llega sin saber muy bien qué va a encontrar.

Lo cierto es que Monterrey tiene la rara capacidad de convertir a un visitante en viajero. Y este verano, el Mundial atraerá las miradas; pero será Monterrey quien se quede en la memoria.




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