El armisticio que nadie ha ganado…por ahora
La guerra abierta el 28 de febrero contra la oligarquía yihadista de Teherán entra, sin haber concluido, en su fase negociada –y lo hace con la incómoda particularidad de que las armas no han callado mientras los emisarios hablan– y puede cerrarse en falso con unas consecuencias potencialmente desastrosas para la región y la estabilidad geopolítica y geoeconómica mundial. Importa poco, a efectos del daño, que la realidad sea muy distinta de la percepción. Que lo más execrable del planeta –las organizaciones terroristas de toda ideología y pelaje, los regímenes dictatoriales, autoritarios, revisionistas, o todo ello a un tiempo– puedan salir de esta crisis convencidos de haber ganado constituye, por sí solo, un desastre cuyas consecuencias no se medirán en meses sino en décadas.
Conviene fijar de entrada la tesis que vertebra cuanto sigue, porque sin ella, la lectura de los hechos sería un espejismo. La sensación de triunfo que recorre hoy a la nomenklatura revolucionaria iraní es real en su percepción y, en parte, fundada en sus resultados inmediatos; pero es estructuralmente falsa, propagandística, desesperada y quebradiza sin dejar de ser disolvente para los Estados Unidos y Occidente.
Dos análisis de primer orden –el de Arash Azizi en «The Atlantic», «Why Iran’s Leaders Think They’ve Won», y el de Jennifer Kavanagh y Rosemary Kelanic en «Foreign Affairs», «Trump’s Least Bad Option in Iran»– coinciden, desde sensibilidades opuestas, en describir los pilares de un acuerdo provisional que se da por inminente. Contrastadas ambas fuentes con múltiples informaciones adicionales, el pacto contemplaría la reapertura del Estrecho de Ormuz con el levantamiento simultáneo de los bloqueos impuestos por Irán y por Estados Unidos; una fórmula de soberanía compartida del paso entre Irán, Omán y otros ribereños; la sustitución del peaje por una «tasa de protección medioambiental» (absurdo eufemismo tan peligroso como cobarde) repartida con Omán.
No puedo subrayar con suficiente contundencia el disparate que suponen ambas cosas, la primera, pasar de un control iraní de facto del Estrecho de Ormuz a uno de iure es un dislate de proporciones mayúsculas además de convertir a la Convención de Naciones Unidas para el derecho del mar de Montego Bay en papel higiénico pero usado. La segunda es simplemente un despropósito que hace parecer al catastrófico acuerdo nuclear precedente con Irán (el vergonzante JCPOA) la Paz de Westfalia. Estas irresponsables cesiones darían acceso a los iraníes y a sus nuevos mamporreros omaníes entre 100.000 y 200.000 millones de dólares al año. Esto es como regalarle a un pirómano una cadena de gasolineras con lanzallamas.
Por último, lo de la liberación parcial de los miles de millones de dólares en activos iraníes congelados que nos escandalizó en tiempos de Biden, comparado con los dos engendros anteriores son como una ventosidad furtiva en una cena formal, un episodio embarazoso pero intrascendente.
En el capítulo nuclear, la desactivación o destrucción (proceso nada fácil) del uranio altamente enriquecido –más de mil libras por encima del 60% y una cantidad indeterminada al menos al 83,7%, según la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), dentro de Irán, en lugar de su entrega a Estados Unidos o a un país neutral con suficientes capacidades tecnológicas (¿Suiza?) es otra incomprensible cesión y van cuatro a cuál más vergonzante.
Fuentes de la inteligencia estadounidense han revelado que en torno al 70% del arsenal y de los lanzadores de misiles iraníes ha sobrevivido a la campaña. Esto es una catástrofe estratégica, que no táctica, de consecuencias impredecibles. Porque si los parámetros se confirman, no nos hallamos ante una rendición negociada, sino ante lo que solo cabe calificar de triunfo político para la oligarquía yihadista: el régimen no solo habría sobrevivido a una ofensiva militar conjunta de las dos potencias que más temía, sino que emergería con un acuerdo mejor que cualquiera de los que rechazó antes de la guerra.
No edulcoremos esta lectura por incómoda que resulte para la sensibilidad occidental. Una potencia revisionista y abiertamente terrorista que provoca una guerra, la sostiene y la cierra con ganancias netas envía un mensaje demoledor a toda la internacional dictatorial y revisionista –de Pyongyang a Caracas, de Moscú a la propia Teherán del mañana– : la coerción y el chantaje geoestratégico dan frutos innegables, pese a los desastres internos que el Estado terrorista pueda padecer. Ahí reside, y no en los detalles técnicos del enriquecimiento, el verdadero precio estratégico de los pactos que apenas estamos empezando a conocer.
La única esperanza es que, en los sesenta días siguientes, Estados Unidos logre imponer las condiciones que intentó arrancar a los iraníes en las negociaciones de Ginebra del pasado 27 de febrero. Es aquí donde una sola premisa corrige el espejismo: la paradoja del descabezamiento. Los dirigentes supervivientes de la Guardia Revolucionaria y otros sectores del régimen, todos ellos ultraconservadores de la línea más dura, carecen individualmente del ascendiente ideológico, del rango jerárquico y de la autoridad necesarios para imponerse a sus conmilitones y arrancarles la aceptación de las concesiones que cualquier acuerdo duradero exige. No estamos ante la desaparición del sector moderado del régimen, pues ningún moderado fue eliminado el 28 de febrero. Donde el anterior líder de la revolución, el eliminado Ali Jamenei –ahijado ideológico del «imam» Jomeini– podía imponer disciplina interna y zanjar las disputas entre facciones, el triunvirato que le sucede es un cónclave de iguales sin árbitro, ni siquiera un primus inter pares. Lo componen el general Ahmed Vahidi, comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria; el general del CGRI Mohamed B. Zolghadr, secretario del Consejo Nacional de Seguridad y excomandante de las brigadas Al-Quds (los terroristas de élite de la organización terrorista CGRI, vamos , que terroristas al cuadrado); y el general Rezaei, asesor militar interino del Líder de la revolución, Mojtaba Jamenei.
Un acuerdo es tan sólido como la cadena de mando capaz de hacerlo cumplir; y esta cadena, descabezada, es precisamente la que el pacto necesita. De esa única premisa se sigue casi todo lo demás: por qué el régimen puede firmar y, sin embargo, no puede garantizar; por qué la reapertura del Estrecho de Ormuz será pactada y, aun así, frágil; y por qué el escenario más probable no es ni la paz estable ni la guerra total, sino esa categoría intermedia y corrosiva de las guerras de temperatura variable –conflictos de baja intensidad y sin resolución inminente, pero altamente destructivos, en los que nadie puede ganar ni permitirse perder–.
El Mando Central estadounidense (CENTCOM) anunció que había lanzado nuevos ataques sobre el sur de Irán contra emplazamientos de misiles y embarcaciones que intentaban desplegar minas. El golpe se dirigió contra una instalación militar que amenazaba a las fuerzas estadounidenses y al tráfico comercial en Ormuz. Las fuerzas estadounidenses lograron interceptar los drones lanzados desde territorio iraní contra buques de la US Navy.
La simultaneidad de negociación y bombardeo es, paradójicamente, estabilizadora a corto plazo, porque cada bando demuestra que puede castigar sin romper la negociación, pero es gravemente desestabilizadora a medio plazo, porque multiplica las ocasiones de un incidente fortuito.
El presidente estadounidense Donald Trump ha publicado en la red social Truth Social una exigencia clara (esperemos que logre imponerla) sobre el uranio enriquecido –que él denomina «polvo nuclear»–: habrá de entregarse de inmediato a Estados Unidos para ser destruido o destruirse in situ, una cesión impensable antes del inicio de la guerra, y encargando la verificación a la OIEA. Tras lenguaje asertivo y firme se esconde, en realidad, una cesión inexplicable de los Estados Unidos ante el régimen iraní. Que el material fisible permanezca en suelo iraní –diluido, sí, pero bajo custodia del propio régimen y con una verificación deliberadamente imprecisa– es una fuente segura de tensiones que a buen seguro podría escalar.
Este es el patrón característico de Donald Trump 2.0: máxima beligerancia verbal, notable flexibilidad en la práctica, por ponerlo suavemente otros lo llaman TACO, Trump Always Chickens Out.
Qatar es hoy el único mediador posible, y por ello mismo el más expuesto a críticas injustas. Una delegación iraní busca en Doha un acuerdo sobre los activos congelados y el bloqueo de Ormuz, la arquitectura financiera del acuerdo es tan central como la militar, y la batalla por el relato es ya tan encarnizada como la batalla por el Estrecho. No se puede acusar a Qatar de favorecer a Irán en la negociación, pues es evidente que no hará nada, absolutamente nada, en este terreno sin indicaciones claras y directas de Washington.
En las monarquías del Golfo conviven el alivio y la desazón. Su demanda principal –el regreso al statu quo antes en el Estrecho– no parece alcanzable, y el temor lo resume con crudeza un alto dignatario qatarí: el pacto «podría convertirnos en rehenes de los iraníes». La respuesta sería una diversificación y coordinación en materia de defensa intensa y acelerada.
Conviene decirlo sin rodeos y sin anestesia: el acuerdo que se perfila no es una victoria de Occidente, y fingir lo contrario sería un peligrosísimo autoengaño. Las capacidades ofensivas de Irán han sido seriamente afectadas, pero no han desaparecido. Esta guerra que se inició con la esperanza de debilitar, si no permanentemente a Irán, sí por lo menos para una década, pero sin estrategia de salida, se cierra con una peligrosa y agresiva potencia revisionista que sobrevive, negocia desde lo que ellos perciben como una posición de fuerza y obtiene un pacto mejor que cuantos rechazó. El régimen de los ayatolás cantará victoria, y en el plano del relato y de la percepción no le faltará razón.
Termino donde empecé. La guerra no la ha ganado nadie, y precisamente por ello no ha terminado. Lo que viene no es la paz, sino su administración fría e intermitente; no el orden, sino el caos administrado como si fuera orden. Y en ese paisaje –el de la fractura sistémica contenida– la única brújula fiable seguirá siendo la lucidez para no confundir la supervivencia del régimen con su fortaleza, ni el espejismo de su euforia en una derrota de los Estados Unidos Por el momento no hay vencedor claro (menuda tragedia para los Estados Unidos); los 60 días de negociaciones que sigan a la firma del MOU, lo proclamarán.
*Gustavo de Arístegui es diplomático y fue embajador en India, Bután, Maldivas, Nepal y SriLanka (2012-2016) gustvodearistegui.substack.com
