«Temor y temblor» son palabras adecuadas para el amor máximo. Cuando Moisés comprende que se halla ante Dios, se descalza, se «quita las sandalias» en señal de reverencia, porque ver a Dios impone. Creo que fue el cardenal Stanislaw Dziwisz quien relató que una Navidad «perdió» al Papa Wojtyla por los palacios pontificios y, tras buscarlo, lo descubrió en su capilla personal arrullando una talla del Niño Jesús y susurrándole nanas, las que había aprendido de su madre, tan tempranamente muerta. Cuando dos aman, no hace falta mucho más. Recuerdo ver rezar a Karol Wojtyla y tragar saliva. Aquel hombre se sepultaba dentro de sí. Se reconcentraba en algún punto del universo, muy hondo, y el universo desaparecía y se gozaban ellos y los demás mirábamos, envidiosos y atónitos. Cada vez que se arrodillaba se repetía el fenómeno irrepetible. ¿Qué ocurría ahí dentro? Nunca lo sabremos, aunque diésemos la vida por saberlo, porque el amor es así de exclusivo. Cada vez me interesa más el silencio. La gente que calla porque le queda mucho por aprender. Que no se devana la lengua para explicártelo todo, especialmente lo que no deseas que te expliquen. (Tuve un amigo sabio que solía recordarme que no hay respuestas a preguntas no planteadas). Cada vez me interesa más la soledad, ese venero de fluidos feraces. ¿Cómo es posible estar perfectamente a solas en mitad de un millón de personas? Ayer vi a un hombre en completa soledad delante de su Dios, un hombre aislado en medio de la multitud de la Plaza de Cibeles, un silencio perfecto entre ambos. El espectáculo de ver al Papa León vencido delante de la Hostia Santa jamás se me va a olvidar. Un palio, un hombre quieto y su Dios. Nada más alrededor. «Qué bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche». La gente desapareció, la multitud se deshizo como leche en agua. Y avanzaron ambos, frente a frente, sumergidos, perfectamente uno. Cosas del amor.