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Nos visita un profeta de las naciones y un pastor de migrantes

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León XIII promulgó una encíclica profética sobre las nuevas realidades que asediaron el siglo XIX en medio de revoluciones sociales y tras la segunda revolución industrial. Ahora estamos en un cambio de época y su sucesor en la sede tiberina, León XIV, coge el testigo de la caridad de Cristo para iluminar este mundo asediado por una «tercera guerra mundial a pedazos» (Francisco, 2014) y ofrecer una palabra de esperanza. Es lo que hará estos días en España.

Desde que el jesuita Luigi Taparelli d’Azeglio acuñó el término de «justicia social» (1842), este neologismo ha destapado oscuridades que reclaman la luz de Cristo.

Siguiendo las reflexiones de los santos Padres, y las prácticas del obispo alemán W.E. Von Ketteler (+1877), León XIII en 1891 inauguró lo que hoy conocemos como Doctrina Social de la Iglesia (DSI) con su encíclica Rerum novarum abriendo un surco fecundo que ha dejado más de quince textos magisteriales sobre temas sociales, políticos, económicos, ecológicos, etc., incorporando las necesarias reflexiones de obispos, teólogos y laicos expertos.

Ahora León XIV, con su encíclica Magnifica humanitas, afronta los nuevos desafíos y pretende ofrecer un sentido y una esperanza para los dramas que azotan el mundo. Desde san Pablo VI (Populorum Progressio, 1967), la DSI percibió la relevancia de la globalización y del desarrollo de los pueblos, clave para una solidaridad mundial, como señaló san Juan Pablo II (Sollicitudo rei socialis, 1987), y recordó con fuerza Francisco en la intercomunicación de todos los problemas y las debilidades, tanto sociales como ecológicas (Laudato Sí, 2015).

Ante la multiplicación de problemáticas sociales, la sabiduría de Benedicto XVI supo indicar el origen de toda solución, que brota de la caridad social (término acuñado por santo Tomás de Aquino, señalado por Pío XI y protagonista en Caritas in Veritate, en 2009, como «caritas in veritate in re sociali»), que se manifiesta como caridad política (san Pablo VI) e incluso económica. Desde la fuente del amor de Dios se funda la amistad como comunión en un bien común que permite comprender la búsqueda común de soluciones para luchar por la paz de los pueblos y de los corazones. La caridad no es cosa solo de sentimientos.

En este mundo global, donde la información llega más rápido que el sentido de interpretación de esta, donde la IA –aunque sea desarmada– se ha convertido en el traje espacial –imaginario colectivo– donde habitar en las redes sociales, la inevitable globalización se está traduciendo en una sorprendente incomunicación entre las personas.

León XIV ha precisado la calidad de una civilización en el cuidado que se ofrece a cada persona, más que en el poder de sus medios (Magnifica humanitas, 114). En efecto, en esta sociedad del rendimiento y del cansancio, no hay tiempo para el cuidado cercano y humano de las personas.

Pero esta globalización se queda amordazada ante el drama de las tragedias humanas en los flujos migratorios. Según el informe de la OIM (ONU, 2026) es prioritario «facilitar vías para la migración regular». Los migrantes son personas que buscan cruzar fronteras, lograr documentación en regla, asentarse en un país y crecer con su familia. Son «mensajeros de la esperanza» (León XIV, 2025), rostros con historias y vínculos que saltan las vallas y cruzan los mares para conquistar una vida feliz, aunque lamentablemente se quedan en sueños rotos y ahogados. Pero estas personas asaltan también los noticieros y llenan los discursos políticos sobre las medidas oportunas en Europa y Norteamérica. Estos nuevos problemas evocan las encendidas disputas en la Escuela de Salamanca para defender la dignidad de los indios y los fueros necesarios para proteger a los pobres.

Francisco de Vitoria bramaba en su defensa y los reyes escuchaban atentos. La caridad era la reina de las virtudes. Quizás deberíamos asomarnos, sin complejos, de nuevo a sus enseñanzas.

Hoy en día, León XIV, recogiendo el llamado de su predecesor Francisco, ha reclamado la prioridad del amor al pobre, al herido, al necesitado (Dilexi te, 2005). Y lo ha puesto en práctica en su visita a Madrid, Barcelona, y especialmente en Canarias. En Madrid por su visita a Cedia 24 horas, recurso de Cáritas que ofrece calor y calidez en su hogar de acogida, generando una promoción humana y social, en el herido barrio de Caño Roto, donde el ahora desmantelado poblado chabolista del Cerro de la Mica veía morir a sus jóvenes azotados por la droga desde los años ochenta. En Barcelona por la belleza de la liturgia, morada de los pobres, y por la visita a los reclusos de Brians 1.

Pero especialmente en Canarias, ruta a Europa, donde el drama de los que logran cruzar milagrosamente hasta las islas ha protagonizado nuestras pantallas en los últimos meses. El difícil tema de la inmigración se convertirá en un faro de esperanza para ver en cada hermano, un hijo de Dios que camina, en este mundo, de nuestra mano.

En el avión de regreso de África, el Papa recordó que debemos ayudar desde sus regiones de origen. Es lo que reclaman muchos países subdesarrollados que anhelan entrar en la globalización por la puerta principal, no por el callejón de servicio, por medio de subvenciones, como recordaba el presidente de Senegal en el Foro de Davos de 2001 (cf. R. Termes, 2003). Esos países también son protagonistas de esta misión.

El Papa quiere hacernos conscientes de que problemas tan profundos requieren tiempo y diálogo, un estudio sincero y comunitario de los problemas, sin soluciones rápidas que solo ocultan la herida.

Todos somos responsables de estas tragedias humanas y de la acogida, incorporación y promoción de estos hermanos nuestros que vienen a enriquecer nuestra cultura y nuestra convivencia, con los problemas y complicaciones que ello siempre ha acarreado en todo tiempo y cultura. «No se les puede tratar peor que a las mascotas» (León XIV, 2026), han de ser «acogidos, protegidos, promovidos e integrados» (Francisco, 2019). Todos, en definitiva, somos peregrinos. Pero ellos no son parte del problema, sino protagonistas de la caridad, de la cual nadie se puede desligar, sino que nos implica a todos, tal como enseñaron desde el siglo XIX san Juan Bautista Scalabrini y santa Francisca Javier Cabrini, patrona de todos los migrantes (Dilexi te, 74). La solidaridad y subsidiariedad valen tanto para la sociedad que acoge como para la familia migrante que llama a su puerta. El verdadero progreso no es solo económico o social, sino humano-familiar, fundamentado en el amor. Por eso, la DSI va de la mano de la moral familiar: el don de la vida y el don del bien común han de ser protegidos y fomentados.

La Iglesia sabe lo que verdaderamente vale cada vida, y por eso llama a la santidad a cada inmigrante mientras reclama sus derechos y deberes. En ellos recae también una gran responsabilidad de convivencia y testimonio de amistad, tanto como en la nación que decide acogerlos con procedimientos justos. No han de ser solo pasivos receptores, sino activos donantes, en una sinfonía de la caridad, de «responsabilidad compartida» y «enriquecimiento mutuo» (Magnifica humanitas, 81 y 180). Es lo que hacen las parroquias a diario en los barrios en un latido de caridad a pie de calle, en una convivencia fraterna donde no hay programas políticos ni leyes encima de la mesa, sino el cuidado cercano que construye una civilización del amor.

José Manuel Horcajo Universidad Eclesiástica San Dámaso




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